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cuentos a cientos

11/03/2009 GMT 1

Irene Valmaseda, primer premio del concurso de narrativa (categoría: segundo ciclo de ESO)

cuentosacientos @ 11:49

Lo importante es el interior

Irene, ya "veterana" en este blog, ha ganado el concurso de narrativa "Rafaela Ybarra" gracias a este cuento. A mí me encanta. Me parece difícil lograr una atmósfera tan lírica, llena de valores universales, con tal parquedad de medios. Mi más sincera enhorabuena para Irene por este cuento y por el premio. ¡Que lo disfrutes, Irene!

Irene Valmaseda Ventas. Febrero de 2.009

TODOS DIFERENTES, TODOS IGUALES.

Hace ya muchos años, nacieron casi al mismo tiempo tres niños en diferentes lugares
del mundo.
Uno de ellos nació en el País de las Nieves. Fue el primer hijo de una pareja de
médicos. Era rubio, de piel muy blanca, ojos azules y cuerpo alto y delgado.
Otro niño nació en el País del Sur. Fue el tercer hijo de una pareja de campesinos.
Era un niño de piel oscura, hermosos ojos negros y cuerpo fuerte.
El último niño nació en el País del Sol, fue el primer hijo de una pareja de trabajadores
de una gran fábrica. Era pálido, de ojos rasgados y cuerpo pequeño y delicado como
el cristal.
El nacimiento de todos ellos fue motivo de inmensa alegría en sus familias, y poco
a poco fueron creciendo y aprendiendo, hasta que cumplieron veinte años y el destino
quiso unirlos.
Un buen día, los tres jóvenes quisieron dejar sus casas y sus familias y viajar a un
lugar diferente, donde continuar sus estudios y conocer a otras personas.
De esta forma, los tres se encontraron en La Ciudad que Roza el Cielo y enseguida
se hicieron amigos. Siempre que podían hablaban de su infancia. El joven del País
del Sur contaba que todos los días caminaba varios kilómetros para ir al colegio,
pero nunca se cansó y ahora estaba allí. El joven del País de las Nieves, se asombraba
al oír la historia, ya que él tenía el colegio a pocos metros de su casa. El joven del
País del Sol, contaba que sus padres trabajaban muchas horas y apenas les veía,
pero ahora que estaba tan lejos, les echaba mucho de menos.

Los tres jóvenes tenían un compañero al que todos llamaban Bad. Este chico era cruel
y odiaba a los chicos que venían de otros lugares. Siempre intentaba que los tres amigos discutiesen y se reía de ellos cuando algo les salía mal.
Un día todos los compañeros fueron de excursión al Lago Grande. Bad no dejaba de
gastar bromas pesadas a los tres amigos, se reía de ellos y les insultaba.
Los tres amigos estaban un poco hartos, pero hacían como si no le oyesen.
Cuando llegó el momento de volver, Bad no se encontraba con el resto de sus
compañeros. Le buscaron y vieron que se había caído al lago y se estaba ahogando.
El joven del País del Sur y el joven del País del Sol, no dudaron un momento y se
tiraron al agua. Con mucho esfuerzo, lograron sacar a Bad casi ahogado.

Bad se despertó en casa de su abuela que le cuidaba a pesar de ser ciega. Bad vio un
jarrón lleno de rosas blancas, rojas y amarillas colocado encima de una mesa.
Le preguntó a su abuela que por qué tenía rosas de varios colores si no podía verlas.
La abuela le respondió que lo que realmente le gustaba de las rosas, era su perfume,
porque al igual que en las personas, lo importante es el interior.

Pasaron muchos años. Los tres amigos volvieron a sus casas y fueron personas importantes.
Bad era ya un hombre viejo. Miraba por la ventana los rosales que florecían en el
jardín.
Y muchas tardes se acercaba despacio a las rosas de color blanco, rojo y amarillo,
cerraba los ojos, y aspiraba su perfume.

Sheyla Iglesias, alumna de 2º de ESO

cuentosacientos @ 14:09

unos ojos azules preciosos

Aquí os dejo esta descripción de una heroína del siglo XXI. Espero que os guste

Ella se llama Shely. Es una heroína del siglo XXl. Es guapa, bella e inteligente. La cosa más importante de su cuerpo es su cabello rubio y largo. También tiene unos ojos azules preciosos.
La última hazaña en la que se ha enzarzado es una peligrosa misión en la que tenía que vencer a sus enemigos, “los peluquín”. Se llaman de esa manera porque trabajan en una peluquería muy famosa de la ciudad. Los peluquín eran cuatro, dos hermanos, Mechas y Tinte, y un padre y un hijo, Tijeras y Tijeras júnior.
Para realizar esta misión ella tenía que infiltrarse entre las muchas clientas de la peluquería y matar a los peluquín.
Shely entro en la peluquería haciéndose pasar por una de las muchas clientas que habia en ese momento en la peluquería. Se sentó en una de las sillas de la sala de espera, hasta que le tocara el turno.
Después de unos quince minutos uno de los hermanos le dijo: ”¡¡por favor pase por aquí!!”
Ella le repitió unas quince veces que no le cortara el pelo de ninguna de las maneras.
El hermano asintió con la cabeza y le empezó a lavar el pelo. Shely estaba esperando el momento oportuno para matarles.
Después de lavarla el pelo, se lo secó Él pensó que tenía las puntas muy estropeadas. Entonces, sin decirla nada, la empezó a cortar el pelo.
Cuando le empezó a cortar el pelo Shely se desvaneció en el suelo y se murió.
Al haberla cortado el pelo era su punto débil, shely se murió.
Nunca una heroína tan fuerte e inteligente como shely había muerto por tan poca cosa.

21/11/2008 GMT 1

Irene Valmaseda Ventas, alumna de 4º de ESO

cuentosacientos @ 11:34

No soy capaz de explicarlo

Vosotros, los que leeis, aún estais entre los vivos; pero yo, el que escribe, habré entrado hace mucho en la región de las sombras.
Todo comenzó en el pueblo de mis abuelos, una pequeña aldea de Extremadura, la noche del 1 de Noviembre de 2007. Yo tenía tan solo catorce años de edad y era una jovencita valiente, o eso creía yo.
Acabábamos de cenar y mi abuela se disponía a asistir a la misa de las nueve de la noche.
Mis primos, de edad parecida a la mía, también habían venido a pasar el fin de semana, y propusieron salir a dar un paseo a pesar de la oscuridad de la noche y de que la mayor parte de la gente se encontraría en misa.
Mi abuela salió hacia la iglesia y a los pocos minutos salimos nosotros tres.
El viento soplaba y hacía volar nuestras bufandas; a lo lejos oíamos las canciones
de misa que sonaban lejanas y parecían venir de un lugar cercano al infierno. De repente, una ráfaga de viento más fuerte y helado me arrancó el gorrito de lana roja que llevaba puesto, y cuando volví la cabeza para buscarlo comprobé que mis primos ya no estaban conmigo.
Yo oía los latidos de mi corazón e intentaba gritar sus nombres, pero el miedo silenciaba mi garganta. De repente creí ver una débil luz como si fuese una linterna y me dirigí hacia ella. A medida que me acercaba a la luz, creí oír un sonido familiar, tal vez una armónica, y así era. Se trataba del afilador del pueblo, que iba con su bicicleta y su piedra de afilar.
Por un momento me sentí aliviada, pero a medida que me iba acercando a él, podía ver claramente su cara con los ojos enrojecidos y su horrible sonrisa mientras me decía:
¿Te has perdido pequeña? Acompáñame. Acompáñame…
Y los dos nos perdimos en la oscuridad. Yo creo que sentí cuchillos y tijeras clavados por mi cuerpo, aunque esto no soy capaz de explicarlo porque ya no pertenezco al reino de los vivos, y en el reino de los muertos las sensaciones son completamente diferentes.

