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cuentos a cientos

12/11/2009 GMT 1

Polifemo, de Palacio Valdés

cuentosacientos @ 14:11

El coronel Toledano, por mal nombre Polifemo, era un hombre feroz, que gastaba levita larga, pantalón de cuadros y sombrero de copa de alas anchurosas, reviradas; de estatura gigantesca, paso rígido, imponente; enormes bigotes blancos, voz de trueno y corazón de bronce. Pero aun más que esto, infundía pavor y grima la mirada torva, sedienta de sangre, de su ojo único. El coronel era tuerto. En la guerra de África había dado muerte a muchísimos moros, y se había gozado en arrancarles las entrañas aún palpitantes. Esto creíamos al menos ciegamente todos los chicos que al salir de la escuela íbamos a jugar al parque de San Francisco, en la muy noble y heroica ciudad de Oviedo.

Por allí paseaba también metódicamente los días claros, de doce a dos de la tarde, el implacable guerrero. Desde muy lejos columbrábamos entre los árboles su arrogante figura que infundía espanto en nuestros infantiles corazones; y cuando no, escuchábamos su voz fragorosa, resonando entre el follaje como un torrente que se despeña.

El coronel era sordo también, y no podía hablar sino a gritos.

-Voy a comunicarle a usted un secreto -decía a cualquiera que le acompañase en el paseo-. Mi sobrina Jacinta no quiere casarse con el chico de Navarrete.

Y de este secreto se enteraban cuantos se hallasen a doscientos pasos en redondo.

Paseaba generalmente solo; pero cuando algún amigo se acercaba, hallábalo propicio. Quizás aceptase de buen grado la compañía por tener ocasión de abrir el odre donde guardaba aprisionada su voz potente. Lo cierto es que cuando tenía interlocutor, el parque de San Francisco se estremecía. No era ya un paseo público; entraba en los dominios exclusivos del coronel. El gorjeo de los pájaros, el susurro del viento y el dulce murmurar de las fuentes, todo callaba. No se oía más que el grito imperativo, autoritario, severo, del guerrero de África. De tal modo, que el clérigo que lo acompañaba a tal hora, sólo algunos clérigos acostumbraban a pasear por el parque, parecía estar allí únicamente para abrir, ahora uno, después otro, todos los registros que la voz del coronel poseía. ¡Cuántas veces, oyendo aquellos gritos terribles, fragorosos; viendo su ademán airado y su ojo encendido, pensamos que iba a arrojarse sobre el desgraciado sacerdote que había tenido la imprevisión de acercarse a él!

Este hombre pavoroso tenía un sobrino de ocho o diez años, como nosotros. ¡Desdichado! No podíamos verle en el paseo sin sentir hacia él compasión infinita. Andando el tiempo he visto a un domador de fieras introducir un cordero en la jaula del león. Tal impresión me produjo, como la de Gasparito Toledano paseando con su tío. No entendíamos cómo aquel infeliz muchacho podía conservar el apetito y desempeñar regularmente sus funciones vitales, cómo no enfermaba del corazón o moría consumido por una fiebre lenta. Si transcurrían algunos días sin que apareciese por el parque, la misma duda agitaba nuestros corazones. “¿Se lo habrá merendado ya?” Y cuando al cabo lo hallábamos sano y salvo en cualquier sitio, experimentábamos a la par sorpresa y consuelo. Pero estábamos seguros de que un día u otro concluiría por ser víctima de algún capricho sanguinario de Polifemo.

Lo raro del caso era que Gasparito no ofrecía en su rostro vivaracho aquellos signos de terror y abatimiento, que debían ser los únicos en él impresos. Al contrario, brillaba constantemente en sus ojos una alegría cordial que nos dejaba estupefactos. Cuando iba con su tío, marchaba con la mayor soltura, sonriente, feliz, brincando unas veces, otras compasadamente, llegando su audacia o su inocencia hasta hacernos muecas a espaldas de él. Nos causaba el mismo efecto angustioso que si le viésemos bailar sobre la flecha de la torre de la catedral. “¡Gaspaar!” El aire vibraba y transmitía aquel bramido a los confines del paseo. A nadie de los que allí estábamos nos quedaba el color entero. Sólo Gasparito atendía como si le llamase una sirena. “¿Qué quiere usted, tío?” Y venía hacia él ejecutando algún paso de baile.

Además de este sobrino, el monstruo era poseedor de un perro que debía de vivir en la misma infelicidad, aunque tampoco lo parecía. Era un hermoso danés, de color azulado, grande, suelto, vigoroso, que respondía por el nombre de “Muley”, en recuerdo sin duda de algún moro infeliz sacrificado por su amo. El “Muley”, como Gasparito, vivía en poder de Polifemo lo mismo que en el regazo de una odalisca. Gracioso, juguetón, campechano, incapaz de falsía, era, sin ofender a nadie, el perro menos espantadizo y más tratable de cuantos he conocido en mi vida.

Con estas partes no es milagro que todos los chicos estuviésemos prendados de él. Siempre que era posible hacerlo, sin peligro de que el coronel lo advirtiese, nos disputábamos el honor de regalarle con pan, bizcocho, queso y otras golosinas que nuestras mamas nos daban para merendar. El “Muley” lo aceptaba todo con fingido regocijo, y nos daba muestras inequívocas de simpatía y reconocimiento. Mas a fin de que se vea hasta qué punto eran nobles y desinteresados los sentimientos de este memorable can, y para que sirva de ejemplo perdurable a perros y hombres, diré que no mostraba más afecto a quien más le regalaba. Solía jugar con nosotros algunas veces (en provincias, y en aquel tiempo, entre los niños no existían clases sociales) un pobrecito hospiciano llamado Andrés, que nada podía darle, porque nada tenía. Pues bien, las preferencias de “.Muley” estaban por él. Los rabotazos más vivos, las carocas más subidas y vehementes a él se consagraban, en menoscabo de los demás. ¡Qué ejemplo para cualquier diputado de la mayoría!

¿Adivinaba el “Muley” que aquel niño desvalido, siempre silencioso y triste, necesitaba más de su cariño que nosotros? Lo ignoro; pero así parecería serlo.

