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cuentos a cientos

Categoría: Bernardo Atxaga

14/01/2010 GMT 1

Bernardo Atxaga y su cuento misterioso

cuentosacientos @ 13:54

Bernardo Atxaga

He estado estas navidades releyendo parte de Obabakoak, el fantástico libro de Atxaga, y he encontrado este relato que quiero compartir con vosotros. Espero que os guste.

HANS MENSCHER
Existe en Hamburgo, no lejos del lago Binnen, una casa que, por su abandono, contrasta con cualquier otra de aquella zona de la ciudad, y que parecería muerta si no fuera por las rosas que, aún hoy, florecen en su jardín y se esfuerzan en sobresalir de la verja que las separa de la calle Vertrieb, la calle que une el lago con la plaza Eichendorf.
El paseante que por azar se detiene frente a ella, repara en sus muros desconchados, o en el color desvaído de su puerta principal y de sus ventanas, y siente que esa desolación que siempre acompaña a las casas abandonadas habla a su corazón, que quizá sea, también, un lugar abandonado. Pero no advierte allí ninguna estatua, ninguna placa, ninguna señal que excite su curiosidad, y el paseante descansa un rato más, piensa en lo hermosas que debieron ser las rosaledas, y luego continúa calle adelante, alcanza la orilla del lago, se sienta en el embarcadero y mira hacia los frágiles barcos de vela, cómo se deslizan, cómo brincan cada vez que una embarcación de motor forma anillos en el agua; y no ha hecho sino iniciar su contemplación cuando ya ha olvidado la casa abandonada ante la que se detuvo al pasar por la calle Vertrieb. Ha perdido así la oportunidad de saber que fue allí donde vivió el pintor Hans Menscher, que fue en aquel jardín donde apareció muerto la mañana del día veintisiete de julio de 1923.
Pero si el paseante hubiera tenido una curiosidad mayor; si, acuciado por la necesidad de conocer las razones de aquel abandono, hubiera pedido detalles acerca de la casa, quizás alguien —tal como me sucedió a mí— habría escarbado esa mañana de julio en su memoria, para luego, con gesto de quien quiere recordar y no puede, señalarle el edificio de la biblioteca central de la ciudad.
—Si quiere saber lo que ocurrió con Menscher, busque en los periódicos de la época. Seguro que traen algo.
Así las cosas, el paseante procuraría seguir el consejo de su informador, pues, al igual que cualquier otro paseante, también él ha salido a la calle en pos de algo que alivie la monotonía de su vida, sin saber bien qué pueda ser ese algo, y seguir el rastro del pintor Menscher le parece una buena forma de pasar la tarde. Siguiendo con la hipótesis, el paseante no tardaría en sentarse ante alguno de los muchos periódicos que, al día siguiente de su muerte, hablaron de lo sucedido en la casa de la calle Vertrieb.
«Hans Menscher —leería el paseante que eligiera el mismo periódico que elegí yo, el Bild Zeitung—, el pintor que fuera íntimo amigo de Munch, no confirmó las esperanzas que su trabajo había despertado en un principio. No sería arriesgado, creemos, afirmar que Menscher estaba perdido para la pintura desde el día en que enloqueció, convirtiéndose, muy pronto, en el hazmerreír de todos los que le veían pintar en el jardín de su casa.»
La primera reacción del paseante, ahora lector, sería la de extrañeza. Recordaría, probablemente, los nombres de los pintores cuyo genio rozó con la locura sin que su obra se resintiera —muy al contrario— por ello, y querría saber los detalles de aquella que, según el cronista, padecía Menscher; locura que, además de hacerle fracasar como pintor, hizo que se convirtiera en el hazmerreír de la gente, en un personaje ridículo.
Naturalmente, no faltarán esos detalles en el artículo. Al contrario, el paseante, que sabe que la vida es miserable pero que no gusta de hurgar en esa miseria, se verá obligado a pasar por alto la mayoría de las anécdotas que el cronista —con esa mala fe con que las personas normales hablan de los que no son como ellos— vierte en su escrito. Y cuando, por fin, el paseante encuentre el hecho concreto en que tomaba cuerpo la idea de que Menscher había enloquecido, ese hecho le parecerá banal, porque, al cabo, aquella locura se reducía a una actitud pictórica que hoy es caso general; la de pintar según los dictados de la imaginación.
«Como muchos hamburgueses que pasaron por su calle saben —escribe el cronista—, el pintor parecía incapaz de ver lo que tenía delante. Tras mirar con atención a sus rosales, tomaba el pincel y realizaba unos trazos que luego resultaban ser un paisaje mediterráneo; un campo de almendros, por ejemplo. Y si miraba hacia la calle Vertrieb, ésta no aparecía en el lienzo; aparecía una plaza griega o cualquier otro paisaje exótico. Pero esto no era lo peor...»
Efectivamente, eso no era lo peor, lo peor era que la gente —los ciudadanos aburridos— no paraba de hacerle preguntas desde la acera, y que el desgraciado Hans —pues desgraciado es quien no repara en la malicia de los demás— respondía como si realmente estuviera en campo mediterráneo o en una ciudad griega, realmente, de alma y cuerpo, hablando, incluso, en una suerte de italiano o griego... La cursiva es, naturalmente, del cronista.
Eso era lo peor, que Menscher se fuera convirtiendo en lo que los ingleses llaman un village character, y que a causa de ello —cedo la palabra al cronista— «nadie pensara en las consecuencias que podrían sobrevenir de aquel desapego de la realidad». Las consecuencias: su trágica muerte aquella mañana de julio.