Irene ya nos había deleitado con una de sus historias y hoy nos deja esta otra. Leerla es un verdadero placer. En este relato tienen muchísima fuerza los pequeños detalles, como ese gorro que se vuela con el viento o esos cuchillos y tijeras del afilador. El final está verdaderamente bien.
Nuestra enhorabuena a Irene y reiterarle nuestro agradecimiento por compartir su trabajo.

20/10/2008 GMT 1

Don Juan Manuel deslumbra con sus técnicas narrativas

cuentosacientos @ 11:12

Don Juan Manuel

Desde que empecé con el blog quería colgar este cuento, pero no lo encontraba. Ha sido gracias a Raúl que por fin me he hecho con él. En el relato el tratamiento del paso del tiempo que hace Don Juan Manuel es deslumbrante y, a mi juicio, modernísimo. Es increíble que esté escrito en la Edad Media. ¿Qué os parece a vosotros?

Cuento XI
De lo que aconteció a un deán de Santiago con don Illán, gran maestro que moraba en Toledo

Otro día hablaba el conde Lucanor con Patronio, su consejero, y contábale sus asuntos de esta guisa:
-Patronio, un hombre vino a rogarme que le ayudase en un hecho en que había menester mi ayuda, y prometióme que haría por mí todas las cosas que fuesen mi pro y mi honra. Y yo comencele a ayudar cuanto pude en aquel hecho. Y antes de que el negocio fuese acabado, creyendo él que ya el negocio suyo estaba resuelto, acaeció una cosa en que cumplía que él la hiciese por mí, y roguele que la hiciese y él púsome excusa. Y después acaeció otra cosa que él hubiese podido hacer por mí, y púsome otrosí excusa: y esto me hizo en todo lo que yo le rogué que hiciese por mí. Y aquel hecho por el que él me rogó, no está aún resuelto, ni se resolverá si yo no quiero. Y por la confianza que yo he en vos y en el vuestro entendimiento, ruégoos que me aconsejéis lo que haga en esto.

-Señor conde -dijo Patronio-, para que vos hagáis en esto lo que vos debéis, mucho querría que supieseis lo que aconteció a un deán de Santiago con don Illán, el gran maestro que moraba en Toledo.

Y el conde le preguntó cómo había sido aquello.

-Señor conde -dijo Patronio-, en Santiago había un deán que había muy gran talante de saber el arte de la nigromancia1, y oyó decir que don Illán de Toledo sabía de ello más que ninguno que viviese en aquella sazón. Y por ello vínose para Toledo para aprender aquella ciencia. Y el día que llegó a Toledo, enderezó luego a casa de don Illán y hallolo que estaba leyendo en una cámara muy apartada; y luego que llegó a él, recibiolo muy bien y díjole que no quería que le dijese ninguna cosa de aquello por lo que venía hasta que hubiesen comido. Y cuidó muy bien de él e hízole dar muy buena posada, y todo lo que hubo menester, y diole a entender que le placía mucho con su venida.

Y después que hubieron comido, apartose con él y contole la razón por la que allí había venido, y rogole muy apremiadamente que le mostrase aquella ciencia, que él había muy gran talante de aprenderla. Y don Illán díjole que él era deán y hombre de gran rango y que podría llegar a gran estado y los hombres que gran estado tienen, desde que todo lo suyo han resuelto a su voluntad, olvidan muy deprisa lo que otro ha hecho por ellos. Y él, que recelaba que desde que él hubiese aprendido de él aquello que él quería saber, que no le haría tanto bien como él le prometía. Y el deán le prometió y le aseguró que de cualquier bien que él tuviese, que nunca haría sino lo que él mandase.

Y en estas hablas estuvieron desde que hubieron yantado hasta que fue hora de cena. De que su pleito fue bien asosegado entre ellos, dijo don Illán al deán que aquella ciencia no se podía aprender sino en lugar muy apartado y que luego, esa noche, le quería mostrar dó habían de estar hasta que hubiese aprendido aquello que él quería saber. Y tomole por la mano y llevole a una cámara. Y, en apartándose de la otra gente, llamó a una manceba de su casa y díjole que tuviese perdices para que cenasen esa noche, mas que no las pusiese a asar hasta que él se lo mandase.

Y desde que esto hubo dicho llamó al deán; y entraron ambos por una escalera de piedra muy bien labrada y fueron descendiendo por ella muy gran rato de guisa que parecía que estaban tan bajos que pasaba el río Tajo sobre ellos. Y desde que estuvieron al final de la escalera, hallaron una posada muy buena, y una cámara muy adornada que allí había, donde estaban los libros y el estudio en que había de leer. Y desde que se sentaron, estaban parando mientes en cuáles libros habían de comenzar. Y estando ellos en esto, entraron dos hombres por la puerta y diéronle una carta que le enviaba el arzobispo, su tío, en que le hacía saber que estaba muy doliente y que le enviaba rogar que, si le quería ver vivo, que se fuese luego para él. Al deán le pesó mucho de estas nuevas; lo uno por la dolencia de su tío, y lo otro porque receló que había de dejar su estudio que había comenzado. Pero puso en su corazón el no dejar aquel estudio tan deprisa e hizo sus cartas de respuesta y enviolas al arzobispo su tío. Y de allí a unos tres días llegaron otros hombres a pie que traían otras cartas al deán, en que le hacían saber que el arzobispo era finado, y que estaban todos los de la iglesia en su elección y que fiaban en que, por la merced de Dios, que le elegirían a él, y por esta razón que no se apresurase a ir a la iglesia. Porque mejor era para él que le eligiesen estando en otra parte, que no estando en la Iglesia.

Y de allí al cabo de siete o de ocho días, vinieron dos escuderos muy bien vestidos y muy bien aparejados, y cuando llegaron a él besáronle la mano y mostráronle las cartas que decían cómo le habían elegido arzobispo. Y cuando don Illán esto oyó, fue al electo y díjole cómo agradecía mucho a Dios porque estas buenas nuevas le habían llegado en su casa; y pues Dios tanto bien le había hecho, que le pedía como merced que el deanato que quedaba vacante que lo diese a un hijo suyo. El electo díjole que le rogaba que le quisiese permitir que aquel deanato que lo hubiese un su hermano; mas que el haría bien de guisa que él quedase contento, y que le rogaba que se fuese con él para Santiago y que llevase él a aquel su hijo. Don Illán dijo que lo haría.

Y fuéronse para Santiago; y cuando allí llegaron fueron muy bien recibidos y muy honrosamente. Y desde que moraron allí un tiempo, un día llegaron al arzobispo mandaderos del papa con sus cartas en las cuales le daba el obispado de Tolosa, y que le concedía la gracia de que pudiese dar el arzobispado a quien quisiese. Cuando don Illán esto oyó, recordándole muy apremiadamente lo que con él había convenido, pidiole como merced que lo diese a su hijo; y el arzobispo le rogó que consintiese que lo hubiese un su tío, hermano de su padre. Y don Illán dijo que bien entendía que le hacía gran tuerto, pero que esto que lo consentía con tal de que estuviese seguro de que se lo enmendaría más adelante. El arzobispo le prometió de toda guisa que lo haría así y rogolo que fuese con él a Tolosa .