Por su parte, Andresito había llegado a concebir una verdadera pasión por este animal. Cuando nos hallábamos jugando en lo más alto del parque al marro o a las chapas, y se presentaba por allí de improviso el “Muley”, ya se sabía, llamaba aparte a Andresito, y se entretenía con él largo rato, como si tuviera que comunicarle algún secreto. La silueta colosal de Polifemo se columbraba allá entre los árboles.

Pero estas entrevistas rápidas y llenas de zozobra fueron sabiéndole a poco al hospiciano. Como un verdadero enamorado, ansiaba disfrutar de la presencia de su ídolo largo rato y a solas.

Por eso una tarde, con osadía increíble, se llevó en presencia nuestra el perro hasta el Hospicio, como en Oviedo se denomina la Inclusa, y no volvió hasta el cabo de una hora. Venía radiante de dicha. El “Muley” parecía también satisfechísimo. Por fortuna, el coronel aún no se había ido del paseo ni advirtió la deserción de su perro.

Repitiéronse una tarde y otra tales escapatorias. La amistad de Andresito y “Muley” se iba consolidando. Andresito no hubiera vacilado en dar su vida por el “Muley”. Si la ocasión se presentase, seguro estoy de que éste no sería menos.

Pero aún no estaba contento el hospiciano. En su mente germinó la idea de llevarse el “Muley” a dormir con él a la Inclusa. Como ayudante que era del cocinero, dormía en uno de los corredores, al lado del cuarto de éste, en un jergón fementido de hoja de maíz. Una tarde condujo el perro al Hospicio y no volvió. ¡Qué noche deliciosa para el desgraciado! No había sentido en su vida otras caricias que las del “Muley”. Los maestros primero, el cocinero después, le habían hablado siempre con el látigo en la mano. Durmieron abrazados como dos novios. Allá al amanecer, el niño sintió el escozor de un palo que el cocinero le había dado en la espalda la tarde anterior. Se despojó de la camisa:

-Mira, “Muley” -dijo en voz baja mostrándole el cardenal.

El perro, más compasivo que el hombre, lamió su carne amoratada.

Luego que abrieron las puertas lo soltó. El “Muley” corrió a casa de su dueño; pero a la tarde ya estaba en el parque dispuesto a seguir a Andresito. Volvieron a dormir juntos aquella noche, y la siguiente, y la otra también. Pero la dicha es breve en este mundo. Andresito era feliz al borde de una sima.

Una tarde, hallándonos todos en apretado grupo jugando a los botones, oímos detrás algo como dos formidables estampidos:

-¡Alto! ¡Alto!

Todas las cabezas se volvieron como movidas por un resorte. Frente a nosotros se alzaba la talla ciclópea del coronel Toledano.

-¿Quién de vosotros es el pilluelo que secuestra mi perro todas las noches, vamos a ver?

Silencio sepulcral en la asamblea, i El terror nos tiene clavados, rígidos, 'como si fuéramos de palo.

Otra vez sonó la trompeta del juicio final.

-¿Quién es el secuestrador? ¿Quién es el bandido? ¿Quién es el miserable ladrón. .. ?

El ojo ardiente de Polifemo nos devoraba a uno en pos de otro. El “Muley;;, que le acompañaba, nos miraba también con los suyos, leales, inocentes, y movía el rabo vertiginosamente en señal de gran inquietud.

Entonces Andresito, más pálido que la cera, adelantó un paso, y dijo:

-No culpe a nadie, señor. Yo he sido.

-¿Cómo?

-Que he sido yo -repitió el chico en voz más alta.

-¡Hola! ¡Has sido tú! -dijo el coronel sonriendo ferozmente-. ¿Y tú no sabes a quién pertenece este perro?

Andresito permaneció mudo.

-¿No sabes de quién es? -volvió a preguntar a grandes gritos. -Sí, señor. -¿Cómo... ? Habla más alto.

Y se ponía la mano en la oreja para reforzar su pabellón.

-Que sí, señor.

-¿De quién es, vamos a ver?

-Del señor Polifemo.

Cerré los ojos. Creo que mis compañeros debieron hacer otro tanto.

Cuando los abrí, pensé que Andresito estaría ya borrado del libro de los vivos. No fue así, por fortuna. El coronel lo miraba fijamente, con más curiosidad que cólera.

-¿Y por qué te lo llevas?

-Porque es mi amigo y me quiere -dijo el niño con voz firme.

El coronel volvió a mirarlo fijamente.

-Está bien -dijo al cabo-. ¡Pues cuidado con que otra vez te lo lleves! Si lo haces, ten por seguro que te arranco las orejas.

Y giró majestuosamente sobre los talones. Pero antes de dar un paso se llevó la mano al chaleco, sacó una moneda de medio duro, y dijo volviéndose hacia él:

-Toma, guárdatelo para dulces. ¡Pero cuidado con que vuelvas a secuestrar al perro! ¡Cuidado!

Y se alejó. A los cuatro o cinco pasos ocurriósele volver la cabeza.

Andresito había dejado caer la moneda al suelo, y sollozaba, tapándose la cara con las manos. El coronel se volvió rápidamente.

-¿Estás llorando? ¿Por qué? No llores, hijo mío.

-Porque lo quiero mucho... Porque es el único que me quiere en el mundo -gimió Andrés.

-¿Pues de quién eres hijo? -preguntó el coronel sorprendido.

-Soy de la Inclusa.

-¿Cómo? -gritó Polifemo.

-Soy hospiciano.

Entonces vimos al coronel demudarse. Abalanzóse al niño, le separó las manos de la cara, le enjugó las lágrimas con su pañuelo, lo abrazó. y lo besó, repitiendo con agitación: -¡Perdona, hijo mío, perdona! No hagas caso de lo que te he dicho... Yo no lo sabía...

Llévate el perro cuando se te antoje... Tenlo contigo el tiempo que quieras, ¿sabes...? Todo el tiempo que quieras...

Y después que lo hubo serenado con estas y otras razones, proferidas con un registro de voz que nosotros no sospechábamos en él, se fue de nuevo al paseo, volviéndose repetidas veces para gritarle:

-Puedes llevártelo cuando quieras, sabes, ¿hijo mío...? Cuando quieras. .. ¿lo oyes?

