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<title>cuentos a cientos </title>
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<pubDate>Wed, 10 Feb 2010 08:02:34 +0100</pubDate>
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<title>cuentos a cientos </title>
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	<title>Braulio, héroe épico creado por Daniel Ruano (alumno de 2º de ESO)</title>
	<link>http://cuentosacientos.nireblog.com/post/2010/02/08/braulio-haroe-apico-creado-por-daniel-ruano-alumno-de-2-de-eso</link>
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		<description><![CDATA[<p><em>Daniel ha creado este héroe épico. Espero que os guste.<br />
Braulio era un hombre fuerte, gordo, cariñoso y muy listo.<br />
Vivía en una casa alejada del pueblo, y trabajaba en la agricultura. Su peor enemigo era el comisario de la villa porque ponía demasiados impuestos y cada veinte días pedía tres kilos de patatas, dos de judías y una moneda de oro, y si no se llevaban a un hijo o a la mujer para que trabajaran en los dominios del rey.<br />
Braulio al escuchar que se llevaron a su hermana y a su sobrino, se puso muy furioso y decidió  ir al castillo a liberar a sus parientes. Al día siguiente cogió una espada y su mejor escudo y fue en busca de su hermana y su sobrino.<br />
Cuando llegó al castillo en la entrada había dos guardianes y le impidieron el paso, pero decidió rodear el castillo  y se encontró con unas rejas. Con todas sus fuerzas las agarró y las arrancó de cuajo. Se metió  dentro y ese agujero daba a las mazmorras, que es donde se encontraban sus dos familiares. Fue atacado por un guardián que dio la alarma. Braulio le clavó la espada y le quito las llaves, abrió todas las jaulas y liberó a sus familiares y a unos chavales  del pueblo que estaban encerrados. Braulio les enseñó la salida. Todos huyeron, pero el comisario, al ver que estaba a punto de escapar, ordenó  a tres de sus soldados que disparasen y le dieron en la espalda. Sus familiares le ayudaron, pero Braulio les dijo que no podría sobrevivir y murió a los dos minutos.
</p>
<p><a href="http://cuentosacientos.nireblog.com/post/2010/02/08/braulio-haroe-apico-creado-por-daniel-ruano-alumno-de-2-de-eso#comments">Comments</a></p>]]></description>
	<pubDate>Mon, 08 Feb 2010 10:23:06 +0100</pubDate>	</item>
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	<title>Bernardo Atxaga y su cuento misterioso</title>
	<link>http://cuentosacientos.nireblog.com/post/2010/01/14/bernardo-atxaga-y-su-cuento-misterioso</link>
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		<description><![CDATA[<p><img id="image550328" src="http://files.nireblog.com/blogs/cuentosacientos/files/bernardoatxaga1.jpg" alt="Bernardo Atxaga" align="left" /></p>
<p><em>He estado estas navidades releyendo parte de Obabakoak, el fantástico libro de Atxaga, y he encontrado este relato que quiero compartir con vosotros. Espero que os guste.</p>
<p>HANS MENSCHER<br />
Existe en Hamburgo, no lejos del lago Binnen, una casa que, por su abandono, contrasta con cualquier otra de aquella zona de la ciudad, y que parecería muerta si no fuera por las rosas que, aún hoy, florecen en su jardín y se esfuerzan en sobresalir de la verja que las separa de la calle Vertrieb, la calle que une el lago con la plaza Eichendorf.<br />
El paseante que por azar se detiene frente a ella, repara en sus muros desconchados, o en el color desvaído de su puerta principal y de sus ventanas, y siente que esa desolación que siempre acompaña a las casas abandonadas habla a su corazón, que quizá sea, también, un lugar abandonado. Pero no advierte allí ninguna estatua, ninguna placa, ninguna señal que excite su curiosidad, y el paseante descansa un rato más, piensa en lo hermosas que debieron ser las rosaledas, y luego continúa calle adelante, alcanza la orilla del lago, se sienta en el embarcadero y mira hacia los frágiles barcos de vela, cómo se deslizan, cómo brincan cada vez que una embarcación de motor forma anillos en el agua; y no ha hecho sino iniciar su contemplación cuando ya ha olvidado la casa abandonada ante la que se detuvo al pasar por la calle Vertrieb. Ha perdido así la oportunidad de saber que fue allí donde vivió el pintor Hans Menscher, que fue en aquel jardín donde apareció muerto la mañana del día veintisiete de julio de 1923.<br />
Pero si el paseante hubiera tenido una curiosidad mayor; si, acuciado por la necesidad de conocer las razones de aquel abandono, hubiera pedido detalles acerca de la casa, quizás alguien —tal como me sucedió a mí— habría escarbado esa mañana de julio en su memoria, para luego, con gesto de quien quiere recordar y no puede, señalarle el edificio de la biblioteca central de la ciudad.<br />
—Si quiere saber lo que ocurrió con Menscher, busque en los periódicos de la época. Seguro que traen algo.<br />
Así las cosas, el paseante procuraría seguir el consejo de su informador, pues, al igual que cualquier otro paseante, también él ha salido a la calle en pos de algo que alivie la monotonía de su vida, sin saber bien qué pueda ser ese algo, y seguir el rastro del pintor Menscher le parece una buena forma de pasar la tarde. Siguiendo con la hipótesis, el paseante no tardaría en sentarse ante alguno de los muchos periódicos que, al día siguiente de su muerte, hablaron de lo sucedido en la casa de la calle Vertrieb.<br />
«Hans Menscher —leería el paseante que eligiera el mismo periódico que elegí yo, el Bild Zeitung—, el pintor que fuera íntimo amigo de Munch, no confirmó las esperanzas que su trabajo había despertado en un principio. No sería arriesgado, creemos, afirmar que Menscher estaba perdido para la pintura desde el día en que enloqueció, convirtiéndose, muy pronto, en el hazmerreír de todos los que le veían pintar en el jardín de su casa.»<br />
La primera reacción del paseante, ahora lector, sería la de extrañeza. Recordaría, probablemente, los nombres de los pintores cuyo genio rozó con la locura sin que su obra se resintiera —muy al contrario— por ello, y querría saber los detalles de aquella que, según el cronista, padecía Menscher; locura que, además de hacerle fracasar como pintor, hizo que se convirtiera en el hazmerreír de la gente, en un personaje ridículo.<br />
Naturalmente, no faltarán esos detalles en el artículo. Al contrario, el paseante, que sabe que la vida es miserable pero que no gusta de hurgar en esa miseria, se verá obligado a pasar por alto la mayoría de las anécdotas que el cronista —con esa mala fe con que las personas normales hablan de los que no son como ellos— vierte en su escrito. Y cuando, por fin, el paseante encuentre el hecho concreto en que tomaba cuerpo la idea de que Menscher había enloquecido, ese hecho le parecerá banal, porque, al cabo, aquella locura se reducía a una actitud pictórica que hoy es caso general; la de pintar según los dictados de la imaginación.<br />
«Como muchos hamburgueses que pasaron por su calle saben —escribe el cronista—, el pintor parecía incapaz de ver lo que tenía delante. Tras mirar con atención a sus rosales, tomaba el pincel y realizaba unos trazos que luego resultaban ser un paisaje mediterráneo; un campo de almendros, por ejemplo. Y si miraba hacia la calle Vertrieb, ésta no aparecía en el lienzo; aparecía una plaza griega o cualquier otro paisaje exótico. Pero esto no era lo peor...»<br />
Efectivamente, eso no era lo peor, lo peor era que la gente —los ciudadanos aburridos— no paraba de hacerle preguntas desde la acera, y que el desgraciado Hans —pues desgraciado es quien no repara en la malicia de los demás— respondía como si realmente estuviera en campo mediterráneo o en una ciudad griega, realmente, de alma y cuerpo, hablando, incluso, en una suerte de italiano o griego... La cursiva es, naturalmente, del cronista.<br />
Eso era lo peor, que Menscher se fuera convirtiendo en lo que los ingleses llaman un village character, y que a causa de ello —cedo la palabra al cronista— «nadie pensara en las consecuencias que podrían sobrevenir de aquel desapego de la realidad». Las consecuencias: su trágica muerte aquella mañana de julio.<br />
El cronista del Bild Zeitung narra las circunstancias del suceso con una cierta joiese:<br />
«Este último año, tal como pudimos observar muchos de los que nos deteníamos en la calle Vertrieb, Menscher limitó su pintura a un único tema. En sus cuadros aparecía una ciudad árabe, siempre una ciudad árabe... Calles blancas, mezquitas, medersas, hombres vestidos con túnicas, mujeres con los rostros cubiertos... Ésos eran los elementos de sus pinturas. Y junto con esa manía, afloró en él una alegría poco común, una alegría que muchos consideraron patológica. Preguntado acerca de ello, el pintor expuso el motivo de su situación anímica con toda naturalidad. Vino a decir que mantenía relaciones amorosas con Nabilah, una mujer que había conocido en la ciudad que aparecía en sus cuadros, Jaddig. Por si alguien no lo supiera, Jaddig es una ciudad situada en la costa de Arabia.»<br />
Imagino a Menscher hablando desde la verja de su jardín, e imagino las caras de los que le escuchaban. No puedo soportar esa visión, me hace daño. Pensándolo bien, quizá Menscher estuviera realmente loco, porque sólo los locos pueden soportar la sonrisa burlona de sus interlocutores.<br />
«A lo que parece —escribe el cronista, y no es difícil imaginar que también él sonreía burlonamente— las relaciones de Menscher y Nabilah eran muy apasionadas. Un antiguo amigo del pintor, cuyo nombre debo guardar en secreto, me explicó que Menscher le había hablado de esa pasión con todo lujo de detalles, sin excluir los más íntimos; detalles que, por razones obvias, aquí no podemos reproducir.»<br />
El cronista vuelve a subrayar lo que ya antes había expresado: «Según me cuenta su amigo de juventud, el pintor hablaba de Nabilah como si en realidad, en cuerpo y alma, hubiera yacido con ella en algún camastro de la ciudad de Jaddig. Es posible que Menscher muriera creyéndoselo... Que muriera o que lo mataran, porque ni eso se sabe aún con claridad.»<br />
El cronista ha llegado, por fin, al terreno que mejor domina. Sabe que los lectores del artículo agradecerán el tono sentido que conviene a un hecho luctuoso, y se esmera en conseguirlo.<br />
«Hace unos meses —escribe— el pintor comenzó a mostrar una imagen muy diferente a la que hemos descrito antes. Ya no había alegría en su corazón. Por el contrario, se le veía nervioso, asustado. Cuando alguien quiso saber las razones de aquel cambio, Menscher respondió diciendo que había transgredido, y gravemente, las viejas costumbres de Arabia, las cuales prohíben, además del trato carnal previo al matrimonio, toda relación entre una mujer árabe y un extranjero; que él y Nabilah habían sido descubiertos, y que la familia de ella lo buscaba con intención de matarle.<br />
Naturalmente, nadie creyó su historia. Pero, con todo, mucha gente sintió pena de Menscher, por lo que sufría. Pensaron, además, que aquella mala racha suya pasaría, y que volvería a estar alegre.<br />
Desgraciadamente, ocurrió lo contrario. El miedo de Menscher se convirtió en terror, y ese terror le hacía gritar y correr enloquecidamente de un lado a otro del jardín. Menscher pedía ayuda a los que, con la impotencia que se puede suponer, le observaban desde la acera, y éstos no sabían si reír o llorar. Ahora, sin embargo, todos sabemos que la situación era más digna de lo segundo, porque Hans Menscher ha muerto. Apareció apuñalado en su jardín en la mañana de ayer, día veintisiete de julio. El puñal que acabó con su vida —y este detalle se ha comentado en todos los cafés— era genuinamente árabe, de hoja larga y empuñadura damasquinada.»<br />
El paseante que ha caminado hasta la biblioteca no se siente defraudado. Su curiosidad le ha deparado una tarde entretenida y ya tiene algo que contar a la hora de la cena. Contento, baja las escaleras del edificio y se pierde entre la multitud.<br />
Sin embargo, ese paseante no ha tenido la fortuna que, por pura casualidad, tuve yo; fortuna que me ha permitido llegar hasta el final de la historia de Menscher, y que ahora paso a explicar.<br />
Ocurrió que, habiendo sido invitado a la casa de un juez retirado, y habiéndome comentado él que estaba escribiendo un libro sobre casos judiciales no resueltos, tuve la ocurrencia de preguntarle acerca del pintor loco y la cuestión del puñal árabe que lo mató.<br />
—Efectivamente —dijo— ese caso no se resolvió.<br />
Al ver que me quedaba a la espera de una respuesta más concreta, el juez me indicó que le siguiera. Cuando llegamos a su estudio, y, después de sacar un archivo del armario, puso en mis manos un sobre con membrete. Mis manos temblaron: el membrete estaba escrito con letras árabes.<br />
—Lea lo que dice la carta —me pidió el juez.<br />
La carta estaba redactada en inglés, lengua que no domino muy bien, pero sí lo suficiente como para darme cuenta de que, por medio de ella, la policía de Jaddig requería información acerca del súbdito alemán Hans Menscher, y que razonaba la petición informando que una mujer llamada Nabilah Abauati había presentado una denuncia en sus oficinas. En la denuncia, Nabilah Abauati declaraba que tres miembros de su familia habían asesinado al citado súbdito alemán la noche del veintiséis al veintisiete de julio de aquel año, 1923.<br />
—¿Entonces? —pregunté—, ¿qué sucedió en realidad?<br />
—Olvida usted que sólo me ocupo de los casos no resueltos —sonrió el juez. Luego me indicó que ya era hora de que nos reuniéramos con los invitados que habían quedado en el salón.