Y desde que llegaron a Tolosa, fueron muy bien recibidos de los condes y de cuantos hombres buenos había en la tierra. Y desde que hubieron allí morado hasta dos años. llegáronle mandaderos del papa con sus cartas en las cuales le hacía el papa cardenal y que le concedía la gracia de que diese el obispado de Tolosa a quien quisiese. Entonces fue a él don Illán y díjole que, pues tantas veces le había fallado en lo que con él había acordado, que ya aquí no había lugar para ponerle excusa ninguna, que no diese alguna de aquellas dignidades a su hijo. Y el cardenal rogole que consintiese que hubiese aquel obispado un su tío, hermano de su madre, que era hombre bueno y anciano; mas que, pues él cardenal era, que se fuese con él para la corte, que asaz había en que hacerle bien. Y don Illán quejose de ello mucho, pero consintió en lo que el cardenal quiso, y fuese con él para la corte.

Y desde que allí llegaron, fueron muy bien recibidos por los cardenales y por cuantos allí estaban en la corte, y moraron allí muy gran tiempo. Y don Illán apremiando cada día al cardenal que le hiciese alguna gracia a su hijo, y él poníale excusas.

Y estando así en la corte, finó el papa; y todos los cardenales eligieron a aquel cardenal por papa. Entonces fue a él don Illán y díjole que ya no podía poner excusa para no cumplir lo que le había prometido. Y el papa le dijo que no le apremiase tanto, que siempre habría lugar para que le hiciese merced según fuese razón. Y don Illán se comenzó a quejar mucho, recordándole cuántas cosas le había prometido y que nunca le había cumplido ninguna, y diciéndole que aquello recelaba él la primera vez que con él había hablado y pues que a aquel estado era llegado y no le cumplía lo que le había prometido, que ya no le quedaba lugar para esperar de él bien ninguno. De esta queja se quejó mucho el papa y comenzole a maltraer diciéndole que, si más le apremiase, que le haría echar en una cárcel, que era hereje y mago, que bien sabía él que no había otra vida ni otro oficio en Toledo donde él moraba, sino vivir de aquel arte de la nigromancia.

Y desde que don Illán vio cuán mal galardonaba el papa lo que por él había hecho, despidiose de él y ni siquiera le quiso dar el papa que comiese por el camino. Entonces don Illán dijo al papa que pues otra cosa no tenía para comer, que se habría de tornar a las perdices que había mandado a asar aquella noche, y llamó a la mujer y díjole que asase las perdices.

Cuando esto dijo don Illán, se halló el papa en Toledo, deán de Santiago, como lo era cuando allí vino, y tan grande fue la vergüenza que hubo, que no supo qué decirle. Y don Illán díjole que se fuese con buena ventura y que asaz había probado lo que tenía en él, y que lo tendría por muy mal empleado si comiese su parte de las perdices.

Y vos, señor conde Lucanor, pues veis que tanto hacéis por aquel hombre que os demanda ayuda y no os da de ello mejores gracias, tengo que no habéis por qué trabajar ni aventuraros mucho para llevarlo a ocasión en que os dé tal galardón como el deán dio a don Illán.

El conde tuvo éste por buen consejo, e hízolo así y hallose en ello bien.

Y porque entendió don Juan que este ejemplo era muy bueno, hízolo escribir en este libro e hizo de ello estos versos que dicen así:

A quien mucho ayudes y no te lo reconozca
menos ayuda habrás de él desde que a gran honra suba

FIN

08/05/2008 GMT 1

Vuelve Rosa Cruz, alumna de 2º de ESO, con una fábula

cuentosacientos @ 11:58

Con que me llenes mi bota voy sobrado

Rosa es valiente, y se atreve con esta fábula en verso

LA AVARICIA ROMPE EL SACO

Hubo un lobo que estaba
Rico, viejo y solo
Su vida se terminaba
Y se iba a convertir en polvo
Un gato que por allí pasaba
Al verle moribundo, plata le pidió
Y con una condición se la dio
Si iba a su entierro a velarle
Le daría plata suficiente
para mucho tiempo alimentarle
la plata le dio, el lobo murió
y el gato su parte cumplió
el gato con su plata marchaba
y escuchó que un buitre le chillaba:
-Si me dejas comerme al lobo
yo te entrego un saco de oro.
-Un saco de oro es demasiado
con que llenes mi bota voy sobrado.
Un saco echó en su bota,
pero el buitre no se percató que estaba rota.
Al ver que no rebosaba, a por mas oro se fue
y por tanto querer correr, por un barranco cayó
y el buitre también murió.
El gato al ver el buitre caer
y no verle volar otra vez
comprendió lo sucedido
y todo el oro se llevo escondido

31/03/2008 GMT 1

Monterroso y el cuento más breve

cuentosacientos @ 12:30

Augosto Monterroso

Cuando despertó el dinosaurio todavía estaba allí.

Estas pocas palabras han dado tantísimo que hablar... ¿es esto un cuento? ¿es de verdad esto literatura?.
Este tipo de cuento se ha venido a llamar "relato hiperbreve". ¿Os animáis a escribir alguno y mandarlo al blog? A ver si surge algún valiente

28/03/2008 GMT 1

Teresa García García

cuentosacientos @ 11:27

Gracias, amigo

Teresa ha escrito esta pequeña maravilla. La colgamos aquí, dándole nuestra enhorabuena y animándola para que siga escribiendo.p>

LA AMISTAD, EL ÁGUILA Y LA MONTAÑA.

Jaime era un niño que había nacido con problemas, tenía 8 años y se había pasado toda su vida en la planta del hospital, se había sometido a tres operaciones y aún le faltaban dos más para poder andar.

Jaime había desarrollado una pequeña habilidad: cuando veía a una persona, por su cara sabía si le ocurría algo o no.

Un día llegó la enfermera que le cuidaba, se llamaba Rosa. La vio mala cara, y entonces al preguntar Rosa le contó sus males y se fue con mejor cara de la que vino.

Aunque Jaime llevaba toda su vida en el hospital siempre sonreía y todo el mundo le preguntaba por qué estaba tan contento si llevaba toda su vida allí metidol y él contestaba siempre: los médicos dicen que si soy optimista me recuperaré más rápidamente.

Una tarde apagada llegó a su cuarto Roberto, un niño que tenia cáncer y de la medicina que le daban se había quedado calvo. Roberto no hablaba nunca y entonces Jaime decidió hablarle:

- Hola.
- ¿Estás dormido?

Roberto no contestó pero Jaime sabía que no estaba dormido porque por las noches le oía llorar. Un domingo que los padres de Jaime vinieron a verle le preguntaron que si le dolía menos y él contestó que no, pero que se aguantaba. Los padres muy sorprendidos le dijeron que si necesitaba algo y Jaime les pidió que le trajeran papel y sus ceras de colores. Ese mismo día Jaime tenía lo que había pedido.

Jaime quería regalar un dibujo a Roberto. Le dibujó a él sonriendo y a la hora de la cena se lo entregó. Roberto no dijo nada pero sonrió.

- Puedes utilizar mis ceras –dijo Jaime.

A continuación le pidió a Rosa que las dejara en su mesilla.

Al despertarse por la mañana vio a Roberto dibujar con sus ceras y se alegró. Desayunó y al rato Roberto se levantó a enseñarle su dibujo. Era precioso, todo el papel estaba cubierto, había prados con flores, un río, un águila volando y montañas que escondían un sol.

- Es para ti, por aguantar mi mal humor todo este tiempo, le dijo Roberto.

- Muchas gracias, contestó Jaime

- Mira, he pensado que si te gustaría ser el águila para poder ir donde quieras y ver las cosas desde arriba.

- Y a ti la montaña para que cuando el sol salga y entre parezca fuerte y sin ningún problemas

Los dos amigos se abrazaron.

-Seremos desde ahora los mejores amigos ya lo verás-dijo Roberto.