Dios me perdone, pero juraría haber visto una lágrima en el ojo sangriento de Polifemo

19/10/2009 GMT 1

Alfanhuí y los bomberos de Madrid

cuentosacientos @ 08:19

camion-bomberos.jpg

Ando leyendo estos días el libro de Sánchez Ferlosio, y he decidido colgar este fragmento. No es un cuento como tal, pero merece la pena.
Por otra parte, de un tiempo a esta parte vengo pensando en colgar fragmentos de novelas en el blog, para dar una mayor representación de toda la narrativa. Y, como muestra, este botón.

DE LOS BOMBEROS DE MADRID

Rafael Sánchez Ferlosio
De «Industrias y andanzas de Alfanhuí» (1952).

Un día Alfanhuí y don Zana vieron un incendio. Una mujer en un balcón daba gritos desgarrados. Por las grietas de la casa, salía humo. La gente se juntó en torno a la casa. A lo lejos empezó a oírse la campanilla de los bomberos. Luego, llegaron esplendorosos por el fondo de la calle, con su coche rojo escarlata y su campanilla dorada y sus cascos dorados, limpios y refulgentes. Traían los bomberos una alegría de fiesta.
Había en aquellos tiempos, en Madrid, muchos niños que querían ser bomberos. Fue una época pacífica y los niños heroicos no tenían otro sueño. Porque el bombero era el héroe mejor de todos los héroes, el que no tenía enemigos, el más bienhechor de los hombres. Los bomberos eran buenos y respetuosos, dentro de sus grandes mostachos, con sus uniformes de héroes cívicos, con sus yelmos como los griegos y los troyanos, pero ecuánimes y corteses, gordos y bondadosos. ¡Honra a los bomberos!

Desde otro punto de vista, eran los grandes amigos del fuego. Había que ver la alegría con que llegaban, el entusiasmo de su faena, el júbilo de sus coches rojos. Rompían con sus hachas mucho más de lo que había que romper. Hartos de su interminable quietud, les embriagaba la alarma, las llamas los enardecían y llegaban eufóricos al incendio. Ponían en marcha su mecanismo de pura actividad y de pura prisa. Vencían al fuego, tan sólo porque le demostraban una mayor actividad y una velocidad mayor. Y el fuego, humillado, se retiraba a sus cavernas. Ellos conocían este secreto, el único eficaz contra las llamas. Ganaban al fuego en aquello que más se tenía por grande: en movimiento y escenografía. Le humillaban. Todos los ojos se volvían hacia ellos; el fuego nadie lo miraba ya.

Corrían menos que una persona normal, pero corrían canónica y gimnásticamente; pecho afuera, puños al pecho, la cabeza alta, levantando mucho los pies del suelo y las rodillas hacia afuera y nunca tropezaban unos con otros. Por eso, todo el mundo decía:

-¡Qué bien corren!

Nunca sacaban a nadie por la puerta, aunque pudieran; siempre lo hacían por las ventanas y por los balcones, porque lo importante para vencer era la espectacularidad. Bombero hubo que, en su celo, subió a la joven del primer piso hasta el quinto, para salvarla desde allí.

En cada piso había siempre una joven. Todos los demás vecinos salían de la casa antes de llegar los bomberos. Pero las jóvenes tenían que quedarse para ser salvadas. Era la ofrenda sagrada que hacía el pueblo a sus héroes, porque no hay héroe sin dama. Cuando llegaba la hora del fuego, toda joven conocía su deber. Mientras los demás huían aprisa con los enseres, ellas se levantaban lentas y trágicas, danto tiempo a las llamas, quitaban de su rostro las pinturas y los afeites, soltaban las largas cabelleras, se desnudaban y se ponían el blanco camisón. Salían por fin, solemnes y magníficas, a gritar y a bracear en los balcones.

Así lo vio Alfahuí aquel día, así sucedía siempre que había fuego. Sucedía siempre lo mismo porque era un tiempo de orden y de respeto y de buenas costumbres.

20/05/2009 GMT 1

Ana Raquel González Hernández, alumna de ¡4º de Primaria!

cuentosacientos @ 13:04

Gusanito

Raquel en este cuento derrocha imaginación. Se la ve una narradora nata, de estas para las que respirar es contar historias y cada historia es un mundo de posibilidades.
Cuánta admiración sincera.
Muchísimas gracias por compartir con nosotros este cuento. Esperamos que sea el primero de una larga lista.


GUSANITO Y GUSANITA

Había una vez dos hermanitos llamados Gusanito y Gusanita .Cómo según dice la palabra eran unos gusanitos muy pequeños, pero eso sí, valientes y listos. Un día la malvada bruja De Las Tinieblas Terroríficas, secuestró a su madre y la llevó al calabozo de su gran castillo, y en cuanto a su padre, lo secuestró y lo metió en una burbuja de cristal con destino al centro de la tierra .Cuando ellos se enteraron de la noticia al levantarse por la mañana, ya que todavía eran pequeños y tenían que ir al colegio de los Mares, es un colegio muy ,muy grande que aunque por su nombre parezca que tiene que ver algo con el mar no lo tiene, es un colegio que se divide en dos partes:
__Una de brujas y hadas (buenas , claro que sí) y la otra de
__ Bichitos e insectos como Gusanito y Gusanita.
Volviendo a la mañana en que habían secuestrado a sus padres, al despertarse Gusanito le dijo a su hermanita:
__Despierta, no encuentro ni a papá ni a mamá.-
Gusanito y Gusanita los buscaron por toda la ciudad, pero no les encontraron. Y de repente un señor que según él era profesor, les explicó lo sucedido. También les dijo
que si querían que les llevara hasta el castillo de la bruja que le tenían que pagar treinta monedas, ellos aunque las necesitaban para comer, con tal de salvar a sus padres,..aceptaron .Fue un largo , pero largo camino, pero al fin llegaron ,y el señor muy decidido fue delante y les dijo que tuvieran mucho cuidado, ,y ellos se fueron detrás de él . Pero entonces sonó un ruido, y Gusanito y Gusanita se escondieron entre los arbustos. Vieron algo espantoso y malvado; era la bruja, que había hecho trocitos de hielo al señor que les había guiado hasta allí. Cuando la bruja desapareció se fueron hacía los escalones, pero como eran tan pequeños y los escalones tan altos…. ¡ No podían subir! , ¿Cómo subirían?.
De pronto se oyó una vocecita con hilito de voz:
__Yo os podría ayudar .
Era una mariposa, de color púrpura, brillante, y en sus alas había un dibujo de una estrella.
__Gracias , muchas gracias. Dijeron Gusanito y Gusanita a la vez.
Se subieron a la mariposa y según iban ascendiendo, más flores marchitas y árboles secos veían. Todo era tan triste y oscuro…
Por fin llegaron a la cima de la torre principal de aquel enorme castillo. La mariposa conocía una entrada secreta, oculta,.Era muy pequeñita del tamaño de los dos hermanitos por eso pudieron entrar. Tras recorrer un gran pasillo salieron a una habitación donde había muchos prisioneros encadenados. Entre ellos reconocieron a su mamá.
Pero ….¿Dónde estaba la llave para abrir esa gran jaula y las cadenas? Los prisioneros les explicaron que la bruja siempre la llevaba colgada del cuello, lo que quiere decir que para dormir también la llevará. Dedujeron los dos hermanitos.