</p>
<p><a href="http://cuentosacientos.nireblog.com/post/2010/01/14/bernardo-atxaga-y-su-cuento-misterioso#comments">Comments</a></p>]]></description>
	<pubDate>Thu, 14 Jan 2010 13:54:54 +0100</pubDate>	</item>
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	<title>Uno navideño de Rubén Darío: Cuento de Nochebuena</title>
	<link>http://cuentosacientos.nireblog.com/post/2009/12/14/uno-navideno-de-ruben-dario-cuento-de-nochebuena</link>
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		<description><![CDATA[<p><img id="image545473" alt="Rubén Darío" src="http://files.nireblog.com/blogs/cuentosacientos/files/dario.jpg" align="right" />
<p>RUBÉN DARÍO (1867-1916)</p>
<p>CUENTO DE NOCHEBUENA<br />
     El hermano Longinos de Santa María era la perla del convento. Perla es decir poco, para el caso; era un estuche, una riqueza, un algo incomparable e inencontrable: lo mismo ayudaba al docto fray Benito en sus copias, distinguiéndose en ornar de mayúsculas los manuscritos, como en la cocina hacía exhalar suaves olores a la fritanga permitida después del tiempo de ayuno; así servía de sacristán, como cultivaba las legumbres del huerto; y en maitines o vísperas, su hermosa voz de sochantre resonaba armoniosamente bajo la techumbre de la capilla. Mas su mayor mérito consistía en su maravilloso don musical; en sus manos, en sus ilustres manos de organista. Ninguno entre toda la comunidad conocía como él aquel sonoro instrumento del cual hacía brotar las notas como bandadas de aves melodiosas; ninguno como él acompañaba, como poseído por un celestial espíritu, las prosas y los himnos, y las voces sagradas del canto llano. Su eminencia el cardenal –que había visitado el convento en un día inolvidable– había bendecido al hermano, primero, abrazándole en seguida, y por último díchole una elogiosa frase latina, después de oírle tocar. Todo lo que en el hermano Longinos resaltaba, estaba iluminado por la más amable sencillez y por la más inocente alegría. Cuando estaba en alguna labor, tenía siempre un himno en los labios, como sus hermanos los pajaritos de Dios. Y cuando volvía, con su alforja llena de limosnas, taloneando a la borrica, sudoroso bajo el sol, en su cara se veía un tan dulce resplandor de jovialidad, que los campesinos salían a las puertas de sus casas, saludándole, llamándole hacia ellos: "¡Eh! venid acá, hermano Longinos, y tomaréis un buen vaso..." Su cara la podéis ver en una tabla que se conserva en la abadía; bajo una frente noble dos ojos humildes y oscuros, la nariz un tantico levantada, en una ingenua expresión de picardía infantil, y en la boca entreabierta, la más bondadosa de las sonrisas.<br />
     Avino, pues, que un día de Navidad, Longinos fuese a la próxima aldea...; pero ¿no os he dicho nada del convento? El cual estaba situado cerca de una aldea de labradores, no muy distante de una vasta floresta, en donde, antes de la fundación del monasterio, había cenáculos de hechiceros, reuniones de hadas, y de silfos, y otras tantas cosas que favorece el poder del Bajísimo, de quien Dios nos guarde. Los vientos del cielo llevaban desde el santo edificio monacal, en la quietud de las noches o en los serenos crepúsculos, ecos misteriosos, grandes temblores sonoros..., era el órgano de Longinos que acompañando la voz de sus hermanos en Cristo, lanzaba sus clamores benditos. Fue, pues, en un día de Navidad, y en la aldea, cuando el buen hermano se dio una palmada en la frente y exclamó, lleno de susto, impulsando a su caballería paciente y filosófica:<br />
     — ¡Desgraciado de mí! ¡Si mereceré triplicar los cilicios y ponerme por toda la vida a pan y agua! ¡Cómo estarán aguardándome en el monasterio!<br />
     Era ya entrada la noche, y el religioso, después de santiguarse, se encaminó por la vía de su convento. Las sombras invadieron la tierra. No se veía ya el villorrio; y la montaña, negra en medio de la noche, se veía semejante a una titánica fortaleza en que habitasen gigantes y demonios.<br />
     Y fue el caso que Longinos, anda que te anda, pater y ave tras pater y ave, advirtió con sorpresa que la senda que seguía la pollina, no era la misma de siempre. Con lágrimas en los ojos alzó éstos al cielo, pidiéndole misericordia al Todopoderoso, cuando percibió en la oscuridad del firmamento una hermosa estrella, una hermosa estrella de color de oro, que caminaba junto con él, enviando a la tierra un delicado chorro de luz que servía de guía y de antorcha. Diole gracias al Señor por aquella maravilla, y a poco trecho, como en otro tiempo la del profeta Balaam, su cabalgadura se resistió a seguir adelante, y le dijo con clara voz de hombre mortal: –Considérate feliz, hermano Longinos, pues por tus virtudes has sido señalado para un premio portentoso. No bien había acabado de oír esto, cuando sintió un ruido, y una oleada de exquisitas aromas. Y vio venir por el mismo camino que él seguía, y guiados por la estrella que él acababa de admirar, a tres señores espléndidamente ataviados. Todos tres tenían porte e insignias reales. El delantero era rubio como el ángel Azrael; su cabellera larga se esparcía sobre sus hombros, bajo una mitra de oro constelada de piedras preciosas; su barba entretejida con perlas e hilos de oro resplandecía sobre su pecho; iba cubierto con un manto en donde estaban bordados, de riquísima manera, aves peregrinas y signos del zodíaco. Era el rey Gaspar, caballero en un bello caballo blanco. El otro, de cabellera negra, ojos también negros y profundamente brillantes, rostro semejante a los que se ven en los bajos relieves asirios, ceñía su frente con una magnífica diadema, vestía vestidos de incalculable precio, era un tanto viejo, y hubiérase dicho de él, con sólo mirarle, ser el monarca de un país misterioso y opulento, del centro de la tierra de Asia. Era el rey Baltasar y llevaba un collar de gemas cabalístico que terminaba en un sol de fuegos de diamantes. Iba sobre un camello caparazonado y adornado al modo de Oriente. El tercero era de rostro negro y miraba con singular aire de majestad; formábanle un resplandor los rubíes y esmeraldas de su turbante. Como el más soberbio príncipe de un cuento, iba en una labrada silla de marfil y oro sobre un elefante. Era el rey Melchor. Pasaron sus majestades y tras el elefante del rey Melchor, con un no usado trotecito, la borrica del hermano Longinos, quien, lleno de mística complacencia, desgranaba las cuentas de su largo rosario.<br />
     Y sucedió que –tal como en los días del cruel Herodes– los tres coronados magos, guíados por la estrella divina, llegaron a un pesebre, en donde, como lo pintan los pintores, estaba la reina María, el santo señor José y el Dios recién nacido. Y cerca, la mula y el buey, que entibian con el calor sano de su aliento el aire frío de la noche. Baltasar, postrado, descorrió junto al niño un saco de perlas y de piedras preciosas y de polvo de oro; Gaspar en jarras doradas ofreció los más raros ungüentos; Melchor hizo su ofrenda de incienso, de marfiles y de diamantes...<br />
     Entonces, desde el fondo de su corazón, Longinos, el buen hermano Longinos, dijo al niño que sonreía:<br />
     — Señor, yo soy un pobre siervo tuyo que en su convento te sirve como puede. ¿Qué te voy a ofrecer yo, triste de mí? ¿Qué riquezas tengo, qué perfumes, qué perlas y qué diamantes? Toma, señor, mis lágrimas y mis oraciones, que es todo lo que puedo ofrendarte.<br />
     Y he aquí que los reyes de Oriente vieron brotar de los labios de Longinos las rosas de sus oraciones, cuyo olor superaba a todos los ungüentos y resinas; y caer de sus ojos copiosísimas lágrimas que se convertían en los más radiosos diamantes por obra de la superior magia del amor y de la fe; todo esto en tanto que se oía el eco de un coro de pastores en la tierra y la melodía de un coro de ángeles sobre el techo del pesebre.<br />
     Entre tanto, en el convento había la mayor desolación. Era llegada la hora del oficio. La nave de la capilla estaba iluminada por las llamas de los cirios. El abad estaba en su sitial, afligido, con su capa de ceremonia. Los frailes, la comunidad entera, se miraban con sorprendida tristeza. ¿Qué desgracia habrá acontecido al buen hermano? ¿Por qué no ha vuelto de la aldea? Y es ya la hora del oficio, y todos están en su puesto, menos quien es gloria de su monasterio, el sencillo y sublime organista... ¿Quién se atreve a ocupar su lugar? Nadie. Ninguno sabe los secretos del teclado, ninguno tiene el don armonioso de Longinos. Y como ordena el prior que se proceda a la ceremonia, sin música, todos empiezan el canto dirigiéndose a Dios llenos de una vaga tristeza... De repente, en los momentos del himno, en que el órgano debía resonar... resonó, resonó como nunca; sus bajos eran sagrados truenos; sus trompetas excelsas voces; sus tubos todos estaban como animados por una vida incomprensible y celestial. Los monjes cantaron, cantaron, llenos del fuego del milagro; y aquella Noche Buena, los campesinos oyeron que el viento llevaba desconocidas armonías del órgano conventual, de aquel órgano que parecía tocado por manos angélicas como las delicadas y puras de la gloriosa Cecilia...<br />
     El hermano Longinos de Santa María entregó su alma a Dios poco tiempo después; murió en olor de santidad. Su cuerpo se conserva aún incorrupto, enterrado bajo el coro de la capilla, en una tumba especial, labrada en mármol.
</p>
<p><a href="http://cuentosacientos.nireblog.com/post/2009/12/14/uno-navideno-de-ruben-dario-cuento-de-nochebuena#comments">Comments</a></p>]]></description>
	<pubDate>Mon, 14 Dec 2009 16:12:44 +0100</pubDate>	</item>
	<item>
	<title>Galdós y la gramática: La conjuración de las palabras</title>
	<link>http://cuentosacientos.nireblog.com/post/2009/12/14/galdas-y-la-gramatica-la-conjuracian-de-las-palabras</link>
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		<description><![CDATA[<p><img id="image545477" alt="Benito Pérez Galdós" src="http://files.nireblog.com/blogs/cuentosacientos/files/benito_perez_galdos1.jpg" align="middle" class="imgcentro" />
<p>LA CONJURACIÓN DE LAS PALABRAS</p>
<p>Érase un gran edificio llamado Diccionario de la Lengua castellana, de tamaño tan colosal y fuera de medida, que, al decir de los cronistas, ocupaba casi la cuarta parte de una mesa, de estas que, destinadas a varios usos, vemos en las casas de los hombres. Si hemos de creer a un viejo documento hallado en viejísimo pupitre, cuando ponían al tal edificio en el estante de su dueño, la tabla que lo sostenía amenazaba desplomarse, con detrimento de todo lo que había en ella. Formábanlo dos anchos murallones de cartón, forrados en piel de becerro jaspeado, y en la fachada, que era también de cuero, se veía un ancho cartel con doradas letras, que decían al mundo y a la posteridad el nombre y significación de aquel gran monumento.<br />
Por dentro era un laberinto tan maravilloso, que ni el mismo de Creta se le igualara. Dividíanlo hasta seiscientas paredes de papel con sus números llamados páginas. Cada espacio estaba subdividido en tres corredores o crujías muy grandes, y en estas crujías se hallaban innumerables celdas, ocupadas por los ochocientos o novecientos mil seres que en aquel vastísimo recinto tenían su habitación. Estos seres se llamaban palabras.<br />
*   *   *<br />
Una mañana sintióse gran ruido de voces, patadas, choque de armas, roce de vestidos, llamamientos y relinchos, como si un numeroso ejército se levantara y vistiese a toda prisa, apercibiéndose para una tremenda batalla. Y a la verdad, cosa de guerra debía de ser, porque a poco rato salieron todas o casi todas las palabras del Diccionario, con fuertes y relucientes armas, formando un escuadrón tan grande que no cupiera en la misma Biblioteca Nacional. Magnífico y sorprendente era el espectáculo que este ejército presentaba, según me dijo el testigo ocular que lo presenció todo desde un escondrijo inmediato, el cual testigo ocular era un viejísimo Flos sanctorum, forrado en pergamino, que en el propio estante se hallaba a la sazón.<br />
Avanzó la comitiva hasta que estuvieron todas las palabras fuera del edificio. Trataré de describir el orden y aparato de aquel ejército, siguiendo fielmente la veraz, escrupulosa y auténtica narración de mi amigo el Flos sanctorum.<br />
Delante marchaban unos heraldos llamados Artículos, vestidos con magníficas dalmáticas y cotas de finísimo acero; no llevaban armas, y sí los escudos de sus señores los Sustantivos, que venían un poco más atrás. Estos, en número casi infinito, eran tan vistosos y gallardos, que daba gozo verlos. Unos llevaban resplandecientes armas del más puro metal, y cascos en cuya cimera ondeaban plumas y festones; otros vestían lorigas de cuero finísimo, recamadas de oro y plata; otros cubrían sus cuerpos con luengos trajes talares, a modo de senadores venecianos. Aquéllos montaban poderosos potros ricamente enjaezados, y otros iban a pie. Algunos parecían menos ricos y lujosos que los demás; y aún puede asegurarse que había bastantes pobremente vestidos, si bien éstos eran poco vistos, porque el brillo y elegancia de los otros como que les ocultaba y obscurecía. Junto a los Sustantivos marchaban los Pronombres, que iban a pie y delante, llevando la brida de los caballos, o detrás, sosteniendo la cola del vestido de sus amos, ya guiándoles a guisa de lazarillos, ya dándoles el brazo para sostén de sus flacos cuerpos, porque, sea dicho de paso, también había Sustantivos muy valetudinarios y decrépitos, y algunos parecían próximos a morir. También se veían no pocos Pronombres representando a sus amos, que se quedaron en cama por enfermos o perezosos, y estos Pronombres formaban en la línea de los Sustantivos como si de tales hubieran categoría. No es necesario decir que los había de ambos sexos; y las damas cabalgaban con igual donaire que los hombres, y aun esgrimían las armas con tanto desenfado como ellos.<br />
Detrás venían los Adjetivos, todos a pie; y eran como servidores o satélites de los Sustantivos, porque formaban al lado de ellos, atendiendo a sus órdenes para obedecerlas. Era cosa sabida que ningún caballero Sustantivo podía hacer cosa derecha sin el auxilio de un buen escudero de la honrada familia de los Adjetivos; pero éstos, a pesar de la fuerza y significación que prestaban a sus amos, no valían solos ni un ardite, y se aniquilaban completamente en cuanto quedaban solos. Eran brillantes y caprichosos sus adornos y trajes, de colores vivos y formas muy determinadas; y era de notar que cuando se acercaban al amo, éste tomaba el color y la forma de aquéllos, quedando transformado al exterior, aunque en esencia el mismo.<br />
Como a diez varas de distancia venían los Verbos, que eran unos señores de lo más extraño y maravilloso que puede concebir la fantasía.<br />
No es posible decir su sexo, ni medir su estatura, ni pintar sus facciones, ni contar su edad, ni describirlos con precisión y exactitud. Basta saber que se movían mucho y a todos lados, y tan pronto iban hacia atrás como hacía adelante, y se juntaban dos para andar emparejados. Lo cierto del caso, según me aseguró el Flos sanctorum, es que sin los tales personajes no se hacía cosa a derechas en aquella República, y si bien los Sustantivos eran muy útiles, no podían hacer nada por sí, y eran como instrumentos ciegos cuando algún señor Verbo nos los dirigía. Tras éstos venían los Adverbios, que tenían cataduras de pinches de cocina; como que su oficio era prepararles la comida a los verbos y servirles en todo. Es fama que eran parientes de los Adjetivos, como lo acreditaban viejísimos pergaminos genealógicos, y aun había Adjetivos que desempeñaban en comisión la plaza de Adverbios, para lo cual bastaba ponerles una cola o falda que decía: mente.<br />
Las Preposiciones eran enanas, y más que personas parecían cosas, moviéndose automáticamente: iban junto a los Sustantivos para llevar recado a algún Verbo, o viceversa. Las Conjunciones andaban por todos lados metiendo bulla; y una de ellas especialmente, llamada que, era el mismo enemigo y a todos los tenía revueltos y alborotados, porque indisponía a un señor Sustantivo con un señor Verbo, y a veces trastornaba lo que éste decía, variando completamente el sentido. Detrás de todos marchaban las Interjecciones, que no tenían cuerpo, sino tan sólo cabeza, con gran boca siempre abierta. No se metían con nadie, y se manejaban solas; que aunque pocas en número, es fama que sabían hacerse valer.<br />
De estas palabras, algunas eran nobilísimas, y llevaban en sus escudos delicadas empresas, por donde se venía en conocimiento de su abolengo latino o árabe; otras, sin alcurnia antigua de que vanagloriarse, eran nuevecillas, plebeyas o de poco más o menos. Los nobles las trataban con desprecio. Algunas había también en calidad de emigradas de Francia, esperando el tiempo de adquirir nacionalidad. Otras, en cambio, indígenas hasta la pared de enfrente, se caían de puro viejas, y yacían arrinconadas, aunque las demás guardaran consideración a sus arrugas; y las había tan petulantes y presumidas, que despreciaban a las demás mirándolas enfáticamente.<br />
Llegaron a la plaza del Estante y la ocuparon de punta a punta. El verbo Ser hizo una especie de cadalso o tribuna con dos admiraciones y algunas comas que por allí rodaban, y subió a él con intención de despotricarse; pero le quitó la palabra un Sustantivo muy travieso y hablador, llamado Hombre, el cual, subiendo a los hombros de sus edecanes, los simpáticos Adjetivos Racional y Libre, saludó a la multitud, quitándose la H, que a guisa de sombrero le cubría, y empezó a hablar en estos o parecidos términos:<br />
–Señores: la osadía de los escritores españoles ha irritado nuestros ánimos, y es preciso darles justo y pronto castigo. Ya no les basta introducir en sus libros contrabando francés, con gran detrimento de la riqueza nacional, sino que cuando por casualidad se nos emplea, trastornan nuestro sentido y nos hacen decir lo contrario de nuestra intención. (Bien, bien.) De nada sirve nuestro noble origen latino, para que esos tales respeten nuestro significado. Se nos desfigura de un modo que da grima y dolor. Así, permitidme que me conmueva, porque las lágrimas brotan de mis ojos y no puedo reprimir la emoción. (Nutridos aplausos.)<br />
El orador se enjugó las lágrimas con la punta de la e, que de faldón le servía, y ya se preparaba a continuar, cuando le distrajo el rumor de una disputa que no lejos se había entablado.<br />
Era que el Sustantivo Sentido estaba dando de mojicones al Adjetivo Común, y le decía:<br />
–Perro, follón y sucio vocablo, por ti me traen asendereado y me ponen como salvaguardia de toda clase de desatinos. Desde que cualquier escritor no entiende palotada de una ciencia, se escuda con el Sentido Común, y ya le parece que es el más sabio de la Tierra. Vete, negro y pestífero Adjetivo, lejos de mí, o te juro que no saldrás con vida de mis manos.<br />
Y al decir esto el Sentido enarboló la t, y dándole un garrotazo con ella a su escudero le dejó tan mal parado, que tuvieron que ponerle un vendaje en la o, y bizmarle las costillas de la m, porque se iba desangrando por allí a toda prisa.<br />
–Haya paz, señores –dijo un Sustantivo Femenino llamado Filosofía, que con dueñescas tocas blancas apareció entre el tumulto. Mas en cuanto le vio otra palabra llamada Música, se echó sobre ella y empezó a mesarle los cabellos y a darle coces, cantando así:<br />
–Miren la bellaca, la sandia, la loca; ¿pues no quiere llevarme encadenada con una Preposición, diciendo que yo tengo Filosofía? Yo no tengo sino Música, hermana. Déjeme en paz y púdrase de vieja en compañía de la Alemana, que es otra vieja loca.<br />
–Quita allá, bullanguera –dijo la Filosofía, arrancándole a la Música el penacho o acento que muy erguido sobre la ú llevaba–; quita allá, que para nada vales ni sirves más que de pasatiempo pueril.<br />
–Poco a poco, señoras mías –gritó un Sustantivo alto, delgado, flaco y medio tísico, llamado el Sentimiento–. A ver, señora Filosofía, si no me dice usted esas cosas a mi hermana, o tendremos que vernos las caras. Estése usted quieta y deje a Perico en su casa, porque todos tenemos trapitos que lavar, y si yo saco los suyos, ni con colada habrán de quedar limpios.<br />
–Miren el mocoso –dijo la Razón, que andaba por allí en paños menores y un poquillo desmelenada–, ¿qué sería de esos badulaques sin mí? No reñir, y cada uno a su puesto, que si me incomodo...<br />
–No ha de ser –dijo el Sustantivo Mal, que en todo había de meterse.<br />
–¿Quién le ha dado a usted vela en este entierro, tío Mal? Váyase al Infierno, que ya está de más en el mundo.<br />
–No, señoras; perdonen usías, que no estoy sino muy retebién. Un poco decaidillo andaba; pero después que tomé este lacayo, que ahora me sirve, me voy remediando.<br />
Y mostró un lacayo, que era el Adjetivo Necesario.<br />
–Quítenmela, que la mato –chillaba la Religión, que había venido a las manos con la Política–; quítenmela, que me ha usurpado el nombre para disimular en el mundo sus socaliñas y gatuperios.<br />
–Basta de indirectas. ¡Orden! –dijo el Sustantivo Gobierno, que se presentó para poner paz en el asunto.<br />
–Déjelas que se arañen, hermano –observó la Justicia–; déjelas que se arañen, que ya sabe vuecencia que rabian de verse juntas. Procuremos nosotros no andar también a la greña, y adelante con los faroles.<br />
Mientras esto ocurría, se presentó un gallardo Sustantivo, vestido con relucientes armas y trayendo un escudo con peregrinas figuras y lema de plata y oro. Llamábase el Honor, y venía a quejarse de los innumerables desatinos que hacían los humanos en su nombre, dándole las más raras aplicaciones y haciéndole significar lo que más les venía a cuento. Pero el Sustantivo Moral, que estaba en un rincón atándose un hilo en la l, que se le había roto en la anterior refriega, se presentó, atrayendo la atención general. Quejóse de que se le subían a las barbas ciertos Adjetivos advenedizos, y concluyó diciendo que no le gustaban ciertas compañías, y que más le valiera andar solo; de lo cual se rieron otros muchos Sustantivos fachendosos que no llevaban nunca menos de seis Adjetivos de servidumbre.<br />
Entretanto, la Inquisición, una viejecilla que no se podía tener, estaba pegando fuego a una hoguera que había hecho con interrogantes gastados, palos de T y paréntesis rotos, en la cual hoguera dicen que quería quemar a la Libertad, que andaba dando zancajos por allí con muchísima gracia y desenvoltura. Por otro lado estaba el Verbo Matar, dando grandes voces, y cerrando el puño con rabia, decía de vez en cuando:<br />
 –¡Si me conjugo...!<br />
Oyendo lo cual, el Sustantivo Paz acudió corriendo tan aprisa, que tropezó en la z con que venia calzada y cayó cuan larga era, dando un gran batacazo.<br />
–Allá voy –gritó el Sustantivo Arte, que ya se había metido a zapatero–. Allá voy a componer este zapato, que es cosa de mi incumbencia.<br />
Y con unas comas le clavó la z a la Paz, que tomó vuelo y se fue a hacer cabriolas ante el Sustantivo Cañón, de quien dicen estaba perdidamente enamorada.<br />
No pudiendo ni el Verbo Ser, ni el Sustantivo Hombre, ni el Adjetivo Racional poner en orden a aquella gente, y comprendiendo que de aquella manera iban a ser vencidos en la desigual batalla que con los escritores españoles tendrían que emprender, resolvieron volverse a su casa. Dieron orden de que cada cual entrara en su celda, y así se cumplió, costando gran trabajo encerrar a algunas camorristas, que se empeñaban en alborotar y hacer el coco.<br />
Resultaron de este tumulto bastantes heridos, que aún están en el hospital de sangre, o sea Fe de erratas del Diccionario. Han determinado congregarse de nuevo para examinar los medios de imponerse a la gente de letras. Se están redactando las pragmáticas, que establecerán el orden en las discusiones. No tuvo resultado el pronunciamiento, por gastar el tiempo los conjurados en estériles debates y luchas de amor propio, en vez de congregarse para combatir al enemigo común; así es que concluyó aquello como el Rosario de la Aurora.<br />
El Flos sanctorum me asegura que la Gramática había mandado al Diccionario una embajada de géneros, números y casos para ver si por las buenas, y sin derramamiento de sangre, se arreglaban los trastornados asuntos de la Lengua Castellana.