-Sí, y nos apoyaremos los dos cada día – respondió Jaime

Pasó mucho tiempo y cada día los dos estaban juntos el uno con el otro. Hacían bromas, se reían y jugaban. Llegó la hora de que Jaime empezara la rehabilitación para poder andar, por lo que se despidieron con mucha tristeza, pero Jaime prometió venir a verle todos los días excepto los fines de semana. Cada día Jaime salía del colegio y en el hospital hacia los deberes junto a Roberto.

Un día cuando fue a hacer los deberes con Roberto él no estaba. Preguntó a Rosa y ella casi llorando le dijo que Roberto había mejorado mucho este tiempo y le habían trasladado a Houston para terminar de curarse del todo su enfermedad.

-Entonces ¿por qué lloras? Dijo Jaime

-Porque ya no está en este hospital Contestó Rosa.

Jaime rompió a llorar.

- Tranquilo Jaime -dijo Rosa-, él dejó algo para ti.

Jaime entró en la habitación, vio la mesilla de Roberto y allí se encontraba una carta que ponía: “Para un amigo”.

Decía la carta:

“Tú que has sabido estar conmigo cuando estaba solo, que has sabido alegrarme cuando estaba triste y sin ganas de nada, tú que estuviste conmigo hasta el final y sin ningún bache ni parada, todos los días me apoyabas y me dabas ánimos para seguir optimista y con ganas de vivir, simplemente por ser tú y por pasar por mi vida. Gracias amigo.”

25/03/2008 GMT 1

Belén Fuentes Bonaque, alumna de 1º de ESO

cuentosacientos @ 11:21

la asignatura más importante

Aquí dejo este cuento que demuestra la gran talla moral de nuestra alumna. Espero que os guste tanto como a nosotros.p>

El valor de la amistad

Paloma va todos los días al colegio que hay en la plaza de su pueblo, le gusta ir a la escuela, sin embargo piensa que no es muy brillante en ninguna asignatura y sus notas son mediocres.

Iba bastante atrasada en Lengua, sus notas de Inglés no eran muy altas, en clase de Plástica siempre se le estropeaban los dibujos. A todos sus compañeros de clase se les daba bien alguna asignatura, menos a ella.

Miguel Juárez es boliviano y había venido a España hace tres meses, en el comedor lo pasaba fatal porque no le gustaba la forma de cocinar de España, estaba acostumbrado a la forma de cocinar de su país.

Cuando Paloma se dio cuenta de esta situación le dijo que echándose tomate frito en los guisos españoles, sabrían parecidos a los de su país.

Ling Zhi era una niña china, llevaba casi un año en España, pero aún así tenía muchos problemas con el idioma, pues no entendía casi nada de español cuando los compañeros la decían algo, pues hablaban muy deprisa.

Paloma tenía mucha paciencia y le hablaba muy despacio para que le entendiese así hasta que Ling Zhi aprendió a hablar español.

Jasmine era marroquí, en su país las chicas vestían de forma diferente a las españolas, sus vestidos eran muy largos y llevaban un pañuelo en la cabeza, a algunos compañeros les parecía rara y siempre estaba sola en el patio. Paloma le presentó a sus amigas y siempre estaban juntas en el recreo, se dieron cuenta que lo único que les diferenciaba era la ropa.

Durante todo el curso Paloma intentaba destacar en alguna asignatura, pero no lo consiguió y sus notas fueron de suficiente en casi todas las asignaturas. Sin embargo otros compañeros tenían sobresaliente en Lengua, plástica ó Inglés.

Todos los finales de curso en su colegio había una fiesta en donde la directora entregaba un diploma y un premio al alumno que hubiera destacado durante ese curso.

- Y la alumna ganadora es.... ¡Paloma!

Ella ha aprobado con sobresaliente la asignatura más importante, ser una gran amiga y mejor persona porque ayudó a sus amigos y compañeros en los malos momentos y cuando más lo necesitaban.

Desde entonces Paloma ya sabe cual es su asignatura más brillante, el poder de la amistad.

03/03/2008 GMT 1

Irene Valmaseda. Otra de nuestras alumnas.

cuentosacientos @ 13:22

Te estaba buscando

Irene Valmaseda Ventas. Febrero de 2.008.

EL PODER DE LA AMISTAD

Aquella mañana Bianca se levantó temprano. Abrió la ventana de su
dormitorio y miró hacia el jardín. Todo estaba como siempre:.Los árboles
blancos, las flores blancas, los pajarillos blancos y la hierba blanca.
A Bianca le encantaba, pero a los chicos y chicas del pueblo les parecía
raro. Hasta ella les parecía rara, ¡era tan blanca! su pelo era blanco, sus ojos
grises y su piel blanquísima. Pero eso era normal -pensaba Bianca- también
sus padres eran blancos y sus hermanos y hasta el perro era blanco.
De repente Bianca se sintió triste. Echaba de menos a su amiga Iris.
Hacía ya más de dos meses que no la veía, desde aquel día en que fueron
a pasear cerca del río.

Iris era una chica de la misma edad que Bianca. Bianca la apreciaba
mucho y estaba segura de que Iris también a ella. Pero ahora ya no se veían,
los amigos de Iris pensaban que Bianca no era normal, era demasiado rara y
sin color. En cambio Iris era maravillosa, con su pelo anaranjado y sus ojos
verdes, su piel rosada y sus labios rojos. ¡Eran tan distintas! ¿o quizá no?
también se parecían en muchas cosas, siempre coincidían cuando hablaban
de música, de películas, de asignaturas, incluso de chicos. Pero el día del río...
A Bianca se le escapó una lágrima. ¿Por qué Iris no la defendió? ¿Por qué
hizo caso de lo que decían los otros chicos y chicas? ¿Por qué no la querían?
Ella nunca le hizo daño a nadie y ahora estaba sola. Y todo porque Iris no
quería que sus amigos se enfadasen.

Mientras tanto Iris volvía a casa después de visitar a su abuela. Pasó cerca
de la casa donde vivía Bianca y sintió deseos de pasar a verla. Estaba a punto
de llegar a la puerta cuando sintió miedo de que Bianca no quisiera hablar con
ella. Seguramente Bianca estaba enfadada todavía.
Sí, será mejor que me vaya -pensó Iris- y dio la vuelta para marcharse.
Mientras caminaba, Iris iba recordando los momentos que había pasado
junto a Bianca: aquella vez que llovía a cántaros y tuvieron que quedarse en una
cueva durante varias horas, o aquel día que se perdió Nieve, el perro de Bianca
y le buscaron por todas partes.
Sí, habían pasado muchas cosas buenas juntas y también algunas malas,
pero siempre se habían apoyado la una en la otra. Tenían tanta confianza y
había tanto cariño... En ese momento Iris giró sobre sí misma y se encaminó
hacia la casa de Bianca, empezó a correr, tenía que verla, pedirle perdón y
decirle que nunca más se separarían, que sus amigos acabarían aceptándola,
que la necesitaba.
Iris corría y corría y al girar en una esquina, chocó de frente contra una
persona que también corría en dirección contraria a la suya. Al levantar la
cabeza vio que era Bianca, que con una sonrisa le dijo:
"Te estaba buscando".

>¿Verdad que este relato merece estar aquí presente?. Nuestra enhorabuena a Irene. Desde aquí le pedimos que siga escribiendo tan bien como lo hace y que nos siga pasando algunos de sus trabajos para enriquecer el blog. Se lo agradeceremos, sin duda.

27/11/2007 GMT 1

Bécquer y su Maese Pérez

cuentosacientos @ 23:19

Gustavo Adolfo Bécquer

MAESE PÉREZ EL ORGANISTA
(Leyenda de Sevilla)

En Sevilla, en el mismo atrio de Santa Inés, y mientras esperaba que comenzase la misa del Gallo oí esta tradición a una demandadera del convento.