Se despidieron de su madre y de los demás prisioneros y se fueron a buscar la habitación de la bruja .Cuando por fin llegaron se escondieron en ella y esperaron que fuera de noche. Al cabo de muchas horas, horas que le parecieron a los dos hermanitos años, llegó la bruja a acostarse, no venía sola, sino con su gran cuervo negro y al parecer el cuervo dormía con ella, cuando la bruja se durmió, entraron donde estaba la bruja y su fiel cuervo, Gusanita se fijó descubriendo que la llave la tenía el cuervo colgada al cuello y se lo dijo a su hermanito. Él subió encima a su hermana y con mucho cuidado se acercaron y…¡aleluya, habían cogido la llave! .Rápidamente, con mucho sigilo salieron de la habitación y se dirigieron hacía donde estaban los prisioneros .Les liberaron ,y se fueron felizmente a su país, pero claro eso sería si a Gusanito y a Gusanita no le acecharán más aventuras, pero aún les queda la parte más difícil ,¡ir a buscar a su padre al centro de la tierra! Los dos hermanitos se despidieron de su madre tristemente, sabían que tenían que ir a buscar a su padre, pero…, ¿por dónde empezar? Decidieron ir a la biblioteca pensaron que seguramente allí podrían resolver algunas de sus dudas, pero allí estaba alguien que no se esperaban, bueno en realidad eran dos personas, la verdad es que tampoco eran personas eran…Bueno da igual, volviendo a lo nuestro, allí estaban su madre y su amiga la mariposa,(que por cierto se llamaba Casandra) Casandra les dijo:
-vuestra madre y yo, estamos aquí porque hemos decidido que alguien os tendría que guiar hacía donde está vuestro padre, y hemos pensado que la más adecuada sería yo, puesto que conozco los caminos y todas las celdas debido a que una vez me hipnotizaron los plebeyos de la malvada bruja.-Así que ella dijo esto se despidieron de su madre y ahora si de verdad, pero antes de irse su madre les dio, y les encargó algo a cada uno:
-a Gusanita, le dijo que tuviera mucho cuidado, y la dio una poción curativa, y una especie de llave metida en un baúl. -y a Gusanito le dijo que cuidara bien de su hermana , ya que era el mayor de los dos, también le dio algo, le dio una...¡una espada mágica!-después de esto se despidieron ,y Gusanito, Gusanita, y Casandra emprendieron un largo y arriesgado viaje al centro de la tierra .
Salieron de la biblioteca, y se subieron encima de Casandra y echaron a volar tal vez sin rumbo fijo, pero si con un destino ir a salvar a su padre .Fueron descendiendo, y a medida que se elevaban más velocidad iban cogiendo, también a los dos hermanitos les pareció un tanto extraño que a la vez que se elevaban iban viendo a las personas ,¡más y más chiquititas! La verdad es que a todos nosotros , o por lo menos a casi todos , nos daría una impresión así, pero es que Gusanito y Gusanita no habían volado nunca. Al principio, todo se veía claro, y había unas vistas maravillosas ,pero a medida que se acercaban, más oscuro y en ruinas se veía. Era algo escalofriante, y terrible, cuando se acercó la noche, decidieron bajar y descansar, cerca de allí había una isla desierta, y aunque les daba un poco de miedo, sobre todo a los hermanitos, no les quedó más remedio que quedarse, pues Casandra estaba cansada de haber estado todo el día volando sin descansar . Así lo hicieron, sobrevolaron los árboles y arbustos, ( la mayoría de ellos, quemados o chamuscados) hasta que por fin notaron tierra firme bajo sus pies, ellos al fin y al cabo se alegraron, porque aunque su padre estuviera secuestrado, y su madre estuviera a más de mil millones de millas de distancia, y con la inseguridad de que la bruja atacara al pueblo o no, aun así ellos estaban felices , porque se sentían a salvo , y estaban a salvo, o no …La mariposa junto con la ayuda de Gusanito y Gusanita , hicieron una pequeña casita con trocitos de bambú , y se acomodaron perfectamente en las alitas de la mariposa. Al día siguiente, partieron hacía donde sus ojos alcanzaban para ver el sol, pararon para comer, y a media tarde, partieron de nuevo, llevaban todo el día sin decir ni una palabra, hasta que de repente Gusanita exclamó:-¡ahí hay algo,Casandra dirígete hacia allí!
_Casandra se dirigió hacía allí, y efectivamente había algo extraño, parecía como si dentro de él hubiera algo. Cuando lograron acercarse vieron que allí dentro estaba su padre, los hermanos y la mariposa fueron en busca de la llave, mientras que ellos sin saberlo todo el viaje los había estado observando la malvada bruja.
De repente aparece ante sus ojos y les arrebata la llave , entonces gusanita ve a su lado un cubo de agua que agarra inmediatamente y le arroja encima a la bruja.Este agua era mágica y hace que la malvada bruja se convierta en cenizas. Después pasó algo muy extraño empiezan a emerger de debajo del agua unas tierras y unos edificios muy antiguos y maravillosos , hechos de plata y marfil, era el reino de todo lo bueno existente en la Tierra, y por arte de magia su pare está libre y aparece a su lado también su madre , y todos juntos se abrazaron y decidieron comenzar una nueva vida en aquel lugar fantástico.