</p>
<p><a href="http://cuentosacientos.nireblog.com/post/2009/12/14/galdas-y-la-gramatica-la-conjuracian-de-las-palabras#comments">Comments</a></p>]]></description>
	<pubDate>Mon, 14 Dec 2009 16:10:17 +0100</pubDate>	</item>
	<item>
	<title>Juan Valera y El pájaro verde</title>
	<link>http://cuentosacientos.nireblog.com/post/2009/12/14/juan-valera-y-el-pajaro-verde</link>
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		<description><![CDATA[<p><img id="image545478" alt="Juan Valera" src="http://files.nireblog.com/blogs/cuentosacientos/files/juanvalera.jpg" align="left" /></p>
<p>El pájaro verde<br />
Juan Valera</p>
<p>I<br />
     Hubo, en época muy remota de esta en que vivimos, un poderoso rey, amado con extremo de sus vasallos y poseedor de un fertilísimo, dilatado y populoso reino allá en las regiones de Oriente. Tenía este rey inmensos tesoros y daba fiestas espléndidas. Asistían en su corte las más gentiles damas y los más discretos y valientes caballeros que entonces había en el mundo. Su ejército era numeroso y aguerrido. Sus naves recorrían como en triunfo el Océano. Los parques y jardines, donde solía cazar y holgarse, eran maravillosos por su grandeza y frondosidad y por la copia de alimañas y de aves que en ellos se alimentaban y vivían.<br />
     Pero ¿qué diremos de sus palacios y de lo que en sus palacios se encerraba, cuya magnificencia excede a toda ponderación? Allí muebles riquísimos, tronos de oro y de plata y vajillas de porcelana, que era entonces menos común que ahora; allí enanos, gigantes, bufones y otros monstruos para solaz y entretenimiento de Su Majestad; allí cocineros y reposteros profundos y eminentes, que cuidaban de su alimento corporal, y allí no menos profundos y eminentes filósofos, poetas y jurisconsultos, que cuidaban de dar pasto a su espíritu, que concurrían a su consejo privado, que decidían las cuestiones más arduas de derecho, que aguzaban y ejercitaban el ingenio con charadas y logogrifos, y que cantaban las glorias de la dinastía en colosales epopeyas.<br />
     Los vasallos de este rey le llamaban con razón el Venturoso. Todo iba de bien en mejor durante su reinado. Su vida había sido un tejido de felicidades, cuya brillantez empañaba solamente con negra sombra de dolor la temprana muerte de la señora reina, persona muy cabal y hermosa, a quien Su Majestad había querido con todo su corazón. Imagínate, lector, lo que la lloraría, y más habiendo sido él, por el mismo acendrado cariño que la tenía, causa inocente de su muerte.<br />
     Cuentan las historias de aquel país que ya llevaba el rey siete años de matrimonio sin lograr sucesión, aunque vehementemente la deseaba, cuando ocurrieron unas guerras en país vecino. El rey partió con sus tropas; pero antes se despidió de la señora reina con mucho afecto. Esta, dándole un abrazo, le dijo al oído:<br />
     -No se lo digas a nadie para que no se rían si mis esperanzas no se logran; pero me parece que estoy encinta.<br />
     La alegría del rey con esta nueva no tuvo límites, y como todo le sale bien al que está alegre, él triunfó de sus enemigos en la guerra, mató por su propia mano a tres o cuatro reyes que le habían hecho no sabemos qué mala pasada, asoló ciudades, hizo cautivos y volvió cargado de botín y de gloria a la hermosa capital de su monarquía.<br />
     Habían pasado en esto algunos meses; así es que, al atravesar el rey con gran pompa la ciudad, entre las aclamaciones y el aplauso de la multitud y el repiqueteo de las campanas, la reina estaba pariendo, y parió con felicidad y facilidad, a pesar del ruido y agitación y aunque era primeriza.<br />
     ¡Qué gusto tan pasmoso no tendría Su Majestad cuando, al entrar en la real cámara, el comadrón mayor del reino le presentó a una hermosa princesa que acababa de nacer! El rey dio un beso a su hija, y se dirigió lleno de júbilo, de amor y de satisfacción al cuarto de la señora reina, que estaba en la cama tan colorada, tan fresca y tan bonita como una rosa de mayo.<br />
     -¡Esposa mía! -exclamó el rey, y la estrechó entre sus brazos. Pero el rey era tan robusto y era tan viva la efusión de su ternura, que sin más ni menos ahogó sin querer a la reina. Entonces fueron los gritos, la desesperación y el llamarse a sí propio animal, con otras elocuentes muestras de doloroso sentimiento. Mas no por esto resucitó la reina, la cual, aunque muerta, estaba divina. Una sonrisa de inefable deleite se diría que aún vagaba sobre sus labios. Por ellos, sin duda, había volado el alma envuelta en un suspiro de amor, y orgullosa de haber sabido inspirar cariño bastante para producir aquel abrazo. ¡Qué mujer verdaderamente enamorada no envidiará la suerte de esta reina!<br />
     El rey probó el mucho cariño que le tenía, no sólo en vida de ella, sino después de su muerte. Hizo voto de viudez y de castidad perpetuas, y supo cumplirle. Mandó componer a los poetas una corona fúnebre, que aun dicen que se tiene en aquel reino como la más preciosa joya de la literatura nacional. La corte estuvo tres años de luto. Del mausoleo que se levantó a la reina sólo fue posteriormente el de Caria un mezquino remedo.<br />
     Pero como, según dice el refrán, no hay mal que dure cien años, el rey, al cabo de un par de años, sacudió la melancolía, y se creyó tan venturoso o más venturoso que antes. La reina se le aparecía en sueños, y le decía que estaba gozando de Dios, y la princesita crecía y se desarrollaba que era un contento.<br />
     Al cumplir la princesita los quince años era, por su hermosura, entendimiento y buen trato, la admiración de cuantos la miraban y el asombro de cuantos la oían. El rey la hizo jurar heredera del trono, y trató luego de casarla.<br />
     Más de quinientos correos de gabinete, caballeros en sendas cebras de posta, salieron a la vez de la capital del reino con despachos para otras tantas cortes, invitando a todos los príncipes a que viniesen a pretender la mano de la princesa, la cual había de escoger entre ellos al que más le gustase.<br />
     La fama de su portentosa hermosura había recorrido ya el mundo todo; de suerte que, apenas fueron llegando los correos a las diferentes cortes, no había príncipe, por ruin y parapoco que fuese, que no se decidiera a ir a la capital del rey Venturoso, a competir en justas, torneos y ejercicios de ingenio por la mano de la princesa. Cada cual pedía al rey su padre armas, caballos, su bendición y algún dinero, con lo cual, al frente de una brillante comitiva, se ponía en camino.<br />
     Era de ver cómo iban llegando a la corte de la princesita todos estos altos señores. Eran de ver los saraos que había entonces en los palacios reales. Eran de admirar, por último, los enigmas que los príncipes se proponían para mostrar la respectiva agudeza; los versos que escribían; las serenatas que daban; los combates del arco, del pugilato y de la lucha, y las carreras de carros y de caballos, en que procuraba cada cual salir vencedor de los otros y ganarse el amor de la pretendida novia.<br />
     Pero ésta, que, a pesar de su modestia y discreción, estaba dotada, sin poderlo remediar, de una índole arisca, descontentadiza y desamorada, abrumaba a los príncipes con su desdén, y de ninguno de ellos se le importaba un ardite. Sus discreciones le parecían frialdades, simplezas sus enigmas, arrogancia sus rendimientos y vanidad o codicia de sus riquezas el amor que le mostraban. Apenas se dignaba mirar sus ejercicios caballerescos, ni oír sus serenatas, ni sonreír agradecida a sus versos de amor. Los magníficos regalos que cada cual le había traído de su tierra estaban arrinconados en un zaquizamí del regio alcázar.<br />
     La indiferencia de la princesa era glacial para todos los pretendientes. Sólo uno, el hijo del Kan de Tartaria, había logrado salvarse de su indiferencia para incurrir en su odio. Este príncipe adolecía de una fealdad sublime. Sus ojos eran oblicuos, las mejillas y la barba salientes, crespo y enmarañado el pelo, rechoncho y pequeño el cuerpo, aunque de titánica pujanza, y el genio intranquilo, mofador y orgulloso. Ni las personas más inofensivas estaban libres de sus burlas, siendo principal blanco de ellas el ministro de Negocios Extranjeros del rey Venturoso, cuya gravedad, entono y cortas luces, así como lo detestablemente que hablaba el sanscrito, lengua diplomática de entonces, se prestaban algo al escarnio y a los chistes.<br />
     Así andaban las cosas, y las fiestas de la corte eran más brillantes cada día. Los príncipes, sin embargo, se desesperaban de no ser queridos; el rey Venturoso rabiaba al ver que su hija no acababa de decidirse, y ésta continuaba erre que erre en no hacer caso de ninguno, salvo del príncipe tártaro, de quien con sus pullas y declarado aborrecimiento vengaba con usura al famoso ministro de su padre.</p>
<p>II<br />
     Aconteció, pues, que la princesa, en una hermosa mañana de primavera, estaba en su tocador. La doncella favorita peinaba sus dorados, largos y suavísimos cabellos. Las puertas de un balcón, que daba al jardín, estaban abiertas para dejar entrar el vientecillo fresco y con él el aroma de las flores.<br />
     Parecía la princesa melancólica y pensativa y no dirigía ni una sola palabra a su sierva.<br />
     Esta tenía ya entre sus manos el cordón con que se disponía a enlazar la áurea crencha de su ama, cuando a deshora entró por el balcón un preciosísimo pájaro, cuyas plumas parecían de esmeralda, y cuya gracia en el vuelo dejó absortas a la señora y a su sirvienta. El pájaro, lanzándose rápidamente sobre esta última, le arrebató de las manos el cordón y volvió a salir volando de aquella estancia.<br />
     Todo fue tan instantáneo, que la princesa apenas tuvo tiempo de ver al pájaro; pero su atrevimiento y su hermosura le causaron la más extraña impresión.<br />
     Pocos días después, la princesa, para distraer sus melancolías, tejía una danza con sus doncellas, en presencia de los príncipes. Estaban todos en los jardines y la miraban embelesados. De pronto sintió la princesa que se le desataba una liga, y, suspendiendo el baile, se dirigió con disimulo a un bosquecillo cercano para atársela de nuevo. Descubierta tenía ya Su Alteza la bien torneada pierna, había estirado ya la blanca media de seda y se preparaba a sujetarla con la liga que tenía en la mano, cuando oyó un ruido de alas, y vio venir hacia ella el pájaro verde, que le arrebató la liga en el ebúrneo pico y desapareció al punto. La princesa dio un grito y cayó desmayada.<br />
     Acudieron los pretendientes y su padre. Ella volvió en sí, y lo primero que dijo fue:<br />
     -¡Que me busquen el pájaro verde..., que me le traigan vivo..., que no le maten..., yo quiero poseer vivo el pájaro verde!<br />
     Mas en balde le buscaron los príncipes. En balde, a pesar de lo mandado por la princesa de que no se pensase en matar el pájaro verde, se soltaron contra él neblíes, sacres, gerifaltes y hasta águilas caudales, domesticadas y adiestradas en la cetrería. El pájaro verde no pareció ni vivo ni muerto.<br />
     El deseo no cumplido de poseerle atormentaba a la princesa y acrecentaba su mal humor. Aquella noche no pudo dormir. Lo mejor que pensaba de los príncipes era que no valían para nada.<br />
     Apenas vino el día, se alzó del lecho, y en ligeras ropas de levantar, sin corsé ni miriñaque, más hermosa e interesante en aquel deshabillé, pálida y ojerosa, se dirigió con su doncella favorita a lo más frondoso del bosque que estaba a la espalda de palacio, y donde se alzaba el sepulcro de su madre. Allí se puso a llorar y a lamentar su suerte.<br />
     -¿De qué me sirven -decía- todas mis riquezas, si las desprecio; todos los príncipes del mundo, si no los amo; de qué mi reino, si no te tengo a ti, madre mía, y de qué todos mis primores y joyas, si no poseo el hermoso pájaro verde?<br />
     Con esto, y como para consolarse algo, desenlazó el cordón de su vestido y sacó del pecho un rico guardapelo, donde guardaba un rizo de su madre, que se puso a besar. Mas apenas empezó a besarle, cuando acudió más rápido que nunca el pájaro verde, tocó con su ebúrneo pico los labios de la princesa y arrebató el guardapelo, que durante tantos años había reposado contra su corazón, y en tan oculto y deseado lugar había permanecido. El robador desapareció en seguida, remontando el vuelo y perdiéndose en las nubes.<br />
     Esta vez no se desmayó la princesa; antes bien, se paró muy colorada y dijo a la doncella:<br />
     -Mírame, mírame los labios; ese pájaro insolente me los ha herido, porque me arden.<br />
     La doncella los miró y no notó picadura ninguna; pero indudablemente el pájaro había puesto en ellos algo de ponzoña, porque el traidor no volvió a aparecer en adelante, y la princesa fue desmejorándose por grados, hasta caer enferma de mucho peligro. Una fiebre singular la consumía, y casi no hablaba sino para decir:<br />
     -Que no le maten... que me le traigan vivo... yo quiero poseerle.<br />
     Los médicos estaban de acuerdo en que la única medicina para curar a la princesa era traerle vivo el pájaro verde. Mas, ¿dónde hallarle? Inútil fue que le buscasen los más hábiles cazadores. Inútil que se ofreciesen sumas enormes a quien le trajera.<br />
     El rey Venturoso reunió un gran congreso de sabios a fin de qué averiguasen, so pena de incurrir en su justa indignación, quién era y dónde vivía el pájaro verde, cuyo recuerdo atormentaba a su hija.<br />
     Cuarenta días y cuarenta noches estuvieron los sabios reunidos, sin cesar de meditar y disertar sino para dormir un poco y alimentarse. Pronunciaron muy doctos y elocuentes discursos, pero nada averiguaron.<br />
     -Señor -dijeron al cabo todos ellos al rey, postrándose humildemente a sus pies e hiriendo el polvo con las respetables frentes-, somos unos mentecatos; haz que nos ahorquen; nuestra ciencia es una mentira: ignoramos quién sea el pájaro verde, y sólo nos atrevemos a sospechar si será acaso el ave fénix del Arabia.<br />
     -Levantaos -contestó el rey con notable magnanimidad-; yo os perdono y os agradezco la indicación sobre el ave fénix. Sin tardanza saldrán siete de vosotros con ricos presentes para la reina de Sabá y con todos los recursos de que yo puedo disponer para cazar pájaros vivos. El fénix debe de tener su nido en el país sabeo, y de allí habéis de traérmele, si no queréis que mi cólera regia os castigue, aunque tratéis de evitarla escondiéndoos en las entrañas de la tierra.<br />
     En efecto, salieron para el Arabia siete sabios de los más versados en lingüística, y entre ellos el ministro de Negocios Extranjeros, sobre lo cual tuvo mucho que reír el príncipe tártaro.<br />
     Este príncipe envió también cartas a su padre, que era el más famoso encantador de aquella edad, consultándole sobre el caso del pájaro verde.<br />
     La princesa, en el ínterin, seguía muy mal de salud y lloraba tan abundantes lágrimas, que diariamente empapaba en ellas más de cincuenta pañuelos. Las lavanderas de palacio estaban con esto muy afanadas, y como entonces ni la persona más poderosa tenía tanta ropa blanca como ahora se usa, no hacían más que ir a lavar al río.</p>
<p>III<br />
     Una de estas lavanderas, que era, valiéndonos de cierta expresión a la moda, una pollita muy simpática, volvía un día, al anochecer, de lavar en el río los lacrimosos pañuelos de la princesa.<br />
     En medio del camino, y muy distante aún de las puertas de la ciudad, se sintió algo cansada y se sentó al pie de un árbol. Sacó del bolsillo una naranja, y ya iba a mondarla para comérsela, cuando se le escapó de las manos y empezó a rodar por aquella cuesta abajo con singular ligereza. La muchachuela corrió en pos de su naranja; pero mientras más corría más la naranja se adelantaba, sin que jamás se parase y sin que ella llegase a alcanzarla en la carrera, si bien no la perdía de vista. Cansada de correr, y sospechando, aunque poco experimentada en las cosas del mundo, que aquella naranja tan corredora no era del todo natural, la pobre se detenía a veces y pensaba en desistir de su empeño; pero la naranja al punto se detenía también, como si ya hubiese cesado en su movimiento y convidase a su dueño a que de nuevo la cogiese. Llegaba ella a tocarla con la mano, y la naranja se le deslizaba otra vez y continuaba su camino.<br />
     Embelesada estaba la lavanderilla en tan inaudita persecución, cuando notó al fin que se hallaba en un bosque intrincado, y que la noche se le venía encima, obscura como boca de lobo. Entonces tuvo miedo, y rompió en desconsoladísimo llanto. La obscuridad creció rápidamente, y ya no le permitió ni ver la naranja, ni orientarse, ni dar con el camino para volverse atrás.<br />