Como era natural, después de oírla aguardé impaciente que comenzara la ceremonia, ansioso de asistir a un prodigio.

Nada menos prodigioso, sin embargo, que el órgano de Santa Inés, ni nada más vulgar que los insulsos motetes con que nos regaló su organista aquella noche.

Al salir de la misa no pude por menos que decirle a la demandadera con aire de burla:

-¿En qué consiste que el órgano de maese Pérez suene ahora tan mal?

-¡Toma! -me contestó la vieja-, ¡es que ése no es el suyo!

-¿No es el suyo? ¿Pues qué ha sido de él?

-Se cayó a pedazos de puro viejo hace una porción de años.

-¿Y el alma del organista?

-No ha vuelto a aparecer desde que colocaron él que ahora lo sustituye.

Si a alguno de mis lectores se le ocurriese hacerme la misma pregunta después de leer esta historia, ya sabe por qué no se ha continuado el milagroso portento hasta nuestros días.

-¿Veis ese de la capa roja y la pluma blanca en el fieltro, que parece que trae sobre su justillo todo el oro de los galeones de Indias; aquel que baja en este momento de su litera para dar la mano a esa otra señora que, después de dejar la suya, se adelanta hacía aquí, precedida de cuatro pajes con hachas? Pues ése es el marqués de Moscoso, galán de la duquesa viuda de Villapineda. Se dice que antes de poner los ojos sobre esta dama había pedido en matrimonio a la hija de un opulento señor; mas el padre de la doncella, de quien se murmura que es un poco avaro... Pero, ¡calla!, en hablando del ruin de Roma, cátale que aquí se asoma. ¿Veis aquel que viene por debajo del Arco de San Felipe, a pie, embozado con una capa oscura y precedido de un solo criado con una linterna? Ahora llega frente al retablo.

¿Reparasteis, al desembozarse para saludar a la imagen, en la encomienda que brilla en su pecho? A no ser por ese noble distintivo, cualquiera lo creería un lonjista de la calle de Culebras... Pues ése es el padre en cuestión. Mirad cómo la gente del pueblo le abre paso y lo saluda. Toda Sevilla lo conoce por su colosal fortuna. El solo tiene más ducados de oro en sus arcas que soldados mantiene nuestro señor el rey don Felipe, y con sus galeones podría formar una escuadra suficiente a resistir a la del Gran Turco...

Mirad, mirad ese grupo de señores graves; ésos son los caballeros veinticuatro. ¡Hola, hola! También está aquí el flamencote, a quien se dice que no han echado ya el guante los señores de la Cruz Verde merced a su influjo con los magnates de Madrid... Ese no viene a la iglesia más que a oír música... No, pues si maese Pérez no le arranca con su órgano lágrimas como puños, bien se puede asegurar que no tiene su alma en su almario, sino friéndose en las calderas de Pedro Botero... ¡Ay, vecina! Malo..., malo... Presumo que vamos a tener jarana. Yo me refugio en la iglesia. Pues, por lo que veo, aquí van a andar más de sobra los cintarazos que los paternóster. Mirad, mirad: las gentes del duque de Alcalá doblan la esquina de la plaza de San Pedro, y por el callejón de las Dueñas se me figura que he columbrado a las del de Medina Sidonia. ¿No os lo dije?

Ya se han visto, ya se detienen unos y otros, sin pasar de sus puestos... Los grupos se disuelven... Los ministrales, a quienes en estas ocasiones apalean amigos y enemigos, se retiran... Hasta el señor asistente, con su vara y todo, se refugia en el atrio... Y luego dicen que hay justicia... Para los pobres.

Vamos, vamos, ya brillan los broqueles en la oscuridad... ¡Nuestro Señor del Gran Poder nos asista! Ya comienzan los golpes... ¡Vecina, vecina! Aquí..., antes que cierren las puertas. Pero, ¡calle! ¿Qué es eso? Aún no han comenzado cuando lo dejan... ¿Qué resplandor es aquel?... ¡Hachas encendidas! ¡Literas! Es el señor arzobispo.

La Virgen Santísima del Amparo, a quien invocaba ahora mismo con el pensamiento, lo trae en mi ayuda... ¡Ay! ¡Si nadie sabe lo que yo debo a esta Señora!... ¿Con cuánta usura me paga las candelillas que le enciendo los sábados!... Vedlo qué hermosote está con sus hábitos morados y su birrete rojo... Dios le conserve en su silla tantos siglos como deseo de vida para mí. Si no fuera por él media Sevilla hubiera ya ardido con estas disensiones de los duques. Vedlos, vedlos, los hipocritones, cómo se acercan ambos a la litera del prelado para besarle el anillo... Cómo lo siguen y lo acompañan confundiéndose con sus familiares. Quién diría que esos dos que parecen tan amigos, si dentro de media hora se encuentran en una calle oscura... Es decir, ¡ellos, ellos!... Líbreme Dios de creerlos cobardes. Buena muestra han dado de sí peleando en algunas ocasiones contra los enemigos de Nuestro Señor... Pero es la verdad que si buscaran... Y si se buscaran con ganas de encontrarse, se encontrarían, poniendo fin de una vez a estas continuas reyertas, en las cuales los que verdaderamente baten el cobre de firme son sus deudos, sus allegados y su servidumbre.

Pero, vamos, vecina, vamos a la iglesia, antes que se ponga de bote en bote..., que algunas noches como ésta suele llenarse de modo que no cabe ni un grano de trigo... Buena ganga tienen las monjas con su organista... ¿Cuándo se ha visto el convento tan favorecido como ahora?... De las otras comunidades puede decirse que le han hecho a maese Pérez proposiciones magníficas. Verdad que nada tiene de extraño, pues hasta el señor arzobispo le ha ofrecido montes de oro por llevarlo a la catedral... Pero él, nada... Primero dejaría la vida que abandonar su órgano favorito... ¿No conocéis a maese Pérez? Verdad es que sois nueva en el barrio... Pues es un santo varón pobre, sí, pero limosnero, cual no otro... Sin más pariente que su hija, ni más amigos que su órgano, pasa su vida entera en velar por la inocencia de la una y componer los registros del otro... ¡Cuidado que el órgano es viejo!... Pues nada; él se da tal maña en arreglarlo y cuidarlo, que suena que es una maravilla... Como que lo conoce de tal modo, que a tientas... Porque no sé si os lo he dicho, pero el pobre es ciego de nacimiento... ¿Y con qué paciencia lleva su desgracia!... Cuando le preguntan que cuánto daría por ver, responde: Mucho, pero no tanto como creéis, porque tengo esperanzas. ¿Esperanzas de ver? Sí, y muy pronto -añade, sonriendo como un ángel-. Ya cuento setenta y seis años. Por muy larga que sea mi vida, pronto veré a Dios:

¡Pobrecito! Y si lo verá..., porque es humilde como las piedras de la calle, que se dejan pisar de todo el mundo... Siempre dice que no es más que un pobre organista de convento, y puede dar lecciones de solfa al mismo maestro de capilla de la Primada. Como que echó los dientes en el oficio... Su padre tenía la misma profesión que él. Yo no lo conocí, pero mi señora madre que santa gloria haya, dice que lo llevaba siempre al órgano consigo para darle a los fuelles. Luego, el muchacho mostró tales disposiciones que, como era natural, a la muerte de su padre heredó el cargo... ¡Y qué manos tiene, Dios se las bendiga! Merecía que se las llevaran a la calle de Chicharreros y se las engarzasen en oro... Siempre toca bien, siempre; pero en semejante noche como ésta es un prodigio... El tiene una gran devoción por esta ceremonia de la misa del Gallo, y cuando levantan la Sagrada Forma, al punto y hora de las doce, que es cuando vino al mundo Nuestro Señor Jesucristo..., las voces de su órgano son voces de ángeles...