Y no diremos colorín y colorado porque las aventuras de Gusanito y Gusanito no se han acabado.

LAS ANDANZAS DE GUSANITO Y GUSANITA POR EL FÍN DEL MUNDO

11/03/2009 GMT 1

Irene Valmaseda, primer premio del concurso de narrativa (categoría: segundo ciclo de ESO)

cuentosacientos @ 11:49

Lo importante es el interior

Irene, ya "veterana" en este blog, ha ganado el concurso de narrativa "Rafaela Ybarra" gracias a este cuento. A mí me encanta. Me parece difícil lograr una atmósfera tan lírica, llena de valores universales, con tal parquedad de medios. Mi más sincera enhorabuena para Irene por este cuento y por el premio. ¡Que lo disfrutes, Irene!

Irene Valmaseda Ventas. Febrero de 2.009

TODOS DIFERENTES, TODOS IGUALES.

Hace ya muchos años, nacieron casi al mismo tiempo tres niños en diferentes lugares
del mundo.
Uno de ellos nació en el País de las Nieves. Fue el primer hijo de una pareja de
médicos. Era rubio, de piel muy blanca, ojos azules y cuerpo alto y delgado.
Otro niño nació en el País del Sur. Fue el tercer hijo de una pareja de campesinos.
Era un niño de piel oscura, hermosos ojos negros y cuerpo fuerte.
El último niño nació en el País del Sol, fue el primer hijo de una pareja de trabajadores
de una gran fábrica. Era pálido, de ojos rasgados y cuerpo pequeño y delicado como
el cristal.
El nacimiento de todos ellos fue motivo de inmensa alegría en sus familias, y poco
a poco fueron creciendo y aprendiendo, hasta que cumplieron veinte años y el destino
quiso unirlos.
Un buen día, los tres jóvenes quisieron dejar sus casas y sus familias y viajar a un
lugar diferente, donde continuar sus estudios y conocer a otras personas.
De esta forma, los tres se encontraron en La Ciudad que Roza el Cielo y enseguida
se hicieron amigos. Siempre que podían hablaban de su infancia. El joven del País
del Sur contaba que todos los días caminaba varios kilómetros para ir al colegio,
pero nunca se cansó y ahora estaba allí. El joven del País de las Nieves, se asombraba
al oír la historia, ya que él tenía el colegio a pocos metros de su casa. El joven del
País del Sol, contaba que sus padres trabajaban muchas horas y apenas les veía,
pero ahora que estaba tan lejos, les echaba mucho de menos.

Los tres jóvenes tenían un compañero al que todos llamaban Bad. Este chico era cruel
y odiaba a los chicos que venían de otros lugares. Siempre intentaba que los tres amigos discutiesen y se reía de ellos cuando algo les salía mal.
Un día todos los compañeros fueron de excursión al Lago Grande. Bad no dejaba de
gastar bromas pesadas a los tres amigos, se reía de ellos y les insultaba.
Los tres amigos estaban un poco hartos, pero hacían como si no le oyesen.
Cuando llegó el momento de volver, Bad no se encontraba con el resto de sus
compañeros. Le buscaron y vieron que se había caído al lago y se estaba ahogando.
El joven del País del Sur y el joven del País del Sol, no dudaron un momento y se
tiraron al agua. Con mucho esfuerzo, lograron sacar a Bad casi ahogado.

Bad se despertó en casa de su abuela que le cuidaba a pesar de ser ciega. Bad vio un
jarrón lleno de rosas blancas, rojas y amarillas colocado encima de una mesa.
Le preguntó a su abuela que por qué tenía rosas de varios colores si no podía verlas.
La abuela le respondió que lo que realmente le gustaba de las rosas, era su perfume,
porque al igual que en las personas, lo importante es el interior.

Pasaron muchos años. Los tres amigos volvieron a sus casas y fueron personas importantes.
Bad era ya un hombre viejo. Miraba por la ventana los rosales que florecían en el
jardín.
Y muchas tardes se acercaba despacio a las rosas de color blanco, rojo y amarillo,
cerraba los ojos, y aspiraba su perfume.

Sheyla Iglesias, alumna de 2º de ESO

cuentosacientos @ 14:09

unos ojos azules preciosos

Aquí os dejo esta descripción de una heroína del siglo XXI. Espero que os guste

Ella se llama Shely. Es una heroína del siglo XXl. Es guapa, bella e inteligente. La cosa más importante de su cuerpo es su cabello rubio y largo. También tiene unos ojos azules preciosos.
La última hazaña en la que se ha enzarzado es una peligrosa misión en la que tenía que vencer a sus enemigos, “los peluquín”. Se llaman de esa manera porque trabajan en una peluquería muy famosa de la ciudad. Los peluquín eran cuatro, dos hermanos, Mechas y Tinte, y un padre y un hijo, Tijeras y Tijeras júnior.
Para realizar esta misión ella tenía que infiltrarse entre las muchas clientas de la peluquería y matar a los peluquín.
Shely entro en la peluquería haciéndose pasar por una de las muchas clientas que habia en ese momento en la peluquería. Se sentó en una de las sillas de la sala de espera, hasta que le tocara el turno.
Después de unos quince minutos uno de los hermanos le dijo: ”¡¡por favor pase por aquí!!”
Ella le repitió unas quince veces que no le cortara el pelo de ninguna de las maneras.
El hermano asintió con la cabeza y le empezó a lavar el pelo. Shely estaba esperando el momento oportuno para matarles.
Después de lavarla el pelo, se lo secó Él pensó que tenía las puntas muy estropeadas. Entonces, sin decirla nada, la empezó a cortar el pelo.
Cuando le empezó a cortar el pelo Shely se desvaneció en el suelo y se murió.
Al haberla cortado el pelo era su punto débil, shely se murió.
Nunca una heroína tan fuerte e inteligente como shely había muerto por tan poca cosa.