     Iba, pues, vagando a la ventura, afligidísima y muerta de hambre y cansancio, cuando columbró no muy lejos unas brillantes lucecitas. Imaginó ser las de la ciudad; dio gracias a Dios, y enderezó sus pasos hacia aquellas luces. Pero, ¡cuán grande no sería su sorpresa al encontrarse, a poco trecho y sin salir del intrincado bosque, a las puertas de un suntuosísimo palacio, que parecía un ascua de oro por lo que brillaba, y en cuya comparación pasaría por una pobre choza el espléndido alcázar del rey Venturoso!<br />
     No había guardia, ni portero, ni criados que impidiesen la entrada, y la chica, que no era corta y que además sentía el estímulo de la curiosidad y el deseo de albergarse y de comer algo, traspasó los umbrales, subió por una ancha y lujosa escalera de bruñido jaspe, y empezó a discurrir por los más ricos y elegantes salones que imaginarse pueden, aunque siempre sin ver a nadie. Los salones estaban, sin embargo, profusamente iluminados por mil lámparas de oro, cuyo perfumado aceite difundía suavísima fragancia. Los primorosos objetos que en los salones había eran para espantar por su riqueza y exquisito gusto, no ya a la lavanderilla, que poco de esto había disfrutado, sino a la mismísima reina Victoria, que hubiera confesado la relativa inferioridad de la industria inglesa, y hubiera dado patentes y medallas a los inventores y fabricantes de todos aquellos artículos.<br />
     La lavandera los admiró a su sabor, y admirándolos se fue poco a poco hacia un sitio de donde salía un rico olorcillo de viandas muy suculento y delicioso. De esta suerte llegó a la cocina, pero ni jefe, ni sota-cocineros, ni pinches, ni fregatrices había en ella; todo estaba desierto, como el resto del palacio. Ardían, no obstante, el fogón, el horno y las hornillas, y en ellos estaban al fuego infinito número de peroles, cacerolas y otras vasijas. Levantó nuestra aventurera la cubierta de una cacerola y vio en ella unas anguilas; levantó otra y vio una cabeza de jabalí desosada y rellena de pechugas de faisanes y de trufas; en resolución, vio los manjares más exquisitos que se presentan en las mesas de los reyes, emperadores y papas; y hasta vio algunos platos, al lado de los cuales los imperiales, papales y regios serían tan groseros como al lado de éstos un potaje de judías o un gazpacho.<br />
     Animada la chica con lo que veía y olía, se armó de un cuchillo y de un trinchante, y se lanzó con resolución sobre la cabeza de jabalí. Mas apenas hubo llegado a ella recibió en sus manos un golpe, dado al parecer por otra poderosa e invisible, y oyó una voz que le decía, tan de cerca que sintió la agitación del aire y el aliento caliente y vivo de las palabras:<br />
     -¡Tate... que es para mi señor el príncipe!<br />
     Se dirigió entonces a unas truchas salmonadas, creyéndolas manjar menos principesco y que le dejarían comer; pero la mano invisible vino de nuevo a castigar su atrevimiento, y la voz misteriosa a repetirle:<br />
     -¡Tate... que es para mi señor el príncipe!<br />
     Tentó, por último, mejor fortuna en tercero, cuarto y quinto plato; pero siempre le aconteció lo propio: así, tuvo con harta pena que resignarse a ayunar, y se salió despechada de la cocina.<br />
     Volvió luego a recorrer los salones, donde reinaba siempre la misma misteriosa soledad y donde el más profundo silencio parecía tener su morada, y llegó a una alcoba lindísima, en la cual sólo dos o tres luces, encerradas y amortecidas en vasos de alabastro, derramaban una claridad indecisa y voluptuosa, que estaba convidando al reposo y al sueño. Había en esta alcoba una cama tan cómoda y mullida, que nuestra lavandera, que estaba cansadísima, no pudo resistir a la tentación de tenderse en ella y descansar. Iba a poner en ejecución su propósito, y ya se había sentado y se disponía a tenderse, cuando en la parte misma de su cuerpo con que acababa de tocar la cama sintió una dolorosa picadura, como si con un alfiler de a ochavo la punzasen, y oyó de nuevo una voz que decía:<br />
     -¡Tate... que es para mi señor el príncipe!<br />
     No hay que decir que la lavanderilla se asustó y afligió con esto, resignándose a no dormir, como a no comer se había resignado, y para distraer el hambre y el sueño se puso a registrar cuantos objetos había en la alcoba, llevando su curiosidad hasta levantar las colgaduras y los tapices.<br />
     Detrás de uno de éstos descubrió nuestra heroína una primorosa puertecilla secreta de sándalo con embutidos de nácar. La empujó suavemente, y, cediendo la puerta, se encontró en una escalera de caracol, de mármol blanco. Por ella bajó sin detenerse a uno como invernáculo, donde crecían las plantas y las flores más aromáticas y extrañas, y en cuyo centro había una taza inmensa, hecha, al parecer, de un solo, limpio y diáfano topacio. Se levantaba del medio de la taza un surtidor tan gigantesco como el que hay ahora en la Puerta del Sol, pero con la diferencia de que el agua del de la Puerta del Sol es natural y ordinaria, y la de éste era agua de olor, y tenía además en sí misma todos los colores del iris y luz propia, lo cual, como ya calculará el lector, le daba un aspecto sumamente agradable. Hasta el murmullo que hacía esta agua al caer tenía algo más musical y acordado que el que producen otras, y se diría que aquel surtidor cantaba alguna de las más enamoradas canciones de Mozart o de Bellini.<br />
     Absorta estaba la lavandera mirando aquellas bellezas y gozando de aquella armonía, cuando oyó un grande estrépito y vio abrirse una ventana de cristales. La lavandera se escondió precipitadamente detrás de una masa de verdura, a fin de no ser vista y poder ver a las personas o seres que sin duda se acercaban.<br />
     Éstos eran tres pájaros rarísimos y lindísimos, uno de ellos todo verde y brillante como una esmeralda. En él creyó ver la lavandera, con notable contento, al que era causa, según todo el mundo aseguraba, de la pertinaz dolencia de la princesa Venturosa. Los otros dos pájaros no eran, ni con mucho, tan bellos; pero tampoco carecían de mérito singular. Los tres venían con muy ligero vuelo, y los tres se abatieron sobre la taza de topacio y se zambulleron en ella.<br />
     A poco rato vio la lavandera que del seno diáfano del agua salían tres mancebos tan lindos, bien formados y blancos, que parecían estatuas peregrinas hechas por mano maestra, con mármol teñido de rosas. La chica, que en honor de la verdad se debe decir que jamás había visto hombres desnudos, y que de ver a su padre, a sus hermanos y a otros amigos, vestidos y mal vestidos, no podía deducir hasta dónde era capaz de elevarse la hermosura humana masculina, se figuró que miraba a tres genios inmortales o a tres ángeles del cielo. Así es que, sin ruborizarse, los siguió mirando con bastante complacencia, como objetos santos y nada pecaminosos. Pero los tres salieron al punto del agua y pronto se vistieron de elegantes ropas.<br />
     Uno de ellos, el más hermoso de los tres, llevaba sobre la cabeza una diadema de esmeraldas, y era acatado de los otros como señor soberano. Si desnuda le pareció a la lavanderilla un ángel o un genio por la hermosura, ya vestido la deslumbró con su majestad, y le pareció el emperador del mundo y el príncipe más adorable de la tierra.<br />
     Aquellos señores se dirigieron en seguida al comedor y se sentaron en una espléndida mesa, donde había tres cubiertos preparados. Una música sumisa e invisible les hizo salva al llegar y les regaló los oídos mientras comían. Criados, invisibles también, iban trayendo los platos y sirviendo admirablemente la mesa. Todo esto lo veía y notaba la lavanderilla, que, sin ser vista ni oída, había seguido a aquellos señores y estaba escondida en el comedor detrás de un cortinaje.<br />
     Desde allí pudo oír algo de la conversación y comprender que el más hermoso de los mancebos era el príncipe heredero del grande Imperio de la China, y los otros dos, el uno su secretario y el otro su escudero más querido; los cuales estaban encantados y transformados en pájaros durante todo el día, y sólo por la noche recobraban su ser natural, previo el baño de la fuente.<br />
     Notó asimismo la curiosa lavandera que el príncipe de las esmeraldas apenas comía, aunque sus familiares le rogaban que comiese, y que se mostraba melancólico y arrobado, exhalando a veces de lo más hondo del hermosísimo pecho un ardiente suspiro.</p>
<p>IV<br />
     Refieren las crónicas que vamos extractando que, terminado ya aquel opíparo y poco alegre festín, el príncipe de las esmeraldas, volviendo en sí como de algún sueño, alzó la voz y dijo:<br />
     -Secretario, tráeme la cajita de mis entretenimientos.<br />
     El secretario se levantó de la mesa y volvió de allí a poco con la cajita más preciosa que han visto ojos mortales. Aquella en que encerró Alejandro la Iliada era, en comparación de ésta, más chapucera y pobre que una caja de turrón de Jijona.<br />
     El príncipe tomó la cajita en sus manos, la abrió y estuvo largo rato contemplando con ojos amorosos lo que había en el fondo de ella. Metió luego la mano en la cajita y sacó un cordón. Le besó apasionadamente, derramó sobre él lágrimas de ternura y prorrumpió en estas palabras:<br />
               	¡Ay, cordoncito de mi señora!<br />
               	¡Quién la viera ahora!<br />
     Colocó de nuevo el cordón en la cajita, y sacó de ella una liga bordada y muy limpia. La besó, la acarició también y exclamó al besarla:<br />
               	¡Ay, linda liga de mi señora!<br />
               	¡Quién la viera ahora!<br />
     Sacó, por último, un precioso guardapelo, y si mucho había besado cordón y liga, más le besó y más le acarició aún, diciendo con acento tristísimo, que partía los corazones y hasta las peñas:<br />
               	¡Ay, guardapelo de mi señora!<br />
               	¡Quién la viera ahora!<br />
     A poco el príncipe y los dos familiares se retiraron a sus alcobas, y la lavanderilla no se atrevió a seguirlos. Viéndose sola en el comedor, se acercó a la mesa, donde aún estaban casi intactos los ricos manjares, los confites, las frutas y los generosos y chispeantes vinos; pero el recuerdo de la voz misteriosa y de la mano invisible la detenían y la obligaban a contentarse con mirar y oler.<br />
     Para gozar de este incompleto deleite, se acercó tanto a los manjares, que vino a ponerse entre la mesa y la silla del príncipe. Entonces sintió, no ya una, sino dos manos invisibles que le caían sobre los hombros oprimiéndola. La voz misteriosa le dijo:<br />
     -Siéntate y come.<br />
     En efecto, se halló sentada en la misma silla del príncipe; y, ya autorizada por la voz, se puso a comer con un apetito extraordinario, que la novedad y lo exquisito de la comida hacían mayor aún, y comiendo se quedó profundamente dormida.<br />
     Cuando despertó era muy de día. Abrió los ojos, y se encontró en medio del campo, tendida al pie del árbol donde había querido comerse la naranja. Allí estaba la ropa que había traído del río, y hasta la naranja corredora estaba allí también.<br />
     -¿Si habrá sido todo un sueño? -dijo para sí la lavanderilla-. Quisiera volver al palacio del príncipe de la China para cerciorarme de que aquellas magnificencias son reales y no soñadas.<br />
     Diciendo esto, tiró al suelo la naranja para ver si le mostraba nuevamente el camino; pero la naranja rodaba un poco y luego se detenía en cualquier hoyo o tropiezo, o cuando el impulso con que se movía dejaba de ser eficaz. En suma, la naranja hacía lo que hacen de ordinario, en idénticas circunstancias, todas las naranjas naturales. Su conducta no tenía nada de extraño ni de maravilloso.<br />
     Despechada entonces la muchacha, partió la naranja y vio que por dentro era como las demás. Se la comió, y le supo a lo mismo que cuantas naranjas había comido antes.<br />
     Ya apenas dudó de que había soñado.<br />
     -Ningún objeto tengo -añadió- con que convencerme a mí propia de la realidad de lo que he visto: mas iré a ver a la princesa y se lo contaré todo, por lo que pueda importarle.</p>
<p>V<br />
     Mientras acontecían, en sueño o en realidad, los poco ordinarios sucesos que quedan referidos, la princesa Venturosa, fatigada de tanto llorar, estaba durmiendo tranquilamente; y aunque eran ya las ocho de la mañana, hora en que todo el mundo solía estar levantado y aun almorzado en aquella época, la princesita, sin dar acuerdo de su persona, seguía en la cama.<br />
     Muy interesante juzgó, sin duda, su doncella favorita las nuevas que le traía, cuando se atrevió a despertarla. Entró en su alcoba, abrió la ventana y exclamó con alborozo:<br />
     -Señora, señora, despertad y alegraos, que ya hay quien os traiga nuevas del pájaro verde.<br />
     La princesa se despertó, se restregó los ojos, se incorporó y dijo:<br />
     -¿Han vuelto los siete sabios que fueron al país sabeo?<br />
     -Nada de eso -contestó la doncella-; quien trae las nuevas es una de las lavanderillas que lavan los lacrimosos pañuelos de vuestra alteza.<br />
     -Pues hazla entrar al momento.<br />
     Entró la lavanderilla, que estaba ya detrás de una puerta aguardando este permiso, y empezó a referir con gran puntualidad y despejo cuanto le había pasado.<br />
     Al oír la aparición del pájaro verde, la princesa se llenó de júbilo, y al escuchar su salida del agua convertido en hermoso príncipe, se puso encendida como la grana, una celestial y amorosa sonrisa vagó sobre sus labios y sus ojos se cerraron blandamente como para reconcentrarse ella en sí misma y ver al príncipe con los ojos del alma. Por último, al saber la mucha estima, veneración y afecto que el príncipe le tenía, y el amor y cuidado con que guardaba las tres prendas robadas en la preciosa cajita de sus entretenimientos, la princesita, a pesar de su modestia, no pudo contenerse, abrazó y besó a la lavanderilla y a la doncella e hizo otros extremos no menos disculpables, inocentes y delicados.<br />
     -Ahora sí -decía- que puedo llamarme propiamente la princesa Venturosa. Este capricho de poseer el pájaro verde no era capricho, era amor. Era y es un amor que, por oculto y no acostumbrado camino, ha penetrado en mi corazón. No he visto al príncipe, y creo que es hermoso. No le he hablado, y presumo que es discreto. No sé de los sucesos de su vida, sino que está encantado y que me tiene encantada, y doy por cierto que es valiente, generoso y leal.<br />
     -Señora -dijo la lavanderilla-, yo puedo asegurar a vuestra alteza que el príncipe, si mi visión no es un sueño vano, parece un pino de oro, y tiene una cara tan bondadosa y dulce que da gloria verla. El secretario no es mal mozo tampoco; pero al que yo, no sé por qué, le he tomado afición, es al escudero.<br />
     -Tú te casarás con el escudero -replicó la princesa-. Mi doncella, si gusta, se casará con el secretario, y ambas seréis mandarinas y damas de mi corte. Tu sueño no ha sido sueño, sino realidad. El corazón me lo dice. Lo que importa ahora es desencantar a los tres pájaros mancebos.<br />
     -¿Y cómo podremos desencantarlos? -dijo la doncella favorita.<br />
     -Yo misma -contestó la princesa- iré al palacio en que viven, y allí veremos. Tú me guiarás, lavanderilla.<br />
     Ésta, que no había terminado su narración, la terminó entonces, e hizo ver que no podía servir de guía.<br />
     La princesa la escuchó con mucha atención, estuvo meditando un rato, y dijo luego a la doncella:<br />
     -Ve a mi biblioteca y tráeme el libro de Los reyes contemporáneos y el Almanaque astronómico.<br />
     Venidos que fueron estos volúmenes, hojeó la princesa el de Los reyes, y leyó en alta voz los siguientes renglones:<br />
     «El mismo día en que murió el emperador chinesco, su único hijo, que debía heredarle, desapareció de la corte y de todo el Imperio. Sus súbditos, creyéndole muerto, han tenido que someterse al Kan de Tartaria.»<br />
     -¿Qué deducís de eso, señora? -dijo la doncella.<br />
     -¿Qué he de deducir -respondió la princesa Venturosa-, sino que el Kan de Tartaria es quien tiene encantado a mi príncipe para usurparle la corona? He ahí por qué aborrezco yo tanto al príncipe tártaro. Ahora me lo explico todo.<br />
     -Pero no basta explicárselo; menester es remediarlo -dijo la lavandera.<br />
     -De ello trato -añadió la princesa-, y para ello conviene que al instante se manden hombres armados, que inspiren la mayor confianza, a todos los caminos y encrucijadas por donde puedan venir los correos que envió el príncipe tártaro al rey su padre, para consultarle sobre el caso del pájaro verde. Las cartas que trajeren les serán arrebatadas y se me entregarán. Si los mensajeros se resisten, serán muertos; si ceden, serán aprisionados e incomunicados, a fin de que nadie sepa lo que acontece. Ni el rey mi padre ha de saberlo. Todo lo dispondremos entre las tres con el mayor sigilo. Aquí tenéis dinero bastante para comprar el silencio, la fidelidad y la energía de los hombres que han de ejecutar mi proyecto.<br />