En fin, ¿para qué tengo que ponderarle lo que esta noche oirá? Baste ver cómo todo lo más florido de Sevilla, hasta el mismo señor arzobispo, vienen a un humilde convento para escucharlo. Y no se crea que sólo la gente sabida, y a la que se le alcanza esto de la solfa, conoce su mérito; sino que hasta el populacho. Todas esas bandadas que veis llegar con teas encendidas, entonando villancicos con gritos desaforados al compás de los panderos, las sonajas y las zambombas, contra su costumbre, que es la de alborotar las iglesias, callan como muertos cuando pone maese Pérez las manos en el órgano...; y cuando alzan no se siente una mosca...: de todos los ojos caen lagrimones tamaños, al concluir se oye como un suspiro inmenso, que no es otra cosa que la respiración de los circunstantes, contenida mientras dura la música... Pero vamos, vamos; ya han dejado de tocar las campanas, y va a comenzar la misa. Vamos adentro... Para todo el mundo es esta noche Nochebuena, mas para nadie mejor que para nosotros.

Esto diciendo, la buena mujer que había servido de cicerone a su vecina atravesó el atrio del convento de Santa Inés y, codazo con éste, empujón en aquél, se internó en el templo perdiéndose entre la muchedumbre que se agolpaba en la puerta.

La iglesia estaba iluminada con una profusión asombrosa. El torrente de luz que se desprendía de los altares para llenar sus ámbitos chispeaba en los ricos joyeles de las damas, que arrodillándose sobre los cojines de terciopelo que tendían los pajes y tomando el libro de oraciones de manos de sus dueñas, vinieron a formar un brillante circulo alrededor de la verja del presbiterio.

Junto a aquella verja, de pie, envueltos en sus capas de color galoneadas de oro, dejando entrever con estudiado descuido las encomiendas rojas y verdes, en la una mano el fieltro, cuyas plumas besaban los tapices; la otra sobre los bruñidos gavilanes del estoque o acariciando el pomo del cincelado puñal, los caballeros veinticuatro, con gran parte de lo mejor de la nobleza sevillana, parecían formar un muro destinado a defender a sus hijas y a sus esposas del contacto de la plebe. Esta, que se agitaba en el fondo de las naves con un rumor parecido al del mar cuando se alborota, prorrumpió en una exclamación de júbilo, acompañada del discordante sonido de las sonajas y los panderos, al mirar aparecer al arzobispo, el cual, después de sentarse junto al altar mayor, bajo un solio de grana que rodearon sus familiares, echó por tres veces la bendición al pueblo.

Era hora de que comenzase la misa. Transcurrieron, sin embargo, algunos minutos sin que el celebrante apareciese. La multitud comenzaba a rebullirse demostrando su impaciencia; los caballeros cambiaban entre sí algunas palabras a media voz, y el arzobispo mandó a la sacristía a uno de sus familiares a inquirir por qué no comenzaba la ceremonia.

-Maese Pérez se ha puesto malo, muy malo y será imposible que asista esta noche a la misa de medianoche.

Esta fue la respuesta del familiar.

La noticia cundió instantáneamente entre la muchedumbre. Pintar el efecto desagradable que causó en todo el mundo sería imposible. Baste decir que comenzó a notarse tal bullicio en el templo, que el asistente se puso en pie y los alguaciles entraron a imponer silencio confundiéndose entre las apiadas olas de la multitud.

En aquel momento, un hombre mal trazado, seco, huesudo y bisojo por añadidura, se adelantó hasta el sitio que ocupaba el prelado.

-Maese Pérez está enfermo -dijo-. La ceremonia no puede empezar. Si queréis, yo tocaré el órgano en su ausencia, que si maese Pérez es el primer organista del mundo, ni a su muerte dejará de usarse este instrumento por falta de inteligente.

El arzobispo hizo una señal de asentimiento con la cabeza, y ya algunos de los fieles, que conocían a aquel personaje extraño por un organista envidioso, enemigo del de Santa Inés, comenzaba a prorrumpir en exclamaciones de disgusto, cuando de improviso se oyó en el atrio un ruido espantoso.

-¡Maese Pérez está aquí!... ¡Maese Pérez está aquí!...

A estas voces de los que estaban apiñados en la puerta, todo el mundo volvió la cara.

Maese Pérez, pálido y desencajado, entraba, en efecto, en la iglesia, conducido en un sillón, que todos se disputaban el honor de llevar en sus hombros.

Los preceptos de los doctores, las lágrimas de su hija, nada había sido bastante a detenerle en el lecho.

-No -había dicho-. Esta es la última, lo conozco. Lo conozco, y no quiero morir sin visitar mi órgano, esta noche sobre todo, la Nochebuena. Vamos, lo quiero, lo mando. Vamos a la iglesia.

Sus deseos se habían cumplido. Los concurrentes lo subieron en brazos a la tribuna y comenzó la misa. En aquel punto sonaban las doce en el reloj de la catedral. Pasó el Introito, y el Evangelio, y el Ofertorio; llegó el instante solemne en que el sacerdote, después de haberla consagrado, toma con la extremidad de sus dedos la Sagrada Forma y comienza a elevarla. Una nube de incienso que se desenvolvía en ondas azuladas llenó el ámbito de la iglesia. Las campanas repicaron con un sonido vibrante y maese Pérez puso sus crispadas manos sobre las teclas del órgano.

Las cien voces de sus tubos de metal resonaron en un acorde majestuoso y prolongado, que se perdió poco a poco, como si una ráfaga de aire hubiese arrebatado sus últimos ecos.

A este primer acorde, que parecía una voz que se elevaba desde la tierra al cielo, respondió otro lejano y en un torrente de atronadora armonía. Era la voz de los ángeles que, atravesando los espacios, llegaba al mundo.

Después comenzaron a oírse como unos himnos distantes que entonaban las jerarquías de serafines. Mil himnos a la vez, que al confundirse formaban uno solo, que, no obstante, sólo era el acompañamiento de una extraña melodía, que parecía flotar sobre aquel océano de acordes misteriosos, como un jirón de niebla sobre las olas del mar.

Luego fueron perdiéndose unos cuantos; después, otros. La combinación se simplificaba. Ya no eran más que dos voces, cuyos ecos se confundían entre sí; luego quedó una aislada, sosteniendo una nota brillante como un hilo de luz. El sacerdote inclinó la frente, y por encima de su cabeza cana, y como a través de una gasa azul que fingía el humo del incienso, apareció la Hostia a los ojos de los fieles. En aquel instante, la nota que maese Pérez sostenía tremante se abrió y una explosión de armonía gigante estremeció la iglesia, en cuyos ángulos zumbaba el aire comprimido y cuyos vidrios de colores se estremecían en sus angostos ajimeces.

De cada una de las notas que formaban aquel magnífico acorde se desarrolló un tema, y unos cerca, otros lejos, éstos brillantes, aquéllos sordos, diríase que las aguas y los pájaros, las brisas y las frondas, los hombres y los ángeles, la tierra y los cielos, cantaban, cada cual en su idioma, un himno al nacimiento del Salvador.

La multitud escuchaba atónita y suspendida. En todos los ojos había una lágrima; en todos los espíritus, un profundo recogimiento. El sacerdote que oficiaba sentía temblar sus manos, porque Aquel que levantaba en ellas, Aquel a quien saludaban hombres y arcángeles, era su Dios, y le parecía haber visto abrirse los cielos y transfigurarse la Hostia.

El órgano proseguía sonando; pero sus voces se apagaban gradualmente, como una voz que se pierde de eco en eco y se aleja y se debilita al alejarse, cuando de pronto sonó un grito en la tribuna, un grito desgarrador, agudo, un grito de mujer.