21/11/2008 GMT 1

Irene Valmaseda Ventas, alumna de 4º de ESO

cuentosacientos @ 11:34

No soy capaz de explicarlo

Vosotros, los que leeis, aún estais entre los vivos; pero yo, el que escribe, habré entrado hace mucho en la región de las sombras.
Todo comenzó en el pueblo de mis abuelos, una pequeña aldea de Extremadura, la noche del 1 de Noviembre de 2007. Yo tenía tan solo catorce años de edad y era una jovencita valiente, o eso creía yo.
Acabábamos de cenar y mi abuela se disponía a asistir a la misa de las nueve de la noche.
Mis primos, de edad parecida a la mía, también habían venido a pasar el fin de semana, y propusieron salir a dar un paseo a pesar de la oscuridad de la noche y de que la mayor parte de la gente se encontraría en misa.
Mi abuela salió hacia la iglesia y a los pocos minutos salimos nosotros tres.
El viento soplaba y hacía volar nuestras bufandas; a lo lejos oíamos las canciones
de misa que sonaban lejanas y parecían venir de un lugar cercano al infierno. De repente, una ráfaga de viento más fuerte y helado me arrancó el gorrito de lana roja que llevaba puesto, y cuando volví la cabeza para buscarlo comprobé que mis primos ya no estaban conmigo.
Yo oía los latidos de mi corazón e intentaba gritar sus nombres, pero el miedo silenciaba mi garganta. De repente creí ver una débil luz como si fuese una linterna y me dirigí hacia ella. A medida que me acercaba a la luz, creí oír un sonido familiar, tal vez una armónica, y así era. Se trataba del afilador del pueblo, que iba con su bicicleta y su piedra de afilar.
Por un momento me sentí aliviada, pero a medida que me iba acercando a él, podía ver claramente su cara con los ojos enrojecidos y su horrible sonrisa mientras me decía:
¿Te has perdido pequeña? Acompáñame. Acompáñame…
Y los dos nos perdimos en la oscuridad. Yo creo que sentí cuchillos y tijeras clavados por mi cuerpo, aunque esto no soy capaz de explicarlo porque ya no pertenezco al reino de los vivos, y en el reino de los muertos las sensaciones son completamente diferentes.

Irene ya nos había deleitado con una de sus historias y hoy nos deja esta otra. Leerla es un verdadero placer. En este relato tienen muchísima fuerza los pequeños detalles, como ese gorro que se vuela con el viento o esos cuchillos y tijeras del afilador. El final está verdaderamente bien.
Nuestra enhorabuena a Irene y reiterarle nuestro agradecimiento por compartir su trabajo.

20/10/2008 GMT 1

Don Juan Manuel deslumbra con sus técnicas narrativas

cuentosacientos @ 11:12

Don Juan Manuel

Desde que empecé con el blog quería colgar este cuento, pero no lo encontraba. Ha sido gracias a Raúl que por fin me he hecho con él. En el relato el tratamiento del paso del tiempo que hace Don Juan Manuel es deslumbrante y, a mi juicio, modernísimo. Es increíble que esté escrito en la Edad Media. ¿Qué os parece a vosotros?

Cuento XI
De lo que aconteció a un deán de Santiago con don Illán, gran maestro que moraba en Toledo

Otro día hablaba el conde Lucanor con Patronio, su consejero, y contábale sus asuntos de esta guisa:
-Patronio, un hombre vino a rogarme que le ayudase en un hecho en que había menester mi ayuda, y prometióme que haría por mí todas las cosas que fuesen mi pro y mi honra. Y yo comencele a ayudar cuanto pude en aquel hecho. Y antes de que el negocio fuese acabado, creyendo él que ya el negocio suyo estaba resuelto, acaeció una cosa en que cumplía que él la hiciese por mí, y roguele que la hiciese y él púsome excusa. Y después acaeció otra cosa que él hubiese podido hacer por mí, y púsome otrosí excusa: y esto me hizo en todo lo que yo le rogué que hiciese por mí. Y aquel hecho por el que él me rogó, no está aún resuelto, ni se resolverá si yo no quiero. Y por la confianza que yo he en vos y en el vuestro entendimiento, ruégoos que me aconsejéis lo que haga en esto.

-Señor conde -dijo Patronio-, para que vos hagáis en esto lo que vos debéis, mucho querría que supieseis lo que aconteció a un deán de Santiago con don Illán, el gran maestro que moraba en Toledo.

Y el conde le preguntó cómo había sido aquello.

-Señor conde -dijo Patronio-, en Santiago había un deán que había muy gran talante de saber el arte de la nigromancia1, y oyó decir que don Illán de Toledo sabía de ello más que ninguno que viviese en aquella sazón. Y por ello vínose para Toledo para aprender aquella ciencia. Y el día que llegó a Toledo, enderezó luego a casa de don Illán y hallolo que estaba leyendo en una cámara muy apartada; y luego que llegó a él, recibiolo muy bien y díjole que no quería que le dijese ninguna cosa de aquello por lo que venía hasta que hubiesen comido. Y cuidó muy bien de él e hízole dar muy buena posada, y todo lo que hubo menester, y diole a entender que le placía mucho con su venida.

Y después que hubieron comido, apartose con él y contole la razón por la que allí había venido, y rogole muy apremiadamente que le mostrase aquella ciencia, que él había muy gran talante de aprenderla. Y don Illán díjole que él era deán y hombre de gran rango y que podría llegar a gran estado y los hombres que gran estado tienen, desde que todo lo suyo han resuelto a su voluntad, olvidan muy deprisa lo que otro ha hecho por ellos. Y él, que recelaba que desde que él hubiese aprendido de él aquello que él quería saber, que no le haría tanto bien como él le prometía. Y el deán le prometió y le aseguró que de cualquier bien que él tuviese, que nunca haría sino lo que él mandase.

Y en estas hablas estuvieron desde que hubieron yantado hasta que fue hora de cena. De que su pleito fue bien asosegado entre ellos, dijo don Illán al deán que aquella ciencia no se podía aprender sino en lugar muy apartado y que luego, esa noche, le quería mostrar dó habían de estar hasta que hubiese aprendido aquello que él quería saber. Y tomole por la mano y llevole a una cámara. Y, en apartándose de la otra gente, llamó a una manceba de su casa y díjole que tuviese perdices para que cenasen esa noche, mas que no las pusiese a asar hasta que él se lo mandase.