El cronista del Bild Zeitung narra las circunstancias del suceso con una cierta joiese:
«Este último año, tal como pudimos observar muchos de los que nos deteníamos en la calle Vertrieb, Menscher limitó su pintura a un único tema. En sus cuadros aparecía una ciudad árabe, siempre una ciudad árabe... Calles blancas, mezquitas, medersas, hombres vestidos con túnicas, mujeres con los rostros cubiertos... Ésos eran los elementos de sus pinturas. Y junto con esa manía, afloró en él una alegría poco común, una alegría que muchos consideraron patológica. Preguntado acerca de ello, el pintor expuso el motivo de su situación anímica con toda naturalidad. Vino a decir que mantenía relaciones amorosas con Nabilah, una mujer que había conocido en la ciudad que aparecía en sus cuadros, Jaddig. Por si alguien no lo supiera, Jaddig es una ciudad situada en la costa de Arabia.»
Imagino a Menscher hablando desde la verja de su jardín, e imagino las caras de los que le escuchaban. No puedo soportar esa visión, me hace daño. Pensándolo bien, quizá Menscher estuviera realmente loco, porque sólo los locos pueden soportar la sonrisa burlona de sus interlocutores.
«A lo que parece —escribe el cronista, y no es difícil imaginar que también él sonreía burlonamente— las relaciones de Menscher y Nabilah eran muy apasionadas. Un antiguo amigo del pintor, cuyo nombre debo guardar en secreto, me explicó que Menscher le había hablado de esa pasión con todo lujo de detalles, sin excluir los más íntimos; detalles que, por razones obvias, aquí no podemos reproducir.»
El cronista vuelve a subrayar lo que ya antes había expresado: «Según me cuenta su amigo de juventud, el pintor hablaba de Nabilah como si en realidad, en cuerpo y alma, hubiera yacido con ella en algún camastro de la ciudad de Jaddig. Es posible que Menscher muriera creyéndoselo... Que muriera o que lo mataran, porque ni eso se sabe aún con claridad.»
El cronista ha llegado, por fin, al terreno que mejor domina. Sabe que los lectores del artículo agradecerán el tono sentido que conviene a un hecho luctuoso, y se esmera en conseguirlo.
«Hace unos meses —escribe— el pintor comenzó a mostrar una imagen muy diferente a la que hemos descrito antes. Ya no había alegría en su corazón. Por el contrario, se le veía nervioso, asustado. Cuando alguien quiso saber las razones de aquel cambio, Menscher respondió diciendo que había transgredido, y gravemente, las viejas costumbres de Arabia, las cuales prohíben, además del trato carnal previo al matrimonio, toda relación entre una mujer árabe y un extranjero; que él y Nabilah habían sido descubiertos, y que la familia de ella lo buscaba con intención de matarle.
Naturalmente, nadie creyó su historia. Pero, con todo, mucha gente sintió pena de Menscher, por lo que sufría. Pensaron, además, que aquella mala racha suya pasaría, y que volvería a estar alegre.
Desgraciadamente, ocurrió lo contrario. El miedo de Menscher se convirtió en terror, y ese terror le hacía gritar y correr enloquecidamente de un lado a otro del jardín. Menscher pedía ayuda a los que, con la impotencia que se puede suponer, le observaban desde la acera, y éstos no sabían si reír o llorar. Ahora, sin embargo, todos sabemos que la situación era más digna de lo segundo, porque Hans Menscher ha muerto. Apareció apuñalado en su jardín en la mañana de ayer, día veintisiete de julio. El puñal que acabó con su vida —y este detalle se ha comentado en todos los cafés— era genuinamente árabe, de hoja larga y empuñadura damasquinada.»
El paseante que ha caminado hasta la biblioteca no se siente defraudado. Su curiosidad le ha deparado una tarde entretenida y ya tiene algo que contar a la hora de la cena. Contento, baja las escaleras del edificio y se pierde entre la multitud.
Sin embargo, ese paseante no ha tenido la fortuna que, por pura casualidad, tuve yo; fortuna que me ha permitido llegar hasta el final de la historia de Menscher, y que ahora paso a explicar.
Ocurrió que, habiendo sido invitado a la casa de un juez retirado, y habiéndome comentado él que estaba escribiendo un libro sobre casos judiciales no resueltos, tuve la ocurrencia de preguntarle acerca del pintor loco y la cuestión del puñal árabe que lo mató.
—Efectivamente —dijo— ese caso no se resolvió.
Al ver que me quedaba a la espera de una respuesta más concreta, el juez me indicó que le siguiera. Cuando llegamos a su estudio, y, después de sacar un archivo del armario, puso en mis manos un sobre con membrete. Mis manos temblaron: el membrete estaba escrito con letras árabes.
—Lea lo que dice la carta —me pidió el juez.
La carta estaba redactada en inglés, lengua que no domino muy bien, pero sí lo suficiente como para darme cuenta de que, por medio de ella, la policía de Jaddig requería información acerca del súbdito alemán Hans Menscher, y que razonaba la petición informando que una mujer llamada Nabilah Abauati había presentado una denuncia en sus oficinas. En la denuncia, Nabilah Abauati declaraba que tres miembros de su familia habían asesinado al citado súbdito alemán la noche del veintiséis al veintisiete de julio de aquel año, 1923.
—¿Entonces? —pregunté—, ¿qué sucedió en realidad?
—Olvida usted que sólo me ocupo de los casos no resueltos —sonrió el juez. Luego me indicó que ya era hora de que nos reuniéramos con los invitados que habían quedado en el salón.

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