El órgano exhaló un sonido discorde y extraño, semejante a un sollozo, y quedó mudo.

La multitud se agolpó a la escalera de la tribuna, hacia la que, arrancados de su éxtasis religioso, volvieron la mirada con ansiedad todos los fieles.

-¿Qué ha sucedido? ¿Qué pasa? -se decían unos a otros, y nadie sabía responder, y todos se empeñaban en adivinarlo, y crecía la confusión, y el alboroto comenzaba a subir de punto, amenazando turbar el orden y el recogimiento propios de la iglesia.

-¿Qué ha sido eso? -preguntaron las damas al asistente, que; precedido de los ministriles, fue uno de los primeros en subir a la tribuna y que, pálido y con muestras de profundo pesar, se dirigía al puesto donde lo esperaba el arzobispo, ansioso, como todos, por saber la causa de aquel desorden.

-¿Qué hay?

-Que maese Pérez acaba de morir.

En efecto, cuando los primeros fieles, después de atropellarse por la escalera, llegaron a la tribuna, vieron al pobre organista caído de boca sobre las teclas de su viejo instrumento, que aún vibraba sordamente, mientras su hija, arrodillada a sus pies, lo lloraba en vano entre suspiros y sollozos.

-Buenas noches, mi señora doña Baltasara. ¿También usarced viene esta noche a la misa del Gallo? Por mi parte, tenía hecha intención de ir a oírla a la parroquia pero, lo que sucede... ¿Dónde va Vicente? Donde va la gente. Y eso que, si he de decir la verdad, desde que murió maese Pérez parece que me echan una losa sobre el corazón cuando entro en Santa Inés... ¡Pobrecillo! ¡Era un santo!... Yo de mi sé decir que conservo un pedazo de su jubón como una reliquia, y lo merece... Pues en Dios y en ni ánima que si el señor arzobispo tomara mano en ello, es seguro que nuestros nietos lo verían en los altares... Mas ¡cómo ha de ser!... A muertos y a idos no hay amigos... Ahora lo que priva es la novedad..., ya me entiende usarced. ¡Qué! ¿No sabe usted nada de lo que pasa? Verdad que nosotras nos parecemos en eso: de nuestra casita a la iglesia y de la iglesia a nuestra casita, sin cuidarnos de lo que se dice o deja de decir... Sólo que yo, así..., al vuelo..., una palabra de acá, otra de acullá... sin ganas de enterarme siquiera, suelo estar al corriente de algunas novedades.

Pues, sí, señor. Parece cosa hecha que el organista de San Román, aquel bisojo que siempre está echando pestes de los otros organistas, perdulariote; que más parece jifero de la Puerta de la Carne que maestro de solfa, va a tocar esta Nochebuena en lugar de maese Pérez. Ya sabrá usarced, porque esto lo ha sabido todo el mundo y es cosa pública en Sevilla, que nadie quería comprometerse a hacerlo. Ni aun su hija, que es profesora, después de la muerte de su padre entró en un convento de novicia. Y era natural: acostumbrados a oir aquellas maravillas, cualquiera otra cosa había de parecernos mala, por más que quisieran evitarse las comparaciones. Pues cuando ya la comunidad había decidido que en honor del difunto, y como muestra de respeto a su memoria, permaneciera callado el órgano en esta noche, hete aquí que se presenta nuestro hombre diciendo que él se atreve a tocarlo... No hay nada más atrevido que la ignorancia... Cierto que la culpa no es suya, sino de los que le consienten esta profanación. Pero así va el mundo... Y digo... No es cosa la gente que acude... Cualquiera diría que nada ha cambiado de un año a otro. Los mismos personajes, el mismo lujo, los mismos empellones en la puerta, la misma animación en el atrio, la multitud en el templo... ¡Ay, si levantara la cabeza el muerto! Se volvía a morir por no oír su órgano tocado por manos semejantes.

Lo que tiene que, si es verdad lo que me han dicho, las gentes del barrio le preparan una buena al intruso. Cuando llegue el momento de poner la mano sobre las teclas, va a comenzar una algarabía de sonajas, panderos y zambombas que no hay más que oír... Pero, calle, ya entra en la iglesia el héroe de la función. ¡Jesús!, ¡qué ropilla de colorines, qué gorguera de cañutos, qué aire de personaje! Vamos, vamos, que hace ya rato que llegó el arzobispo y va a comenzar la misa... Vamos, que me parece que esta noche va a darnos que contar para muchos días.

Esto diciendo la buena mujer, que ya conocen nuestros lectores por sus exabruptos de locuacidad, penetró en Santa Inés, abriéndose, según costumbre, un camino entre la multitud a fuerza de empellones y codazos.

Ya se había dado principio a la ceremonia. El templo estaba tan brillante como el año anterior. El nuevo organista, después de atravesar por en medio de los fieles que ocupaban las naves para ir a besar el anillo del prelado, había subido a la tribuna, donde tocaba, unos tras otros, los registros del órgano con una gravedad tan afectada como ridícula. Entre la gente menuda que se apiñaba a los pies de la iglesia se oía un rumor sordo y confuso, cierto presagio de que la tempestad comenzaba a fraguarse y no tardaría mucho en dejarse sentir.

-Es un truhán que, por no hacer nada bien, ni aun mira a la derecha -decían los unos.

-Es un ignorantón que, después de haber puesto el órgano de su parroquia peor que una carraca; viene a probar el de maese Pérez -decían los otros.

Y mientras éste se desembarazaba del capote para prepararse a darle de firme a su pandero, y aquél percibía sus sonajas, y todos se disponían a hacer bulla a más y mejor, sólo alguno que otro se aventuraba a defender tibiamente al extraño personaje, cuyo porte orgulloso y pedantesco hacía tan notable contraposición con la modesta apariencia y la afable bondad del difunto maese Pérez.

Al fin llegó el esperado momento, el momento solemne en que el sacerdote, después de inclinarse y murmurar algunas palabras santas, tomó la Hostia en sus manos... Las campanillas repicaron, asemejando su repique una lluvia de notas de cristal. Se elevaron las diáfanas ondas de incienso y sonó el órgano. Una estruendosa algarabía llenó los ámbitos de la iglesia en aquel instante y ahogó su primer acorde.

Zampoñas, gaitas, sonajas, panderos, todos los instrumentos del populacho, alzaron sus discordantes voces a la vez; pero la confusión y el estrépito sólo duraron algunos segundos. Todos a la vez, como habían comenzado, enmudecieron de pronto. El segundo acorde, amplio, valiente, magnífico, se sostenía aún, brotando de los tubos de metal del órgano como una cascada de armonía inagotable y sonora.

Cantos celestes como los que acarician los oídos en los momentos de éxtasis, cantos que percibe el espíritu y no los puede repetir el labio, notas sueltas de una melodía lejana que suena a intervalos, traídas en las ráfagas del viento; rumor de hojas que se besan en los árboles con un murmullo semejante al de la lluvia, trinos de alondras que se levantan gorjeando de entre las flores como una saeta despedida de las nubes; estruendos sin nombre, imponentes como los rugidos de una tempestad; coros de serafines sin ritmo ni cadencia, ignota música del cielo que sólo la imaginación comprende, himnos alados que parecían remontarse al trono del Señor como una tromba de luz y de sonidos..., todo lo expresaban las cien voces del órgano con más pujanza, con más misteriosa poesía, con más fantástico color que lo habían expresado nunca.

...

Cuando el organista bajó de la tribuna, la muchedumbre que se agolpó a la escalera fue tanta y tanto su afán por verlo y admirarlo, que el asistente, temiendo, no sin razón, que lo ahogaran entre todos, mandó a algunos de sus ministriles para que, vara en mano, le fueran abriendo camino hasta llegar al altar mayor, donde el prelado lo esperaba.