Y desde que esto hubo dicho llamó al deán; y entraron ambos por una escalera de piedra muy bien labrada y fueron descendiendo por ella muy gran rato de guisa que parecía que estaban tan bajos que pasaba el río Tajo sobre ellos. Y desde que estuvieron al final de la escalera, hallaron una posada muy buena, y una cámara muy adornada que allí había, donde estaban los libros y el estudio en que había de leer. Y desde que se sentaron, estaban parando mientes en cuáles libros habían de comenzar. Y estando ellos en esto, entraron dos hombres por la puerta y diéronle una carta que le enviaba el arzobispo, su tío, en que le hacía saber que estaba muy doliente y que le enviaba rogar que, si le quería ver vivo, que se fuese luego para él. Al deán le pesó mucho de estas nuevas; lo uno por la dolencia de su tío, y lo otro porque receló que había de dejar su estudio que había comenzado. Pero puso en su corazón el no dejar aquel estudio tan deprisa e hizo sus cartas de respuesta y enviolas al arzobispo su tío. Y de allí a unos tres días llegaron otros hombres a pie que traían otras cartas al deán, en que le hacían saber que el arzobispo era finado, y que estaban todos los de la iglesia en su elección y que fiaban en que, por la merced de Dios, que le elegirían a él, y por esta razón que no se apresurase a ir a la iglesia. Porque mejor era para él que le eligiesen estando en otra parte, que no estando en la Iglesia.

Y de allí al cabo de siete o de ocho días, vinieron dos escuderos muy bien vestidos y muy bien aparejados, y cuando llegaron a él besáronle la mano y mostráronle las cartas que decían cómo le habían elegido arzobispo. Y cuando don Illán esto oyó, fue al electo y díjole cómo agradecía mucho a Dios porque estas buenas nuevas le habían llegado en su casa; y pues Dios tanto bien le había hecho, que le pedía como merced que el deanato que quedaba vacante que lo diese a un hijo suyo. El electo díjole que le rogaba que le quisiese permitir que aquel deanato que lo hubiese un su hermano; mas que el haría bien de guisa que él quedase contento, y que le rogaba que se fuese con él para Santiago y que llevase él a aquel su hijo. Don Illán dijo que lo haría.

Y fuéronse para Santiago; y cuando allí llegaron fueron muy bien recibidos y muy honrosamente. Y desde que moraron allí un tiempo, un día llegaron al arzobispo mandaderos del papa con sus cartas en las cuales le daba el obispado de Tolosa, y que le concedía la gracia de que pudiese dar el arzobispado a quien quisiese. Cuando don Illán esto oyó, recordándole muy apremiadamente lo que con él había convenido, pidiole como merced que lo diese a su hijo; y el arzobispo le rogó que consintiese que lo hubiese un su tío, hermano de su padre. Y don Illán dijo que bien entendía que le hacía gran tuerto, pero que esto que lo consentía con tal de que estuviese seguro de que se lo enmendaría más adelante. El arzobispo le prometió de toda guisa que lo haría así y rogolo que fuese con él a Tolosa .

Y desde que llegaron a Tolosa, fueron muy bien recibidos de los condes y de cuantos hombres buenos había en la tierra. Y desde que hubieron allí morado hasta dos años. llegáronle mandaderos del papa con sus cartas en las cuales le hacía el papa cardenal y que le concedía la gracia de que diese el obispado de Tolosa a quien quisiese. Entonces fue a él don Illán y díjole que, pues tantas veces le había fallado en lo que con él había acordado, que ya aquí no había lugar para ponerle excusa ninguna, que no diese alguna de aquellas dignidades a su hijo. Y el cardenal rogole que consintiese que hubiese aquel obispado un su tío, hermano de su madre, que era hombre bueno y anciano; mas que, pues él cardenal era, que se fuese con él para la corte, que asaz había en que hacerle bien. Y don Illán quejose de ello mucho, pero consintió en lo que el cardenal quiso, y fuese con él para la corte.

Y desde que allí llegaron, fueron muy bien recibidos por los cardenales y por cuantos allí estaban en la corte, y moraron allí muy gran tiempo. Y don Illán apremiando cada día al cardenal que le hiciese alguna gracia a su hijo, y él poníale excusas.

Y estando así en la corte, finó el papa; y todos los cardenales eligieron a aquel cardenal por papa. Entonces fue a él don Illán y díjole que ya no podía poner excusa para no cumplir lo que le había prometido. Y el papa le dijo que no le apremiase tanto, que siempre habría lugar para que le hiciese merced según fuese razón. Y don Illán se comenzó a quejar mucho, recordándole cuántas cosas le había prometido y que nunca le había cumplido ninguna, y diciéndole que aquello recelaba él la primera vez que con él había hablado y pues que a aquel estado era llegado y no le cumplía lo que le había prometido, que ya no le quedaba lugar para esperar de él bien ninguno. De esta queja se quejó mucho el papa y comenzole a maltraer diciéndole que, si más le apremiase, que le haría echar en una cárcel, que era hereje y mago, que bien sabía él que no había otra vida ni otro oficio en Toledo donde él moraba, sino vivir de aquel arte de la nigromancia.

Y desde que don Illán vio cuán mal galardonaba el papa lo que por él había hecho, despidiose de él y ni siquiera le quiso dar el papa que comiese por el camino. Entonces don Illán dijo al papa que pues otra cosa no tenía para comer, que se habría de tornar a las perdices que había mandado a asar aquella noche, y llamó a la mujer y díjole que asase las perdices.

Cuando esto dijo don Illán, se halló el papa en Toledo, deán de Santiago, como lo era cuando allí vino, y tan grande fue la vergüenza que hubo, que no supo qué decirle. Y don Illán díjole que se fuese con buena ventura y que asaz había probado lo que tenía en él, y que lo tendría por muy mal empleado si comiese su parte de las perdices.

Y vos, señor conde Lucanor, pues veis que tanto hacéis por aquel hombre que os demanda ayuda y no os da de ello mejores gracias, tengo que no habéis por qué trabajar ni aventuraros mucho para llevarlo a ocasión en que os dé tal galardón como el deán dio a don Illán.