     Y, efectivamente, la princesa, que ya se había levantado y estaba de bata y en babuchas, sacó de un escaparate dos grandes bolsas llenas de oro y se las dio a sus confidentas.<br />
     Éstas partieron sin tardanza a poner en ejecución lo convenido, y la princesa Venturosa se quedó estudiando profundamente el Almanaque astronómico.</p>
<p>VI<br />
     Cinco días habían pasado desde el momento en que tuvo lugar la escena anterior. La princesa no había llorado en todo ese tiempo, causando no poco asombro y placer al rey su padre. La princesa había estado hasta jovial y bromista, dando leves esperanzas a los príncipes pretendientes de que al fin se decidiría por uno de ellos, porque los pretendientes se las prometen siempre felices.<br />
     Nadie había sospechado la causa de tan repentina mudanza y de tan inesperado alivio en la princesa.<br />
     Sólo el príncipe tártaro, que era diabólicamente sagaz, recelaba, aunque de una manera muy vaga, que la princesa había recibido alguna noticia del pájaro verde. Tenía, además, el príncipe tártaro el misterioso presentimiento de una gran desgracia, y había adivinado por el arte mágica, que su padre le enseñara, que en el pájaro verde debía mirar un enemigo. Calculando, además, como sabedor del camino y del tiempo que en él debe emplearse, que aquel día debían llegar los mensajeros que envió a su padre, y ansioso de saber lo que respondía éste a la consulta que le hizo, montó a caballo al amanecer, y con cuarenta de los suyos, todos bien armados, salió en busca de los mensajeros referidos.<br />
     Mas aunque el príncipe tártaro salió con gran secreto la princesa Venturosa, que tenía espías, y estaba, como vulgarmente se dice, con la barba sobre el hombro, supo al instante su partida y llamó a consejo a la lavanderilla y a la doncella.<br />
     Luego que las tuvo presentes, les dijo muy angustiada:<br />
     -Mi situación es terrible. Tres veces he ido inútilmente a tirar la naranja debajo del árbol desde donde la tiró la lavanderilla; pero la naranja no ha querido guiarme al alcázar de mi amante. Ni le he visto ni he podido averiguar el modo de desencantarle. Sólo he averiguado, por el Almanaque astronómico, que la noche en que la lavanderilla le vio era el equinoccio de primavera. Acaso no sea posible volver a verle hasta el próximo equinoccio de la misma estación, y ya para entonces el príncipe tártaro me le habrá muerto. El príncipe le matará en cuanto reciba la carta de su padre, y ya ha salido a buscarla con cuarenta de los suyos.<br />
     -No os aflijáis, hermosa princesa -dijo la doncella favorita-; tres partidas de cien hombres están esperando a los mensajeros en diferentes puntos para arrebatarles la carta y traérosla. Los trescientos son briosos, llevan armas de finísimo temple y no se dejarán vencer por el príncipe tártaro, a pesar de sus artes mágicas.<br />
     -Sin embargo, yo soy de opinión -añadió la lavandera- de que se envíen más hombres contra el príncipe tártaro. Aunque éste, a la verdad, sólo lleva cuarenta consigo, todos ellos, según se dice, tienen corazas y flechas encantadas, que a cada uno le hacen valer por diez.<br />
     El prudente consejo de la lavandera fue adoptado en seguida. La princesa hizo venir secretamente a su estancia al más bizarro y entendido general de su padre. Le contó todo lo que pasaba, le confió sus penas y le pidió su apoyo. Éste se le otorgó, y reuniendo apresuradamente un numeroso escuadrón de soldados, salió de la capital decidido a morir en la demanda o traer a la princesa la carta del Kan de Tartaria y al hijo del Kan, vivo o muerto.<br />
     Después de la partida del general, la princesa juzgó conveniente informar al rey Venturoso de cuanto había acontecido. El rey se puso fuera de sí. Dijo que toda la historia del pájaro verde era un sueño ridículo de su hija y la lavandera, y se lamentó de que fundada su hija en un sueño enviase a tantos asesinos contra un príncipe ilustre, faltando a las leyes de la hospitalidad, al derecho de gentes y a todos los preceptos morales.<br />
     -¡Ay, hija! -exclamaba-, tú has echado un sangriento borrón sobre mi claro nombre, si esto no se remedia.<br />
     La princesa se acongojó también y se arrepintió de lo que había hecho. A pesar de su vehemente amor al príncipe de la China, prefería ya dejarle eternamente encantado a que por su amor se derramase una sola gota de sangre.<br />
     Así es que se enviaron despachos al general para que no empeñase una batalla; pero todo fue inútil. El general había ido tan veloz, que no hubo medio de alcanzarle. Entonces aún no había telégrafos, y los despachos no pudieron entregarse. Cuando llegaron los correos donde estaba el general, vieron venir huyendo a todos los soldados del rey, y los imitaron. Los cuarenta de la escolta tártara, que eran otros tantos genios, corrían en su persecución transformados en espantosos vestiglos, que arrojaban fuego por la boca.<br />
     Sólo el general, cuya bizarría, serenidad y destreza en las armas rayaba en lo sobrehumano, permaneció impávido en medio de aquel terror harto disculpable. El general se fue hacia el príncipe, único enemigo no fantástico con quien podía habérselas, y empezó a reñir con él la más brava y descomunal pelea. Pero las armas del príncipe tártaro estaban encantadas, y el general no podía herirle. Conociendo entonces que era imposible acabar con él si no recurría a una estratagema, se apartó un buen trecho de su contrario, se desató rápidamente una larga y fuerte faja de seda que le ceñía el talle, hizo con ella, sin ser notado, un lazo escurridizo, y revolviendo sobre el príncipe con inaudita velocidad, le echó al cuello el lazo y siguió con su caballo a todo correr, haciendo caer al príncipe y arrastrándole en la carrera.<br />
     De esta suerte ahogó el general al príncipe tártaro. No bien murió, los genios desaparecieron, y los soldados del rey Venturoso se rehicieron y reunieron a su jefe. Éste esperó con ellos a los enviados que traían la carta del Kan de Tartaria, y que no se hicieron esperar mucho tiempo.<br />
     Al anochecer de aquel mismo día volvió a entrar el general en el palacio del rey Venturoso con la carta del Kan de Tartaria entre las manos. Haciendo un gentil y respetuoso saludo, se la entregó a la princesa.<br />
     Rompió ésta el sello y se puso a leer, pero inútilmente: no entendió una palabra. Al rey Venturoso le sucedió lo mismo. Llamaron a todos los empleados en la interpretación de lenguas, que no descifraron tampoco aquella escritura. Los individuos de las doce reales academias vinieron luego y no se mostraron más hábiles.<br />
     Los siete sabios, tan profundos en lingüística, que acababan de llegar sin el ave fénix, y que por ende estaban condenados a morir, acudieron también; mas, aunque se les prometió el perdón si leían aquella carta, no acertaron a leerla, ni pudieron decir en qué lengua estaba escrita.<br />
     El rey Venturoso se creyó entonces el más desventurado de todos los reyes; se lamentó de haber sido cómplice de un crimen inútil, y temió la venganza del poderoso Kan de Tartaria. Aquella noche no pudo pegar los ojos hasta muy tarde.<br />
     Su dolor fue, con todo, mucho más desesperado cuando al despertarse al otro día muy de mañana supo que la princesa había desaparecido, dejándole escritas las siguientes palabras:<br />
     «Padre: ni me busques, ni pretendas averiguar adónde voy, si no quieres verme muerta. Bástete saber que vivo y que estoy bien de salud, aunque no volverás a verme hasta que tenga descifrada la carta misteriosa del Kan y desencantado a mi querido príncipe. Adiós.»</p>
<p>VII<br />
     La princesa Venturosa había ido con sus dos amigas, a pie y en romería, a visitar a un santo ermitaño que vivía en las soledades y asperezas de unas montañas altísimas que a corta distancia de la capital se parecían.<br />
     Aunque la princesa y sus amigas hubiesen querido ir caballeras hasta la ermita, no hubiera sido posible. El camino era más propio de cabras que de camellos, elefantes, caballos, mulos y asnos, que, con perdón sea dicho, eran los cuadrúpedos en que se solía cabalgar en aquel reino. Por esto y por devoción fue la princesa a pie y sin otra comitiva que sus dos confidentas.<br />
     El ermitaño que iban a visitar era un varón muy penitente y estaba en olor de santidad. El vulgo pretendía también que el ermitaño era inmortal, y no dejaba de tener razonables fundamentos para esta pretensión. En toda la comarca no había memoria de cuándo fue el ermitaño a establecerse en lo recóndito de aquella sierra, en la cual raras veces se dejaba ver de ojos humanos.<br />
     La princesa y sus amigas, atraídas por la fama de su virtud, y de su ciencia, anduvieron buscándole siete días por aquellos vericuetos y andurriales. Durante el día caminaban en su busca entre breñas y malezas. Por la noche se guarecían en las concavidades de los peñascos. Nadie había que las guiase, así por lo fragoso del sitio, ni de los cabrerizos frecuentado, como por el temor que inspiraba la maldición del ermitaño, pronto a echarla a quien invadía su dominio temporal o a quien le perturbaba en sus oraciones. Ya se entiende que este ermitaño, tan maldiciente, era pagano. A pesar de la natural bondad de su alma, su religión sombría y terrible le obligaba a maldecir y a lanzar anatemas. Pero las tres amigas, imaginando, como por inspiración, que sólo el ermitaño podía descifrarles la carta, se decidieron a arrostrar sus maldiciones y le buscaron, según queda dicho, por espacio de siete días.<br />
     En la noche del séptimo iban ya las tres peregrinas a guarecerse en una caverna para reposar, cuando descubrieron al ermitaño mismo orando en el fondo. Una lámpara iluminaba con luz incierta y melancólica aquel misterioso retiro.<br />
     Las tres temblaron de ser maldecidas, y casi se arrepintieron de haber ido hasta allí. Pero el ermitaño, cuya barba era más blanca que la nieve, cuya piel estaba más arrugada que una pasa y cuyo cuerpo se asemejaba a un consunto esqueleto, echó sobre ellas una mirada penetrante con unos ojos, aunque hundidos, relucientes como dos ascuas, y dijo con voz entera, alegre y suave.<br />
     -Gracias al cielo que al fin estáis aquí. Cien años ha que os espero. Deseaba la muerte, y no podía morir hasta cumplir con vosotras un deber que me ha impuesto el rey de los genios. Yo soy el único sabio que habla aún y entiende la lengua riquísima que se hablaba en Babel antes de la confusión. Cada palabra de esta lengua es un conjuro eficaz que fuerza y mueve a las potestades infernales a servir a quien la pronuncia. Las palabras de esta lengua tienen la virtud de atar y desatar todos los lazos y leyes que unen y gobiernan las cosas naturales. La cábala no es sino un remedo groserísimo de esta lengua incomunicable y fecunda. Dialectos pobrísimos e imperfectísimos de ella son los más hermosos y completos idiomas del día. La ciencia de ahora, mentira y charlatanería, en comparación de la ciencia que aquella lengua llevaba en sí misma. Cada nombre de esta lengua contiene en sus letras la esencia de la cosa nombrada y sus ocultas calidades. Las cosas todas, al oírse llamar por su verdadero nombre, obedecen a quien las llama. Era tal el poder del linaje humano cuando poseía esta lengua, que pretendió escalar el cielo, y lo hubiera indudablemente conseguido si el cielo no hubiese dispuesto que la lengua primitiva se olvidase.<br />
     Sólo tres sabios bienintencionados, de los cuales han muerto ya dos, guardaron en la memoria aquel idioma. Le guardaron asimismo, por especial privilegio de los diablos, Nembrot y sus descendientes. El último de éstos murió, una semana ha, por disposición tuya, ¡oh princesa Venturosa!, y ya no queda en el mundo sino una sola persona que pueda descifrarte la carta del Kan de Tartaria. Esa persona soy yo: y para hacerte ese servicio, el rey de los genios ha conservado siglos mi vida.<br />
     -Pues aquí tienes la carta, ¡oh venerable y profundo sabio! -dijo la princesa, poniendo en manos del ermitaño el misterioso escrito.<br />
     -Al punto voy a descifrártela -contestó el ermitaño, y se caló los espejuelos, y se acercó a la lámpara para leer. Más de dos horas estuvo leyendo en alta voz en la lengua en que la carta estaba escrita. A cada palabra que pronunciaba, el universo se conmovía, las estrellas se cubrían de mortal palidez, la Luna temblaba en el cielo como tiembla su imagen entre las olas del Océano, y la princesa y sus amigas tenían que cerrar los ojos y que taparse los oídos para no ver los espectros que se mostraban y para no oír las voces portentosas, terribles o dolientes, que partían de las entrañas mismas de la conturbada naturaleza.<br />
     Acabada la lectura, se quitó el ermitaño los espejuelos, y dijo con voz reposada:<br />
     -No es justo, ni conveniente, ni posible, ¡oh princesa Venturosa!, que sepas todo lo que en esta abominable carta se encierra. No es justo ni conveniente, porque hay en ella tremebundos y endemoniados misterios. No es posible, porque en cuantas lenguas humanas se hablan en el día son estos misterios inefables, inenarrables y hasta inexplicables. El linaje humano, por medio de su incompleta y enfermiza razón, llegará a conocer, cuando pasen millares de años, algunos accidentes de las cosas; pero siempre ignorará la substancia que yo conozco, que conoce el Kan de Tartaria y que han conocido los sabios primitivos que se valieron, para sus elucubraciones, de esta lengua perfectísima e intransmisible ya por nuestros pecados.<br />
     -Pues estamos frescas -dijo la lavanderilla- si después de lo que hemos pasado para encontraros y siendo vos el único que podéis traducir esa enmarañada carta, salís ahora con que no queréis traducirla.<br />
     -Ni quiero ni debo -replicó el vetusto y secular ermitaño-; pero sí os diré lo que la carta contiene de interés para vosotras, y os lo diré en brevísimas palabras, sin pararme en dibujos, porque los momentos de mi vida están contados y mi muerte se acerca. El príncipe de la China es, por sus virtudes, talento y hermosura, el favorito del rey de los genios, el cual le ha salvado mil veces de las asechanzas que el Kan de Tartaria ponía contra su vida. Viendo el Kan que le era imposible matarle, determinó valerse de un encanto para tenerle lejos de sus súbditos y reinar en lugar suyo en el Celeste Imperio. Bien hubiera querido el Kan que este encanto fuera indestructible y eterno; mas no pudo lograrlo, a pesar de sus maravillosos conocimientos en la magia. El rey de los genios se opuso a su mal deseo, y si bien no pudo hacer completamente ineficaces sus encantamientos y conjuros, supo despojarlos de gran parte de su malicia. Al príncipe, aunque convertido en pájaro, se le dio facultad para recobrar por la noche su verdadera figura. Tuvo también el príncipe un palacio donde vivir y ser tratado con todo el miramiento, honores y regalo debidos a su augusta categoría. Se acordó, por último, su desencanto si se cumplían las siguientes condiciones, que el Kan, así por la mala opinión que tiene de las mujeres como por lo pervertida y viciosa que está la raza humana en general, juzgó imposible de cumplir. Fue la primera condición, ya cumplida, que una mujer de veinte años, discreta, briosa y apasionada y de la más baja clase del pueblo, viese a los tres mancebos encantados, que son los más hermosos que hay en el mundo, salir desnudos del baño, y que la limpieza y castidad de su alma fuesen tales que no se turbasen ni empañasen con el más ligero estímulo de liviandad. Esta prueba había de hacerse en el equinoccio de primavera, cuando la naturaleza toda excita al amor. La mujer debía sentirle por la hermosura y admirarla vivamente; pero de un modo espiritual y santísimo. Fue la segunda condición, ya cumplida también, que el príncipe, sin poder mostrarse sino tres instantes, y esto bajo la forma de pájaro verde, inspirase un amor tan vehemente y casto como invencible a una princesa de su clase. La tercera condición, que ahora se está acabando de cumplir, fue que la princesa se apoderase de esta carta, y que yo la interpretara. La cuarta y última condición, en cuyo cumplimiento habéis de intervenir las tres doncellas que me estáis oyendo, es como sigue. Sólo me quedan dos minutos de vida; mas antes de morir os pondré en el palacio del príncipe, al lado de la taza de topacio. Allí irán los pájaros y se zambullirán, y se transformarán en hermosísimos mancebos. Vosotras tres los veréis; mas habéis de conservar, viéndolos, toda la castidad de vuestros pensamientos y toda la virginidad de vuestras almas, amando, empero, cada una a uno de los tres, con un amor santo e inocente. La princesa ama ya al príncipe de la China y la lavanderilla al escudero, y ambas han mostrado la inocencia de su amor: ahora falta que la doncella favorita de la princesa se enamore del secretario por idéntico estilo. Cuando los tres mancebos encantados vayan al comedor, los seguiréis sin ser vistas, y allí permaneceréis hasta que el príncipe pida la cajita de sus entretenimientos y diga, besando el cordoncito:<br />