-Ya veis -le dijo este último cuando lo trajeron a su presencia-. Vengo desde mi palacio aquí sólo por escucharos. ¿Seréis tan cruel como maese Pérez, que nunca quiso excusarme el viaje tocando la Nochebuena en la misa de la catedral?

-El año que viene -respondió el organista- prometo daros gusto, pues por todo el oro de la tierra no volvería a tocar este órgano.

-¿Y por qué? -interrumpió el prelado.

-Porque... -añadió el organista, procurando dominar la emoción que se revelaba en la palidez de su rostro-, porque es viejo y malo, y no puede expresar todo lo que se quiere.

El arzobispo se retiró, seguido de sus familiares. Unas tras otras, las literas de los señores fueron desfilando y perdiéndose en las revueltas de las calles vecinas; los grupos del atrio se disolvieron, dispersándose los fieles en distintas direcciones, y ya la demandadera se disponía a cerrar las puertas de la entrada del atrio, cuando se divisaban aún dos mujeres que después de persignarse y murmurar una oración ante el retablo del Arco de San Felipe, prosiguieron su camino, internándose en el callejón de las Dueñas.

-¿Qué quiere usarced, mi señora doña Baltasara? -decía la una-. Yo soy de este genial. Cada loco con su tema... Me lo habían de asegurar capuchinos descalzos y no lo creería del todo... Ese hombre no puede haber tocado lo que acabamos de escuchar... Si yo lo he oído mil veces en San Bartolomé, que era su parroquia, y de donde tuvo que echarlo el señor cura por malo; y era cosa de taparse los oídos con algodones... Y luego, si no hay más que mirarlo al rostro, que, según dicen, es el espejo del alma... Yo me acuerdo, pobrecito, como si lo estuviera viendo, me acuerdo de la cara de maese Pérez cuando, en semejante noche como ésta, bajaba de la tribuna, después de haber suspendido al auditorio con sus primores... ¡Qué sonrisa tan bondadosa, qué color tan animado!... Era viejo y parecía un ángel... No que éste, que ha bajado las escaleras a trompicones, como si le ladrase un perro en la meseta, Y con un olor de difunto y unas... Vamos, mi señora doña Baltasara, créame usarced, y créame con todas veras: yo sospecho que aquí hay busilis...

Comentando las últimas palabras, las dos mujeres doblaban la esquina del callejón y desaparecían. Creemos inútil decir a nuestros lectores quién era una de ellas.

Había transcurrido un año más. La abadesa del convento de Santa Inés y la hija de Maese Pérez hablaban en voz baja, medio ocultas entre las sombras del coro de la iglesia. El esquilón llamaba a voz herida a los fieles desde la torre, y alguna que otra rara persona atravesaba el atrio, silencioso y desierto esta vez, y después de tomar el agua bendita en la puerta, escogía un puesto en un rincón de las naves, donde unos cuantos vecinos del barrio esperaban tranquilamente a que comenzara la misa del Gallo.

-Ya lo veis -decía la superiora-: vuestro temor es sobre manera pueril; nadie hay en el templo; toda Sevilla acude en tropel a la catedral esta noche. Tocad vos el órgano, tocadlo sin desconfianza de ninguna clase; estaremos en comunidad... Pero... proseguís callando, sin que cesen vuestros suspiros. ¿Qué os pasa? ¿Qué tenéis?

-Tengo... miedo -exclamó la joven con un acento profundamente conmovido.

-¿Miedo? ¿De qué?

-No sé..., de una cosa sobrenatural... Anoche, mirad, yo os había oído decir que teníais empeño en que tocase el órgano en la misa, y, ufana con esta distinción, pensé arreglar unos registros y templarlo, a fin de que os sorprendiese... Vine al coro... sola..., abrí la puerta que conduce a la tribuna... En el reloj de la catedral sonaba en aquel momento una hora..., no sé cuál..., pero las campanas eran tristísimas y muchas..., muchas..., estuvieron sonando todo el tiempo que yo permanecí como clavada en el umbral, y aquel tiempo me pareció un siglo.

La iglesia estaba desierta y oscura... Allá lejos, en el fondo, brillaba como una estrella perdida en el cielo de la noche, una luz moribunda...: la luz de la lámpara que arde en el altar mayor... A sus reflejos debilísimos, que sólo contribuían a hacer más visible todo el profundo horror de las sombras, vi..., lo vi, madre, no lo dudéis; vi a un hombre que, en silencio, y vuelto de espaldas hacia el sitio en que yo estaba, recorría con una mano las teclas del órgano, mientras tocaba con la otra sus registros..., y el órgano sonaba, pero sonaba de una manera indescriptible. Cada una de sus notas parecía un sollozo ahogado dentro del tubo de metal, que vibraba con el aire comprimido en su hueco y reproducía el tono sordo, casi imperceptible, pero justo.

Y el reloj de la catedral continuaba dando la hora, y el hombre aquel proseguía recorriendo las teclas. Yo oía hasta su respiración.

El horror había helado la sangre de mis venas; sentía en mi cuerpo como un frío glacial, y en mis sienes fuego... Entonces quise gritar, quise gritar, pero no pude. El hombre aquel había vuelto la cara y me había mirado...; digo mal, no me había mirado, porque era ciego... ¡Era mi padre!

-¡Bah! Hermana, desechad esas fantasías con que el enemigo malo procura turbar las imaginaciones débiles... Rezad un paternóster y un avemaría al arcángel San Miguel, jefe de las milicias celestiales, para que os asista contra los malos espíritus. Llevad al cuello un escapulario tocado en la reliquia de San Pacomio, abogado contra las tentaciones, y marchad, marchad a ocupar la tribuna del órgano; la misa va a comenzar, y ya esperan con impaciencia los fieles... Vuestro padre está en el cielo, y desde allí, antes que daros sustos, bajará a inspirar a su hija en esta ceremonia solemne, para el objeto de tan especial devoción.

La priora fue a ocupar su sillón en el coro en medio de la comunidad. La hija de maese Pérez abrió con mano temblorosa la puerta de la tribuna para sentarse en el banquillo del órgano, y comenzó la misa.

Comenzó la misa y prosiguió sin que ocurriera nada notable hasta que llegó la consagración. En aquel momento sonó el órgano, y al mismo tiempo que el órgano, un grito de la hija de maese Pérez. La superiora, las monjas y algunos de los fieles corrieron a la tribuna.

-¡Miradlo! ¡Miradlo! -decía la joven, fijando sus desencajados ojos en el banquillo; de donde se había levantado, asombrada, para agarrarse con sus manos convulsas al barandal de la tribuna.

Todo el mundo fijó sus miradas en aquel punto. El órgano estaba solo, y, no obstante, el órgano seguía sonando...; sonando como sólo los arcángeles podrían imitarlo... en sus raptos de místico alborozo.

...

-¿No os dije yo una y mil veces, mi señora doña Baltasara; no os lo dije yo? ¡Aquí hay busilis! Oídlo. ¡Qué! ¿no estuvisteis anoche en la misa del Gallo? Pero, en fin, ya sabréis lo que pasó. En toda Sevilla no se habla de otra cosa... El señor arzobispo está hecho, con razón, una furia... Haber dejado de asistir a Santa Inés, no haber podido presenciar el portento..., ¿y para qué?... Para oír una cencerrada, porque personas que lo oyeron dicen que lo que hizo el dichoso organista de San Bartolomé en la catedral no fue otra cosa... Si lo decía yo. Eso no puede haberlo tocado el bisojo, mentira...; aquí hay busilis, y el busilis era, en efecto, el alma de maese Pérez.

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