El conde tuvo éste por buen consejo, e hízolo así y hallose en ello bien.

Y porque entendió don Juan que este ejemplo era muy bueno, hízolo escribir en este libro e hizo de ello estos versos que dicen así:

A quien mucho ayudes y no te lo reconozca
menos ayuda habrás de él desde que a gran honra suba

FIN

08/05/2008 GMT 1

Vuelve Rosa Cruz, alumna de 2º de ESO, con una fábula

cuentosacientos @ 11:58

Con que me llenes mi bota voy sobrado

Rosa es valiente, y se atreve con esta fábula en verso

LA AVARICIA ROMPE EL SACO

Hubo un lobo que estaba
Rico, viejo y solo
Su vida se terminaba
Y se iba a convertir en polvo
Un gato que por allí pasaba
Al verle moribundo, plata le pidió
Y con una condición se la dio
Si iba a su entierro a velarle
Le daría plata suficiente
para mucho tiempo alimentarle
la plata le dio, el lobo murió
y el gato su parte cumplió
el gato con su plata marchaba
y escuchó que un buitre le chillaba:
-Si me dejas comerme al lobo
yo te entrego un saco de oro.
-Un saco de oro es demasiado
con que llenes mi bota voy sobrado.
Un saco echó en su bota,
pero el buitre no se percató que estaba rota.
Al ver que no rebosaba, a por mas oro se fue
y por tanto querer correr, por un barranco cayó
y el buitre también murió.
El gato al ver el buitre caer
y no verle volar otra vez
comprendió lo sucedido
y todo el oro se llevo escondido

31/03/2008 GMT 1

Monterroso y el cuento más breve

cuentosacientos @ 12:30

Augosto Monterroso

Cuando despertó el dinosaurio todavía estaba allí.

Estas pocas palabras han dado tantísimo que hablar... ¿es esto un cuento? ¿es de verdad esto literatura?.
Este tipo de cuento se ha venido a llamar "relato hiperbreve". ¿Os animáis a escribir alguno y mandarlo al blog? A ver si surge algún valiente

28/03/2008 GMT 1

Teresa García García

cuentosacientos @ 11:27

Teresa ha escrito esta pequeña maravilla. La colgamos aquí, dándole nuestra enhorabuena y animándola para que siga escribiendo.p>

La amistad, el águila y la montaña.

Jaime era un niño que había nacido con problemas, tenía 8 años y se había pasado toda su vida en la planta del hospital, se había sometido a tres operaciones y aún le faltaban dos más para poder andar.

Jaime había desarrollado una pequeña habilidad: cuando veía a una persona, por su cara sabía si le ocurría algo o no.

Un día llegó la enfermera que le cuidaba, se llamaba Rosa. La vio mala cara, y entonces al preguntar Rosa le contó sus males y se fue con mejor cara de la que vino.

Aunque Jaime llevaba toda su vida en el hospital siempre sonreía y todo el mundo le preguntaba por qué estaba tan contento si llevaba toda su vida allí metidol y él contestaba siempre: los médicos dicen que si soy optimista me recuperaré más rápidamente.

Una tarde apagada llegó a su cuarto Roberto, un niño que tenia cáncer y de la medicina que le daban se había quedado calvo. Roberto no hablaba nunca y entonces Jaime decidió hablarle:

- Hola.
- ¿Estás dormido?

Roberto no contestó pero Jaime sabía que no estaba dormido porque por las noches le oía llorar. Un domingo que los padres de Jaime vinieron a verle le preguntaron que si le dolía menos y él contestó que no, pero que se aguantaba. Los padres muy sorprendidos le dijeron que si necesitaba algo y Jaime les pidió que le trajeran papel y sus ceras de colores. Ese mismo día Jaime tenía lo que había pedido.

Jaime quería regalar un dibujo a Roberto. Le dibujó a él sonriendo y a la hora de la cena se lo entregó. Roberto no dijo nada pero sonrió.

- Puedes utilizar mis ceras –dijo Jaime.

A continuación le pidió a Rosa que las dejara en su mesilla.

Al despertarse por la mañana vio a Roberto dibujar con sus ceras y se alegró. Desayunó y al rato Roberto se levantó a enseñarle su dibujo. Era precioso, todo el papel estaba cubierto, había prados con flores, un río, un águila volando y montañas que escondían un sol.

- Es para ti, por aguantar mi mal humor todo este tiempo, le dijo Roberto.

- Muchas gracias, contestó Jaime

- Mira, he pensado que si te gustaría ser el águila para poder ir donde quieras y ver las cosas desde arriba.

- Y a ti la montaña para que cuando el sol salga y entre parezca fuerte y sin ningún problemas

Los dos amigos se abrazaron.

-Seremos desde ahora los mejores amigos ya lo verás-dijo Roberto.

-Sí, y nos apoyaremos los dos cada día – respondió Jaime

Pasó mucho tiempo y cada día los dos estaban juntos el uno con el otro. Hacían bromas, se reían y jugaban. Llegó la hora de que Jaime empezara la rehabilitación para poder andar, por lo que se despidieron con mucha tristeza, pero Jaime prometió venir a verle todos los días excepto los fines de semana. Cada día Jaime salía del colegio y en el hospital hacia los deberes junto a Roberto.

Un día cuando fue a hacer los deberes con Roberto él no estaba. Preguntó a Rosa y ella casi llorando le dijo que Roberto había mejorado mucho este tiempo y le habían trasladado a Houston para terminar de curarse del todo su enfermedad.

-Entonces ¿por qué lloras? Dijo Jaime

-Porque ya no está en este hospital Contestó Rosa.

Jaime rompió a llorar.

- Tranquilo Jaime -dijo Rosa-, él dejó algo para ti.

Jaime entró en la habitación, vio la mesilla de Roberto y allí se encontraba una carta que ponía: “Para un amigo”.

Decía la carta:

“Tú que has sabido estar conmigo cuando estaba solo, que has sabido alegrarme cuando estaba triste y sin ganas de nada, tú que estuviste conmigo hasta el final y sin ningún bache ni parada, todos los días me apoyabas y me dabas ánimos para seguir optimista y con ganas de vivir, simplemente por ser tú y por pasar por mi vida. Gracias amigo.”

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