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cuentos a cientos

Archivo: Noviembre 2008

21/11/2008 GMT 1

Irene Valmaseda Ventas, alumna de 4º de ESO

cuentosacientos @ 11:34

No soy capaz de explicarlo

Vosotros, los que leeis, aún estais entre los vivos; pero yo, el que escribe, habré entrado hace mucho en la región de las sombras.
Todo comenzó en el pueblo de mis abuelos, una pequeña aldea de Extremadura, la noche del 1 de Noviembre de 2007. Yo tenía tan solo catorce años de edad y era una jovencita valiente, o eso creía yo.
Acabábamos de cenar y mi abuela se disponía a asistir a la misa de las nueve de la noche.
Mis primos, de edad parecida a la mía, también habían venido a pasar el fin de semana, y propusieron salir a dar un paseo a pesar de la oscuridad de la noche y de que la mayor parte de la gente se encontraría en misa.
Mi abuela salió hacia la iglesia y a los pocos minutos salimos nosotros tres.
El viento soplaba y hacía volar nuestras bufandas; a lo lejos oíamos las canciones
de misa que sonaban lejanas y parecían venir de un lugar cercano al infierno. De repente, una ráfaga de viento más fuerte y helado me arrancó el gorrito de lana roja que llevaba puesto, y cuando volví la cabeza para buscarlo comprobé que mis primos ya no estaban conmigo.
Yo oía los latidos de mi corazón e intentaba gritar sus nombres, pero el miedo silenciaba mi garganta. De repente creí ver una débil luz como si fuese una linterna y me dirigí hacia ella. A medida que me acercaba a la luz, creí oír un sonido familiar, tal vez una armónica, y así era. Se trataba del afilador del pueblo, que iba con su bicicleta y su piedra de afilar.
Por un momento me sentí aliviada, pero a medida que me iba acercando a él, podía ver claramente su cara con los ojos enrojecidos y su horrible sonrisa mientras me decía:
¿Te has perdido pequeña? Acompáñame. Acompáñame…
Y los dos nos perdimos en la oscuridad. Yo creo que sentí cuchillos y tijeras clavados por mi cuerpo, aunque esto no soy capaz de explicarlo porque ya no pertenezco al reino de los vivos, y en el reino de los muertos las sensaciones son completamente diferentes.

Irene ya nos había deleitado con una de sus historias y hoy nos deja esta otra. Leerla es un verdadero placer. En este relato tienen muchísima fuerza los pequeños detalles, como ese gorro que se vuela con el viento o esos cuchillos y tijeras del afilador. El final está verdaderamente bien.
Nuestra enhorabuena a Irene y reiterarle nuestro agradecimiento por compartir su trabajo.

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