               	¡Ay, cordoncito de mi señora!<br />
	¡Quién la viera ahora!<br />
     La princesa entonces, y vosotras con la princesa, os mostraréis al punto, y cada una dará un tierno beso en la mejilla izquierda al objeto de su amor. El encanto quedará deshecho en el acto, el Kan de Tartaria morirá de repente y el príncipe de la China, no sólo poseerá el Celeste Imperio, sino que heredará asimismo todos los kanatos, reinos y provincias que por derecho propio posee aquel encantador endiablado.<br />
     Apenas el ermitaño acabó de decir estas palabras, hizo una mueca muy rara, entreabrió la boca, estiró las piernas y se quedó muerto.<br />
     La princesa y sus amigas se encontraron de súbito detrás de una masa de verdura, al lado de la taza de topacio.<br />
     Todo se cumplió como el ermitaño había dicho.<br />
     Las tres estaban enamoradas; las tres eran castísimas e inocentes. Ni siquiera en el punto comprometido de dar el regalado y apretado beso sintieron más que una profunda conmoción toda mística y pura.<br />
     Así es que inmediatamente quedaron desencantados los tres mancebos. La China y la Tartaria fueron dichosas bajo el cetro del príncipe. La princesa y sus amigas lo fueron más aún casadas con aquellos hombres tan lindos. El rey Venturoso abdicó y se fue a vivir a la corte de su yerno, que estaba en Pekín. El general que mató al príncipe tártaro obtuvo todas las condecoraciones de China, el título de primer mandarín y una pensión de miles de miles para él y sus herederos.<br />
     Se cuenta, por último, que la princesa Venturosa y el ya emperador de China vivieron largos y felices años y tuvieron media docena de chiquillos a cual más hermosos. La lavanderilla y la doncella, con sus respectivos maridos, siguieron siempre gozando del favor de sus majestades y siendo los señores más principales de toda aquella tierra.</p>
<p>El pájaro verde<br />
     Juan Valera
</p>
<p><a href="http://cuentosacientos.nireblog.com/post/2009/12/14/juan-valera-y-el-pajaro-verde#comments">Comments</a></p>]]></description>
	<pubDate>Mon, 14 Dec 2009 16:07:56 +0100</pubDate>	</item>
	<item>
	<title>Uno de Jorge Bucay: El buscador</title>
	<link>http://cuentosacientos.nireblog.com/post/2009/12/14/uno-de-jorge-bucay-el-buscador</link>
	<guid>http://cuentosacientos.nireblog.com/post/2009/12/14/uno-de-jorge-bucay-el-buscador</guid>
		<description><![CDATA[<p><img id="image545479" alt="Jorge Bucay" src="http://files.nireblog.com/blogs/cuentosacientos/files/jorgebucay1.jpg" align="right" />
<p>El buscador. </p>
<p>Esta es la historia de un hombre al que yo definiría como buscador Un buscador es alguien que busca. No necesariamente es alguien que encuentra. Tampoco esa alguien que sabe lo que está buscando. Es simplemente para quien su vida es una búsqueda.</p>
<p>Un día un buscador sintió que debía ir hacia la ciudad de Kammir. Él había aprendido a hacer caso riguroso a esas sensaciones que venían de un lugar desconocido de sí mismo, así que dejó todo y partió. </p>
<p>Después de dos días de marcha por los polvorientos caminos divisó Kammir, a lo lejos. Un poco antes de llegar al pueblo, una colina a la derecha del sendero le llamó la atención. Estaba tapizada de un verde maravilloso y había un montón de árboles, pájaros y flores encantadoras. La rodeaba por completo una especie de valla pequeña de madera lustrada… </p>
<p>Una portezuela de bronce lo invitaba a entrar. De pronto sintió que olvidaba el pueblo y sucumbió ante la tentación de descansar por un momento en ese lugar. El buscador traspaso el portal y empezó a caminar lentamente entre las piedras blancas que estaban distribuidas como al azar, entre los árboles. </p>
<p>Dejó que sus ojos eran los de un buscador, quizá por eso descubrió, sobre una de las piedras, aquella inscripción … “Abedul Tare, vivió 8 años, 6 meses, 2 semanas y 3 días”. Se sobrecogió un poco al darse cuenta de que esa piedra no era simplemente una piedra. Era una lápida, sintió pena al pensar que un niño de tan corta edad estaba enterrado en ese lugar… </p>
<p>Mirando a su alrededor, el hombre se dio cuenta de que la piedra de al lado, también tenía una inscripción, se acercó a leerla decía “Llamar Kalib, vivió 5 años, 8 meses y 3 semanas”. El buscador se sintió terrible mente conmocionado. </p>
<p>Este hermoso lugar, era un cementerio y cada piedra una lápida. Todas tenían inscripciones similares: un nombre y el tiempo de vida exacto del muerto, pero lo que lo contactó con el espanto, fue comprobar que, el que más tiempo había vivido, apenas sobrepasaba 11 años. Embargado por un dolor terrible, se sentó y se puso a llorar. </p>
<p>El cuidador del cementerio pasaba por ahí y se acercó, lo miró llorar por un rato en silencio y luego le preguntó si lloraba por algún familiar.</p>
<p>- No ningún familiar – dijo el buscador - ¿Qué pasa con este pueblo?, ¿Qué cosa tan terrible hay en esta ciudad? ¿Por qué tantos niños muertos enterrados en este lugar? ¿Cuál es la horrible maldición que pesa sobre esta gente, que lo ha obligado a construir un cementerio de chicos?.</p>
<p>El anciano sonrió y dijo: -Puede usted serenarse, no hay tal maldición, lo que pasa es que aquí tenemos una vieja costumbre. Le contaré: cuando un joven cumple 15 años, sus padres le regalan una libreta, como esta que tengo aquí, colgando del cuello, y es tradición entre nosotros que, a partir de allí, cada vez que uno disfruta intensamente de algo, abre la libreta y anota en ella: a la izquierda que fue lo disfrutado…, a la derecha, cuanto tiempo duró ese gozo:</p>
<p>¿Conoció a su novia y se enamoró de ella? ¿Cuánto tiempo duró esa pasión enorme y el placer de conocerla?…¿Una semana?, dos?, ¿tres semanas y media?… </p>
<p>Y después… la emoción del primer beso, ¿cuánto duró?, ¿El minuto y medio del beso?, ¿Dos días?, ¿Una semana? … </p>
<p>¿y el embarazo o el nacimiento del primer hijo? …, </p>
<p>¿y el casamiento de los amigos…?, </p>
<p>¿y el viaje más deseado…?, </p>
<p>¿y el encuentro con el hermano que vuelve de un país lejano…?</p>
<p>¿Cuánto duró el disfrutar de estas situaciones?… ¿horas?, ¿días?… </p>
<p>Así vamos anotando en la libreta cada momento, cuando alguien se muere, es nuestra costumbre abrir su libreta y sumar el tiempo de lo disfrutado, para escribirlo sobre su tumba. Porque ese es, para nosotros, el único y verdadero tiempo vivido.
</p>
<p><a href="http://cuentosacientos.nireblog.com/post/2009/12/14/uno-de-jorge-bucay-el-buscador#comments">Comments</a></p>]]></description>
	<pubDate>Mon, 14 Dec 2009 16:06:10 +0100</pubDate>	</item>
	<item>
	<title>Lorena Serrano, alumna de 6º de primaria</title>
	<link>http://cuentosacientos.nireblog.com/post/2009/12/10/lorena-serrano-alumna-de-6-de-primaria</link>
	<guid>http://cuentosacientos.nireblog.com/post/2009/12/10/lorena-serrano-alumna-de-6-de-primaria</guid>
		<description><![CDATA[<p><img id="image544211" alt="El tesoro perdido" src="http://files.nireblog.com/blogs/cuentosacientos/files/islatesoro.jpg" align="right" />
<p><em>Aquí dejamos este cuento de Lorena, deslumbrante por su imaginación. Nuestra más sincera enhorabuena y esperamos que siga escribiendo y compartiendo con nosotros lo que escribe </p>
<p>El tesoro perdido</p>
<p>Hola me llamo Lorena, el otro día estaba limpiando mi habitación y me encontré un mapa y la letra era tan pequeña que acabe encendiendo la lamparita. Me di cuenta de que por detrás había un manuscrito y ponía lo siguiente:<br />
“Dirígete a la isla del Grito, por favor”. Hace once años intenté dirigirme pero al final acabé en la isla del Belbe. ¡Ah, lo siento no me he presentado!, me llamo Hijo del Sol.<br />
- ¿Cómo te llamas?. Si encuentras el tesoro es un…. ahora no me acuerdo.<br />
Hijo del Sol</p>
<p>Yo hice lo que el me dijo, pero antes fui a despedirme de mi familia y escogí a cuatro amigos para el viaje. ¡Ah! Se me olvidaba que tenía que coger el barco de mi padre. Y cuando todo estuvo listo, Ana, Juan, José y Mª Paz fueron a coger mucha comida desde chuches hasta comida de verdad. Y al cabo de unas horas partimos hacia la isla de Grito.<br />
Después de una semana y una hora llegamos a la isla de Celi y tuvimos que hacer otro viaje pero sólo duró una hora. Nos recibió un hombre muy raro que decía que nosotros éramos salvadores y Mª Paz dijo: “Lo sentimos mucho pero solo buscamos un tesoro” y el hombre dijo: “¡ Ja, ja, ja…! Se donde esta y no os ayudaré. Y yo dije:  “tenemos el mapa y lo encontraremos con tu ayuda o sin tu ayuda, vale, hombre raro. Anda que te presentas” y él dijo me llamo: “Hijo de la Luna” y yo dije: “el mapa me lo mandó una tal Hijo del Sol” y él dijo: “Yo le conozco él encontró el tesoro pero yo se lo arrebaté y lo volví a esconder a ver si lo encontráis”.<br />
Juan y José tenían mucho miedo de ese hombre. Yo dije: “A ver chicos tranquilos, Mª Paz y Juan irán juntos y Ana y José irán juntos y yo iré sola. He hecho estos grupos porque Juan y José tienen miedo, además no pasará nada si mantenemos la calma y todo saldrá bien.<br />
Juan y José gritaron: “un monooooooooo, ¡que miedo!” y todas las chicas les dijimos que no pasaba nada y que no eran carnívoros  y todos nos reímos. Estuvimos buscando y buscando todo el día. Cuando llegó la noche nos reunimos todos juntos y yo dije: “Hoy hemos buscado por el sur, por el norte y por el centro, mañana buscaremos por el oeste y por el este”.<br />
Juan y José bostezaron y se quedaron dormidos. Ana, Mª Paz y yo estuvimos contando estrellas y al cabo de tres horas nos dormimos. Por la mañana fuimos en busca del tesoro y al cabo de dos horas, Juan y Mª Paz lo encontraron y fuimos a ver, era un cofre y se abrió solo. ¿Sabéis lo que había dentro? Unos preciosos collares. Tenían tres símbolos y eran corazón, estrella y flor. Volvimos a casa y las chicas llevábamos los collares puestos y todos estaban contentos de nuestra llegada.<br />
¡Ah! Se me olvidaba, a Juan y a José se les quitó el miedo.
</p>
<p><a href="http://cuentosacientos.nireblog.com/post/2009/12/10/lorena-serrano-alumna-de-6-de-primaria#comments">Comments</a></p>]]></description>
	<pubDate>Thu, 10 Dec 2009 10:21:27 +0100</pubDate>	</item>
	<item>
	<title>Polifemo, de Palacio Valdés</title>
	<link>http://cuentosacientos.nireblog.com/post/2009/11/12/polifemo-de-palacio-valdes</link>
	<guid>http://cuentosacientos.nireblog.com/post/2009/11/12/polifemo-de-palacio-valdes</guid>
		<description><![CDATA[<p><img id="image541804" alt="Armando Palacio Valdés" src="http://files.nireblog.com/blogs/cuentosacientos/files/armando%20palacio%20valdes1.jpg" align="middle" class="imgcentro" /></p>
<p>El coronel Toledano, por mal nombre Polifemo, era un hombre feroz, que gastaba levita larga, pantalón de cuadros y sombrero de copa de alas anchurosas, reviradas; de estatura gigantesca, paso rígido, imponente; enormes bigotes blancos, voz de trueno y corazón de bronce. Pero aun más que esto, infundía pavor y grima la mirada torva, sedienta de sangre, de su ojo único. El coronel era tuerto. En la guerra de África había dado muerte a muchísimos moros, y se había gozado en arrancarles las entrañas aún palpitantes. Esto creíamos al menos ciegamente todos los chicos que al salir de la escuela íbamos a jugar al parque de San Francisco, en la muy noble y heroica ciudad de Oviedo.</p>
<p>Por allí paseaba también metódicamente los días claros, de doce a dos de la tarde, el implacable guerrero. Desde muy lejos columbrábamos entre los árboles su arrogante figura que infundía espanto en nuestros infantiles corazones; y cuando no, escuchábamos su voz fragorosa, resonando entre el follaje como un torrente que se despeña.</p>
<p>El coronel era sordo también, y no podía hablar sino a gritos.</p>
<p>-Voy a comunicarle a usted un secreto -decía a cualquiera que le acompañase en el paseo-. Mi sobrina Jacinta no quiere casarse con el chico de Navarrete.</p>
<p>Y de este secreto se enteraban cuantos se hallasen a doscientos pasos en redondo.</p>
<p>Paseaba generalmente solo; pero cuando algún amigo se acercaba, hallábalo propicio. Quizás aceptase de buen grado la compañía por tener ocasión de abrir el odre donde guardaba aprisionada su voz potente. Lo cierto es que cuando tenía interlocutor, el parque de San Francisco se estremecía. No era ya un paseo público; entraba en los dominios exclusivos del coronel. El gorjeo de los pájaros, el susurro del viento y el dulce murmurar de las fuentes, todo callaba. No se oía más que el grito imperativo, autoritario, severo, del guerrero de África. De tal modo, que el clérigo que lo acompañaba a tal hora, sólo algunos clérigos acostumbraban a pasear por el parque, parecía estar allí únicamente para abrir, ahora uno, después otro, todos los registros que la voz del coronel poseía. ¡Cuántas veces, oyendo aquellos gritos terribles, fragorosos; viendo su ademán airado y su ojo encendido, pensamos que iba a arrojarse sobre el desgraciado sacerdote que había tenido la imprevisión de acercarse a él!</p>
<p>Este hombre pavoroso tenía un sobrino de ocho o diez años, como nosotros. ¡Desdichado! No podíamos verle en el paseo sin sentir hacia él compasión infinita. Andando el tiempo he visto a un domador de fieras introducir un cordero en la jaula del león. Tal impresión me produjo, como la de Gasparito Toledano paseando con su tío. No entendíamos cómo aquel infeliz muchacho podía conservar el apetito y desempeñar regularmente sus funciones vitales, cómo no enfermaba del corazón o moría consumido por una fiebre lenta. Si transcurrían algunos días sin que apareciese por el parque, la misma duda agitaba nuestros corazones. “¿Se lo habrá merendado ya?” Y cuando al cabo lo hallábamos sano y salvo en cualquier sitio, experimentábamos a la par sorpresa y consuelo. Pero estábamos seguros de que un día u otro concluiría por ser víctima de algún capricho sanguinario de Polifemo.</p>
<p>Lo raro del caso era que Gasparito no ofrecía en su rostro vivaracho aquellos signos de terror y abatimiento, que debían ser los únicos en él impresos. Al contrario, brillaba constantemente en sus ojos una alegría cordial que nos dejaba estupefactos. Cuando iba con su tío, marchaba con la mayor soltura, sonriente, feliz, brincando unas veces, otras compasadamente, llegando su audacia o su inocencia hasta hacernos muecas a espaldas de él. Nos causaba el mismo efecto angustioso que si le viésemos bailar sobre la flecha de la torre de la catedral. “¡Gaspaar!” El aire vibraba y transmitía aquel bramido a los confines del paseo. A nadie de los que allí estábamos nos quedaba el color entero. Sólo Gasparito atendía como si le llamase una sirena. “¿Qué quiere usted, tío?” Y venía hacia él ejecutando algún paso de baile.</p>
<p>Además de este sobrino, el monstruo era poseedor de un perro que debía de vivir en la misma infelicidad, aunque tampoco lo parecía. Era un hermoso danés, de color azulado, grande, suelto, vigoroso, que respondía por el nombre de “Muley”, en recuerdo sin duda de algún moro infeliz sacrificado por su amo. El “Muley”, como Gasparito, vivía en poder de Polifemo lo mismo que en el regazo de una odalisca. Gracioso, juguetón, campechano, incapaz de falsía, era, sin ofender a nadie, el perro menos espantadizo y más tratable de cuantos he conocido en mi vida.</p>
<p>Con estas partes no es milagro que todos los chicos estuviésemos prendados de él. Siempre que era posible hacerlo, sin peligro de que el coronel lo advirtiese, nos disputábamos el honor de regalarle con pan, bizcocho, queso y otras golosinas que nuestras mamas nos daban para merendar. El “Muley” lo aceptaba todo con fingido regocijo, y nos daba muestras inequívocas de simpatía y reconocimiento. Mas a fin de que se vea hasta qué punto eran nobles y desinteresados los sentimientos de este memorable can, y para que sirva de ejemplo perdurable a perros y hombres, diré que no mostraba más afecto a quien más le regalaba. Solía jugar con nosotros algunas veces (en provincias, y en aquel tiempo, entre los niños no existían clases sociales) un pobrecito hospiciano llamado Andrés, que nada podía darle, porque nada tenía. Pues bien, las preferencias de “.Muley” estaban por él. Los rabotazos más vivos, las carocas más subidas y vehementes a él se consagraban, en menoscabo de los demás. ¡Qué ejemplo para cualquier diputado de la mayoría!</p>
<p>¿Adivinaba el “Muley” que aquel niño desvalido, siempre silencioso y triste, necesitaba más de su cariño que nosotros? Lo ignoro; pero así parecería serlo.</p>
<p>Por su parte, Andresito había llegado a concebir una verdadera pasión por este animal. Cuando nos hallábamos jugando en lo más alto del parque al marro o a las chapas, y se presentaba por allí de improviso el “Muley”, ya se sabía, llamaba aparte a Andresito, y se entretenía con él largo rato, como si tuviera que comunicarle algún secreto. La silueta colosal de Polifemo se columbraba allá entre los árboles.</p>
<p>Pero estas entrevistas rápidas y llenas de zozobra fueron sabiéndole a poco al hospiciano. Como un verdadero enamorado, ansiaba disfrutar de la presencia de su ídolo largo rato y a solas.</p>
<p>Por eso una tarde, con osadía increíble, se llevó en presencia nuestra el perro hasta el Hospicio, como en Oviedo se denomina la Inclusa, y no volvió hasta el cabo de una hora. Venía radiante de dicha. El “Muley” parecía también satisfechísimo. Por fortuna, el coronel aún no se había ido del paseo ni advirtió la deserción de su perro.</p>
<p>Repitiéronse una tarde y otra tales escapatorias. La amistad de Andresito y “Muley” se iba consolidando. Andresito no hubiera vacilado en dar su vida por el “Muley”. Si la ocasión se presentase, seguro estoy de que éste no sería menos.</p>
<p>Pero aún no estaba contento el hospiciano. En su mente germinó la idea de llevarse el “Muley” a dormir con él a la Inclusa. Como ayudante que era del cocinero, dormía en uno de los corredores, al lado del cuarto de éste, en un jergón fementido de hoja de maíz. Una tarde condujo el perro al Hospicio y no volvió. ¡Qué noche deliciosa para el desgraciado! No había sentido en su vida otras caricias que las del “Muley”. Los maestros primero, el cocinero después, le habían hablado siempre con el látigo en la mano. Durmieron abrazados como dos novios. Allá al amanecer, el niño sintió el escozor de un palo que el cocinero le había dado en la espalda la tarde anterior. Se despojó de la camisa:</p>
<p>-Mira, “Muley” -dijo en voz baja mostrándole el cardenal.</p>
<p>El perro, más compasivo que el hombre, lamió su carne amoratada.</p>
<p>Luego que abrieron las puertas lo soltó. El “Muley” corrió a casa de su dueño; pero a la tarde ya estaba en el parque dispuesto a seguir a Andresito. Volvieron a dormir juntos aquella noche, y la siguiente, y la otra también. Pero la dicha es breve en este mundo. Andresito era feliz al borde de una sima.</p>
<p>Una tarde, hallándonos todos en apretado grupo jugando a los botones, oímos detrás algo como dos formidables estampidos:</p>
<p>-¡Alto! ¡Alto!</p>
<p>Todas las cabezas se volvieron como movidas por un resorte. Frente a nosotros se alzaba la talla ciclópea del coronel Toledano.</p>
<p>-¿Quién de vosotros es el pilluelo que secuestra mi perro todas las noches, vamos a ver?</p>
<p>Silencio sepulcral en la asamblea, i El terror nos tiene clavados, rígidos, 'como si fuéramos de palo.</p>
<p>Otra vez sonó la trompeta del juicio final.</p>
<p>-¿Quién es el secuestrador? ¿Quién es el bandido? ¿Quién es el miserable ladrón. .. ?</p>
<p>El ojo ardiente de Polifemo nos devoraba a uno en pos de otro. El “Muley;;, que le acompañaba, nos miraba también con los suyos, leales, inocentes, y movía el rabo vertiginosamente en señal de gran inquietud.</p>
<p>Entonces Andresito, más pálido que la cera, adelantó un paso, y dijo:</p>
<p>-No culpe a nadie, señor. Yo he sido.</p>
<p>-¿Cómo?</p>
<p>-Que he sido yo -repitió el chico en voz más alta.</p>
<p>-¡Hola! ¡Has sido tú! -dijo el coronel sonriendo ferozmente-. ¿Y tú no sabes a quién pertenece este perro?</p>
<p>Andresito permaneció mudo.</p>
<p>-¿No sabes de quién es? -volvió a preguntar a grandes gritos. -Sí, señor. -¿Cómo... ? Habla más alto.</p>
<p>Y se ponía la mano en la oreja para reforzar su pabellón.</p>
<p>-Que sí, señor.</p>
<p>-¿De quién es, vamos a ver?</p>
<p>-Del señor Polifemo.</p>
<p>Cerré los ojos. Creo que mis compañeros debieron hacer otro tanto.</p>
<p>Cuando los abrí, pensé que Andresito estaría ya borrado del libro de los vivos. No fue así, por fortuna. El coronel lo miraba fijamente, con más curiosidad que cólera.</p>
<p>-¿Y por qué te lo llevas?</p>
<p>-Porque es mi amigo y me quiere -dijo el niño con voz firme.</p>
<p>El coronel volvió a mirarlo fijamente.</p>
<p>-Está bien -dijo al cabo-. ¡Pues cuidado con que otra vez te lo lleves! Si lo haces, ten por seguro que te arranco las orejas.</p>
<p>Y giró majestuosamente sobre los talones. Pero antes de dar un paso se llevó la mano al chaleco, sacó una moneda de medio duro, y dijo volviéndose hacia él:</p>
<p>-Toma, guárdatelo para dulces. ¡Pero cuidado con que vuelvas a secuestrar al perro! ¡Cuidado!</p>
<p>Y se alejó. A los cuatro o cinco pasos ocurriósele volver la cabeza.</p>
<p>Andresito había dejado caer la moneda al suelo, y sollozaba, tapándose la cara con las manos. El coronel se volvió rápidamente.</p>
<p>-¿Estás llorando? ¿Por qué? No llores, hijo mío.</p>
<p>-Porque lo quiero mucho... Porque es el único que me quiere en el mundo -gimió Andrés.</p>
<p>-¿Pues de quién eres hijo? -preguntó el coronel sorprendido.</p>
<p>-Soy de la Inclusa.</p>
<p>-¿Cómo? -gritó Polifemo.</p>
<p>-Soy hospiciano.</p>
<p>Entonces vimos al coronel demudarse. Abalanzóse al niño, le separó las manos de la cara, le enjugó las lágrimas con su pañuelo, lo abrazó. y lo besó, repitiendo con agitación: -¡Perdona, hijo mío, perdona! No hagas caso de lo que te he dicho... Yo no lo sabía...</p>
<p>Llévate el perro cuando se te antoje... Tenlo contigo el tiempo que quieras, ¿sabes...? Todo el tiempo que quieras...</p>
<p>Y después que lo hubo serenado con estas y otras razones, proferidas con un registro de voz que nosotros no sospechábamos en él, se fue de nuevo al paseo, volviéndose repetidas veces para gritarle:</p>
<p>-Puedes llevártelo cuando quieras, sabes, ¿hijo mío...? Cuando quieras. .. ¿lo oyes?</p>
<p>Dios me perdone, pero juraría haber visto una lágrima en el ojo sangriento de Polifemo
</p>
<p><a href="http://cuentosacientos.nireblog.com/post/2009/11/12/polifemo-de-palacio-valdes#comments">Comments</a></p>]]></description>
	<pubDate>Thu, 12 Nov 2009 14:11:26 +0100</pubDate>	</item>
	<item>
	<title>Alfanhuí y los bomberos de Madrid</title>
	<link>http://cuentosacientos.nireblog.com/post/2009/10/19/alfanhui-y-los-bomberos-de-madrid</link>
	<guid>http://cuentosacientos.nireblog.com/post/2009/10/19/alfanhui-y-los-bomberos-de-madrid</guid>
		<description><![CDATA[<p><img id="image533384" alt="camion-bomberos.jpg" src="http://files.nireblog.com/blogs/cuentosacientos/files/camion-bomberos.jpg" align="right" />
<p><em>Ando leyendo estos días el libro de Sánchez Ferlosio, y he decidido colgar este fragmento. No es un cuento como tal, pero merece la pena.<br />
Por otra parte, de un tiempo a esta parte vengo pensando en colgar fragmentos de novelas en el blog, para dar una mayor representación de toda la narrativa. Y, como muestra, este botón.</p>
<p></em>DE LOS BOMBEROS DE MADRID</p>
<p>Rafael Sánchez Ferlosio<br />
De «Industrias y andanzas de Alfanhuí» (1952). </p>
<p>Un día Alfanhuí y don Zana vieron un incendio. Una mujer en un balcón daba gritos desgarrados. Por las grietas de la casa, salía humo. La gente se juntó en torno a la casa. A lo lejos empezó a oírse la campanilla de los bomberos. Luego, llegaron esplendorosos por el fondo de la calle, con su coche rojo escarlata y su campanilla dorada y sus cascos dorados, limpios y refulgentes. Traían los bomberos una alegría de fiesta.<br />
Había en aquellos tiempos, en Madrid, muchos niños que querían ser bomberos. Fue una época pacífica y los niños heroicos no tenían otro sueño. Porque el bombero era el héroe mejor de todos los héroes, el que no tenía enemigos, el más bienhechor de los hombres. Los bomberos eran buenos y respetuosos, dentro de sus grandes mostachos, con sus uniformes de héroes cívicos, con sus yelmos como los griegos y los troyanos, pero ecuánimes y corteses, gordos y bondadosos. ¡Honra a los bomberos!</p>
<p>Desde otro punto de vista, eran los grandes amigos del fuego. Había que ver la alegría con que llegaban, el entusiasmo de su faena, el júbilo de sus coches rojos. Rompían con sus hachas mucho más de lo que había que romper. Hartos de su interminable quietud, les embriagaba la alarma, las llamas los enardecían y llegaban eufóricos al incendio. Ponían en marcha su mecanismo de pura actividad y de pura prisa. Vencían al fuego, tan sólo porque le demostraban una mayor actividad y una velocidad mayor. Y el fuego, humillado, se retiraba a sus cavernas. Ellos conocían este secreto, el único eficaz contra las llamas. Ganaban al fuego en aquello que más se tenía por grande: en movimiento y escenografía. Le humillaban. Todos los ojos se volvían hacia ellos; el fuego nadie lo miraba ya.</p>
<p>Corrían menos que una persona normal, pero corrían canónica y gimnásticamente; pecho afuera, puños al pecho, la cabeza alta, levantando mucho los pies del suelo y las rodillas hacia afuera y nunca tropezaban unos con otros. Por eso, todo el mundo decía:</p>
<p>-¡Qué bien corren!</p>
<p>Nunca sacaban a nadie por la puerta, aunque pudieran; siempre lo hacían por las ventanas y por los balcones, porque lo importante para vencer era la espectacularidad. Bombero hubo que, en su celo, subió a la joven del primer piso hasta el quinto, para salvarla desde allí.</p>
<p>En cada piso había siempre una joven. Todos los demás vecinos salían de la casa antes de llegar los bomberos. Pero las jóvenes tenían que quedarse para ser salvadas. Era la ofrenda sagrada que hacía el pueblo a sus héroes, porque no hay héroe sin dama. Cuando llegaba la hora del fuego, toda joven conocía su deber. Mientras los demás huían aprisa con los enseres, ellas se levantaban lentas y trágicas, danto tiempo a las llamas, quitaban de su rostro las pinturas y los afeites, soltaban las largas cabelleras, se desnudaban y se ponían el blanco camisón. Salían por fin, solemnes y magníficas, a gritar y a bracear en los balcones.</p>
<p>Así lo vio Alfahuí aquel día, así sucedía siempre que había fuego. Sucedía siempre lo mismo porque era un tiempo de orden y de respeto y de buenas costumbres.
</p>
<p><a href="http://cuentosacientos.nireblog.com/post/2009/10/19/alfanhui-y-los-bomberos-de-madrid#comments">Comments</a></p>]]></description>
	<pubDate>Mon, 19 Oct 2009 08:19:50 +0100</pubDate>	</item>
	<item>
	<title>Ana Raquel González Hernández, alumna de ¡4º de Primaria!</title>
	<link>http://cuentosacientos.nireblog.com/post/2009/05/20/ana-raquel-gonzalez-hernandez-alumna-de-4-de-primaria</link>
	<guid>http://cuentosacientos.nireblog.com/post/2009/05/20/ana-raquel-gonzalez-hernandez-alumna-de-4-de-primaria</guid>
		<description><![CDATA[<p><img id="image502515" alt="Gusanito" src="http://files.nireblog.com/blogs/cuentosacientos/files/gusanito.jpg" align="right" />
<p><em>Raquel en este cuento derrocha imaginación. Se la ve una narradora nata, de estas para las que respirar es contar historias y cada historia es un mundo de posibilidades.<br />
Cuánta admiración sincera.<br />
Muchísimas gracias por compartir con nosotros este cuento. Esperamos que sea el primero de una larga lista.</p>
<p></em><br />
 GUSANITO Y GUSANITA</p>
<p>Había una vez dos hermanitos llamados  Gusanito y Gusanita .Cómo según dice la palabra eran unos gusanitos muy pequeños, pero eso sí, valientes y listos. Un día la malvada bruja De Las Tinieblas Terroríficas, secuestró a su madre y la llevó al calabozo de su gran castillo, y en cuanto a su padre, lo secuestró y lo metió en una burbuja de cristal con destino al centro de la tierra .Cuando ellos se enteraron de la noticia al levantarse por la mañana, ya que todavía eran pequeños y tenían que ir al colegio de los Mares, es un colegio muy ,muy grande que aunque por su nombre parezca que tiene que ver algo con el mar no lo tiene, es un colegio que se divide en dos partes:<br />
     __Una de brujas y hadas (buenas , claro que sí) y la otra de<br />
     __ Bichitos e insectos como Gusanito y Gusanita.<br />
      Volviendo a la mañana en que habían secuestrado a sus padres, al despertarse Gusanito le dijo a su hermanita:<br />
      __Despierta, no encuentro ni a papá ni a mamá.-<br />
       Gusanito y Gusanita los buscaron por toda la ciudad, pero no les encontraron. Y de repente un  señor que según él era  profesor,  les explicó lo sucedido. También  les  dijo<br />
      que si querían que les llevara hasta el castillo de la bruja que le tenían que pagar treinta monedas, ellos aunque las necesitaban para comer, con tal de salvar a sus padres,..aceptaron .Fue un largo , pero largo camino, pero al fin  llegaron ,y el señor  muy decidido fue delante y les dijo  que tuvieran mucho cuidado, ,y ellos  se fueron detrás de él . Pero entonces sonó un ruido, y Gusanito y Gusanita  se escondieron entre los arbustos. Vieron algo espantoso y malvado; era la bruja, que había hecho trocitos de hielo al señor que les había guiado hasta allí. Cuando la bruja desapareció se fueron hacía los escalones, pero como eran tan pequeños y los escalones tan altos….  ¡ No podían subir! , ¿Cómo subirían?.<br />
         De pronto se oyó una vocecita con hilito de voz:<br />
        __Yo os podría ayudar .<br />
        Era una mariposa, de color púrpura, brillante, y en sus alas había un dibujo de una estrella.<br />
        __Gracias , muchas gracias. Dijeron Gusanito y Gusanita a la vez.<br />
       Se subieron a la mariposa y según iban ascendiendo, más flores marchitas y árboles secos veían. Todo era tan triste y oscuro…<br />
Por fin llegaron a la cima de la torre principal de aquel enorme castillo. La mariposa conocía una entrada secreta, oculta,.Era muy pequeñita del tamaño de los dos hermanitos por eso pudieron entrar. Tras recorrer un gran pasillo salieron a una habitación donde había muchos prisioneros encadenados. Entre ellos reconocieron a su mamá.<br />
    Pero ….¿Dónde  estaba la llave para abrir esa gran jaula y las cadenas? Los   prisioneros  les explicaron que la bruja  siempre la llevaba colgada del cuello, lo que quiere decir que para dormir también  la llevará. Dedujeron  los dos hermanitos.        </p>
<p>Se  despidieron de su madre y de los demás prisioneros y se fueron a buscar la habitación de la bruja .Cuando por  fin llegaron   se escondieron en ella y esperaron que fuera de noche. Al cabo de muchas horas, horas que le parecieron a los dos hermanitos años, llegó la bruja a acostarse, no venía sola, sino con su gran cuervo negro  y al parecer el cuervo  dormía  con ella, cuando la bruja se  durmió, entraron donde estaba la bruja y su fiel  cuervo, Gusanita  se fijó descubriendo que la llave la tenía el cuervo colgada al cuello y se lo dijo a su hermanito.  Él subió encima  a su hermana y con mucho cuidado se acercaron y…¡aleluya, habían cogido la llave! .Rápidamente, con mucho sigilo  salieron de la habitación y se dirigieron hacía donde  estaban los prisioneros .Les  liberaron ,y  se fueron  felizmente a su país, pero claro eso sería si  a Gusanito y a Gusanita  no le acecharán  más  aventuras, pero aún les queda la parte más difícil ,¡ir a buscar a su padre al centro de la tierra! Los dos hermanitos se despidieron de su madre tristemente, sabían que tenían que ir a buscar a su padre, pero…, ¿por  dónde empezar? Decidieron ir a la biblioteca  pensaron que seguramente allí podrían resolver algunas de sus dudas, pero allí estaba alguien que no se esperaban, bueno en  realidad eran dos personas, la verdad es que tampoco eran personas eran…Bueno da igual, volviendo a lo nuestro, allí  estaban su madre y su amiga la mariposa,(que por cierto se llamaba Casandra)   Casandra les  dijo:<br />
 -vuestra madre y yo, estamos aquí porque  hemos decidido que alguien os tendría  que guiar hacía donde está vuestro padre, y hemos pensado que la más adecuada sería  yo, puesto que conozco los  caminos y todas las celdas debido a que una vez me hipnotizaron  los  plebeyos de la malvada  bruja.-Así  que  ella dijo esto se despidieron de su madre y ahora si de  verdad, pero antes de irse su madre les dio, y les encargó algo a cada uno:<br />
  -a Gusanita, le   dijo que tuviera mucho cuidado, y la dio una poción curativa, y una especie de llave metida en un baúl.  					 				-y a Gusanito le dijo que cuidara bien de su hermana   , ya que era el mayor de los dos, también le  dio algo, le  dio  una...¡una espada mágica!-después de esto se despidieron ,y Gusanito, Gusanita, y Casandra emprendieron un largo y arriesgado viaje  al centro de la tierra .<br />
Salieron de la biblioteca, y se subieron encima de Casandra  y echaron a   volar  tal	vez sin rumbo fijo, pero si con un destino ir a salvar a su padre .Fueron descendiendo, y a medida  que se elevaban  más velocidad iban cogiendo,  también a los dos hermanitos les pareció un tanto extraño que a la vez que se elevaban iban  viendo a las personas ,¡más y más chiquititas! La verdad es que  a todos nosotros , o por lo menos a casi todos ,  nos daría una impresión  así, pero es que  Gusanito y  Gusanita  no habían volado  nunca.   Al principio, todo se veía claro, y había unas vistas maravillosas ,pero  a medida que se acercaban, más oscuro y en ruinas se veía. Era  algo escalofriante, y terrible, cuando se acercó la noche, decidieron bajar y descansar,  cerca   de allí había una isla desierta, y aunque les daba un poco de miedo, sobre todo a los hermanitos, no les quedó más remedio que quedarse, pues Casandra estaba cansada de haber estado todo el día volando sin descansar . Así lo hicieron, sobrevolaron los árboles y arbustos, ( la mayoría de ellos,  quemados  o chamuscados) hasta que por fin notaron tierra firme bajo sus pies, ellos al fin y al cabo se alegraron, porque aunque  su padre estuviera secuestrado, y su madre estuviera a más de mil millones de millas de distancia, y con la inseguridad de que la bruja atacara al pueblo o no, aun así ellos estaban felices , porque se sentían   a salvo , y estaban a  salvo, o no …La mariposa junto con la ayuda de Gusanito y Gusanita , hicieron  una pequeña casita con trocitos de bambú , y se acomodaron perfectamente en las alitas de la mariposa. Al día siguiente, partieron hacía donde sus ojos alcanzaban para ver el sol, pararon para comer, y a media tarde, partieron de nuevo, llevaban todo el día sin decir  ni una palabra, hasta que de repente Gusanita  exclamó:-¡ahí hay algo,Casandra dirígete hacia allí!<br />
_Casandra se dirigió hacía allí, y efectivamente había algo extraño, parecía como si dentro de él hubiera algo. Cuando lograron acercarse vieron que allí dentro estaba su padre, los hermanos y la mariposa fueron en busca de la llave, mientras que ellos sin saberlo todo el viaje los había estado observando la malvada bruja.<br />
De repente aparece ante sus ojos y les arrebata la llave , entonces gusanita  ve a su lado un cubo de agua que agarra inmediatamente y le arroja encima a la bruja.Este agua era mágica y hace que la malvada bruja se convierta en cenizas. Después pasó algo muy extraño empiezan a emerger de debajo del agua unas tierras y unos edificios muy antiguos y maravillosos , hechos de plata y marfil, era el reino de todo lo bueno existente en la Tierra, y por arte de magia su pare está libre y aparece a su lado también su madre , y todos juntos se abrazaron y decidieron comenzar una nueva vida en aquel lugar fantástico.</p>
<p>Y no diremos colorín y colorado porque las aventuras de Gusanito y Gusanito no se han acabado.</p>
<p>LAS ANDANZAS DE GUSANITO Y GUSANITA POR EL FÍN DEL MUNDO
</p>
<p><a href="http://cuentosacientos.nireblog.com/post/2009/05/20/ana-raquel-gonzalez-hernandez-alumna-de-4-de-primaria#comments">Comments</a></p>]]></description>
	<pubDate>Wed, 20 May 2009 13:04:15 +0100</pubDate>	</item>
	<item>
	<title>Irene Valmaseda, primer premio del concurso de narrativa (categoría: segundo ciclo de ESO)</title>
	<link>http://cuentosacientos.nireblog.com/post/2009/03/11/irene-valmaseda-primer-premio-del-concurso-de-narrativa-categoria-segundo-ciclo-de-eso</link>
	<guid>http://cuentosacientos.nireblog.com/post/2009/03/11/irene-valmaseda-primer-premio-del-concurso-de-narrativa-categoria-segundo-ciclo-de-eso</guid>
		<description><![CDATA[<p><img id="image483786" alt="Lo importante es el interior" src="http://files.nireblog.com/blogs/cuentosacientos/files/colores1.jpg" align="right" /></p>
<p><em>Irene, ya "veterana" en este blog, ha ganado el concurso de narrativa "Rafaela Ybarra" gracias a este cuento. A mí me encanta. Me parece difícil lograr una atmósfera tan lírica, llena de valores universales, con tal parquedad de medios. Mi más sincera enhorabuena para Irene por este cuento y por el premio. ¡Que lo disfrutes, Irene!</p>
<p></em>Irene Valmaseda Ventas. Febrero de 2.009</p>
<p>TODOS DIFERENTES, TODOS IGUALES.</p>
<p>Hace ya muchos años, nacieron casi al mismo tiempo tres niños en diferentes lugares<br />
del mundo.<br />
Uno de ellos nació en el País de las Nieves. Fue el primer hijo de una pareja de<br />
médicos. Era rubio, de piel muy blanca, ojos azules y cuerpo alto y delgado.<br />
Otro niño nació en el País del Sur. Fue el tercer hijo de una pareja de campesinos.<br />
Era un niño de piel oscura, hermosos ojos negros y cuerpo fuerte.<br />
El último niño nació en el País del Sol, fue el primer hijo de una pareja de trabajadores<br />
de una gran fábrica. Era pálido, de ojos rasgados y cuerpo pequeño y delicado como<br />
el cristal.<br />
El nacimiento de todos ellos fue motivo de inmensa alegría en sus familias, y poco<br />
a poco fueron creciendo y aprendiendo, hasta que cumplieron veinte años y el destino<br />
quiso unirlos.<br />
Un buen día, los tres jóvenes quisieron dejar sus casas y  sus familias y viajar a un<br />
lugar diferente, donde continuar sus estudios y conocer a otras personas.<br />
De esta forma, los tres se encontraron en La Ciudad que Roza el Cielo y enseguida<br />
se hicieron amigos. Siempre que podían hablaban de su infancia. El joven del País<br />
del Sur contaba que todos los días caminaba varios kilómetros para ir al colegio,<br />
pero nunca se cansó y ahora estaba allí. El joven del País de las Nieves, se asombraba<br />
al oír la historia, ya que él tenía el colegio a pocos metros de su casa. El joven del<br />
País del Sol, contaba que sus padres trabajaban muchas horas y apenas les veía,<br />
pero ahora que estaba tan lejos, les echaba mucho de menos.</p>
<p>Los tres jóvenes tenían un compañero al que todos llamaban Bad. Este chico era cruel<br />
y odiaba a los chicos que venían de otros lugares. Siempre intentaba que los tres amigos discutiesen y se reía de ellos cuando algo les salía mal.<br />
Un día todos los compañeros fueron de excursión al Lago Grande. Bad no dejaba de<br />
gastar bromas pesadas a los tres amigos, se reía de ellos y les insultaba.<br />
Los tres amigos estaban un poco hartos, pero hacían como si no le oyesen.<br />
Cuando llegó el momento de volver, Bad  no se encontraba con el resto de sus<br />
compañeros. Le buscaron y vieron que se había caído al lago y se estaba ahogando.<br />
El joven del País del Sur y el joven del País del Sol, no dudaron un momento y se<br />
tiraron al agua. Con mucho esfuerzo, lograron sacar a Bad casi ahogado.</p>
<p>Bad se despertó en casa de su abuela que le cuidaba a pesar de ser ciega. Bad vio un<br />
jarrón lleno de rosas blancas, rojas y amarillas colocado encima de una mesa.<br />
Le preguntó a su abuela que por qué tenía rosas de varios colores si no podía verlas.<br />
La abuela le respondió que lo que realmente le gustaba de las rosas, era su perfume,<br />
porque al igual que en las personas, lo importante es el interior.</p>
<p>Pasaron muchos años. Los tres amigos volvieron a sus casas y fueron personas importantes.<br />
Bad era ya un hombre viejo. Miraba por la ventana los rosales que florecían en el<br />
jardín.<br />
Y muchas  tardes se acercaba despacio a las rosas de color blanco, rojo y amarillo,<br />
cerraba los ojos, y aspiraba su perfume.
</p>
<p><a href="http://cuentosacientos.nireblog.com/post/2009/03/11/irene-valmaseda-primer-premio-del-concurso-de-narrativa-categoria-segundo-ciclo-de-eso#comments">Comments</a></p>]]></description>
	<pubDate>Wed, 11 Mar 2009 11:49:44 +0100</pubDate>	</item>
	<item>
	<title>Sheyla Iglesias, alumna de 2º de ESO</title>
	<link>http://cuentosacientos.nireblog.com/post/2009/02/11/sheyla-iglesias-alumna-de-2-de-eso</link>
	<guid>http://cuentosacientos.nireblog.com/post/2009/02/11/sheyla-iglesias-alumna-de-2-de-eso</guid>
		<description><![CDATA[<p><img id="image471759" alt="unos ojos azules preciosos" src="http://files.nireblog.com/blogs/cuentosacientos/files/ojoazul1.jpg" align="right" />
<p><em>Aquí os dejo esta descripción de una heroína del siglo XXI. Espero que os guste</p>
<p>Ella se llama Shely. Es una heroína del siglo XXl. Es guapa, bella e inteligente. La cosa más importante de su cuerpo es su cabello rubio y largo. También tiene unos ojos azules preciosos.<br />
La última hazaña en la que se ha enzarzado es una peligrosa misión en la que tenía que vencer a sus enemigos, “los peluquín”. Se llaman de esa manera porque trabajan  en una  peluquería muy famosa de la ciudad. Los peluquín eran cuatro, dos hermanos, Mechas y Tinte, y un padre y un hijo, Tijeras y Tijeras júnior.<br />
Para realizar esta misión ella tenía que infiltrarse entre las muchas clientas de la peluquería y matar a los  peluquín.<br />
Shely entro en la peluquería haciéndose pasar por una de las muchas clientas que habia en ese momento en la peluquería. Se sentó en una de las sillas de la sala de espera, hasta que le tocara el turno.<br />
Después de unos quince minutos uno de los hermanos le dijo: ”¡¡por favor pase por aquí!!”<br />
Ella le repitió unas quince veces que no le cortara el pelo de ninguna de las maneras.<br />
El hermano asintió con la cabeza y le empezó a lavar el pelo. Shely estaba esperando el momento oportuno para matarles.<br />
Después de lavarla el pelo, se lo secó Él pensó que tenía las puntas muy estropeadas. Entonces, sin decirla nada, la empezó a cortar el pelo.<br />
Cuando le empezó a cortar el pelo Shely se desvaneció en el suelo y se murió.<br />
Al haberla cortado el pelo era su punto débil, shely se murió.<br />
Nunca una heroína tan fuerte e inteligente como shely había muerto por tan poca cosa.
</p>
<p><a href="http://cuentosacientos.nireblog.com/post/2009/02/11/sheyla-iglesias-alumna-de-2-de-eso#comments">Comments</a></p>]]></description>
	<pubDate>Wed, 11 Feb 2009 14:09:04 +0100</pubDate>	</item>
	<item>
	<title>Irene Valmaseda Ventas, alumna de 4º de ESO</title>
	<link>http://cuentosacientos.nireblog.com/post/2008/11/21/irene-valmaseda-ventas-alumna-de-4-de-eso</link>
	<guid>http://cuentosacientos.nireblog.com/post/2008/11/21/irene-valmaseda-ventas-alumna-de-4-de-eso</guid>
		<description><![CDATA[<p><img id="image439368" alt="No soy capaz de explicarlo" src="http://files.nireblog.com/blogs/cuentosacientos/files/afilador1.jpg" align="right" />
<p>Vosotros, los que leeis, aún estais entre los vivos; pero yo, el que escribe, habré entrado hace mucho en la región de las sombras.<br />
     Todo comenzó en el pueblo de mis abuelos, una pequeña aldea de Extremadura, la noche del 1 de Noviembre de 2007. Yo tenía tan solo catorce años de edad y era una jovencita valiente, o eso creía yo.<br />
     Acabábamos de cenar y mi abuela se disponía a asistir a la misa de las nueve de la noche.<br />
     Mis primos, de edad parecida a la mía, también habían venido a pasar el fin de semana, y propusieron salir a dar un paseo a pesar de la oscuridad de la noche y de que la mayor parte de la gente se encontraría en misa.<br />
     Mi abuela salió hacia la iglesia y a los pocos minutos salimos nosotros tres.<br />
     El viento soplaba y hacía volar nuestras bufandas; a lo lejos oíamos las canciones<br />
de misa que sonaban lejanas y parecían venir de un lugar cercano al infierno. De repente, una ráfaga de viento más fuerte y helado me arrancó el gorrito de lana roja que llevaba puesto, y cuando volví la cabeza para buscarlo comprobé que mis primos ya no estaban conmigo.<br />
     Yo oía los latidos de mi corazón e intentaba gritar sus nombres, pero el miedo silenciaba mi garganta. De repente creí ver una débil luz como si fuese una linterna y me dirigí hacia ella. A medida que me acercaba a la luz, creí oír un sonido familiar, tal vez una armónica, y así era. Se trataba del afilador del pueblo, que iba con su bicicleta y su piedra de afilar.<br />
     Por un momento me sentí aliviada, pero a medida que me iba acercando a él, podía ver claramente su cara con los ojos enrojecidos y su horrible sonrisa mientras me decía:<br />
¿Te has perdido pequeña? Acompáñame. Acompáñame…<br />
     Y los dos nos perdimos en la oscuridad. Yo creo que sentí cuchillos y tijeras clavados por mi cuerpo, aunque esto no soy capaz de explicarlo porque ya no pertenezco al reino de los vivos, y en el reino de los muertos las sensaciones son completamente diferentes.</p>
<p><em>Irene ya nos había deleitado con una de sus historias y hoy nos deja esta otra. Leerla es un verdadero placer. En este relato tienen muchísima fuerza los pequeños detalles, como ese gorro que se vuela con el viento o esos cuchillos y tijeras del afilador. El final está verdaderamente bien.<br />
Nuestra enhorabuena a Irene y reiterarle nuestro agradecimiento por compartir su trabajo.
</p>
<p><a href="http://cuentosacientos.nireblog.com/post/2008/11/21/irene-valmaseda-ventas-alumna-de-4-de-eso#comments">Comments</a></p>]]></description>
	<pubDate>Fri, 21 Nov 2008 11:34:56 +0100</pubDate>	</item>
	<item>
	<title>Don Juan Manuel deslumbra con sus técnicas narrativas</title>
	<link>http://cuentosacientos.nireblog.com/post/2008/10/20/don-juan-manuel-deslumbra-con-sus-tecnicas-narrativas</link>
	<guid>http://cuentosacientos.nireblog.com/post/2008/10/20/don-juan-manuel-deslumbra-con-sus-tecnicas-narrativas</guid>
		<description><![CDATA[<p><img id="image424629" alt="Don Juan Manuel" src="http://files.nireblog.com/blogs/cuentosacientos/files/170px-don_juan_manuel.jpg" align="right" />
<p><em>Desde que empecé con el blog quería colgar este cuento, pero no lo encontraba. Ha sido gracias a Raúl que por fin me he hecho con él. En el relato el tratamiento del paso del tiempo que hace Don Juan Manuel es deslumbrante y, a mi juicio, modernísimo. Es increíble que esté escrito en la Edad Media. ¿Qué os parece a vosotros?</p>
<p>Cuento XI<br />
De lo que aconteció a un deán de Santiago con don Illán, gran maestro que moraba en Toledo</p>
<p>Otro día hablaba el conde Lucanor con Patronio, su consejero, y contábale sus asuntos de esta guisa:<br />
-Patronio, un hombre vino a rogarme que le ayudase en un hecho en que había menester mi ayuda, y prometióme que haría por mí todas las cosas que fuesen mi pro y mi honra. Y yo comencele a ayudar cuanto pude en aquel hecho. Y antes de que el negocio fuese acabado, creyendo él que ya el negocio suyo estaba resuelto, acaeció una cosa en que cumplía que él la hiciese por mí, y roguele que la hiciese y él púsome excusa. Y después acaeció otra cosa que él hubiese podido hacer por mí, y púsome otrosí excusa: y esto me hizo en todo lo que yo le rogué que hiciese por mí. Y aquel hecho por el que él me rogó, no está aún resuelto, ni se resolverá si yo no quiero. Y por la confianza que yo he en vos y en el vuestro entendimiento, ruégoos que me aconsejéis lo que haga en esto.</p>
<p>-Señor conde -dijo Patronio-, para que vos hagáis en esto lo que vos debéis, mucho querría que supieseis lo que aconteció a un deán de Santiago con don Illán, el gran maestro que moraba en Toledo.</p>
<p>Y el conde le preguntó cómo había sido aquello. </p>
<p>-Señor conde -dijo Patronio-, en Santiago había un deán que había muy gran talante de saber el arte de la nigromancia1, y oyó decir que don Illán de Toledo sabía de ello más que ninguno que viviese en aquella sazón. Y por ello vínose para Toledo para aprender aquella ciencia. Y el día que llegó a Toledo, enderezó luego a casa de don Illán y hallolo que estaba leyendo en una cámara muy apartada; y luego que llegó a él, recibiolo muy bien y díjole que no quería que le dijese ninguna cosa de aquello por lo que venía hasta que hubiesen comido. Y cuidó muy bien de él e hízole dar muy buena posada, y todo lo que hubo menester, y diole a entender que le placía mucho con su venida. </p>
<p>Y después que hubieron comido, apartose con él y contole la razón por la que allí había venido, y rogole muy apremiadamente que le mostrase aquella ciencia, que él había muy gran talante de aprenderla. Y don Illán díjole que él era deán y hombre de gran rango y que podría llegar a gran estado y los hombres que gran estado tienen, desde que todo lo suyo han resuelto a su voluntad, olvidan muy deprisa lo que otro ha hecho por ellos. Y él, que recelaba que desde que él hubiese aprendido de él aquello que él quería saber, que no le haría tanto bien como él le prometía. Y el deán le prometió y le aseguró que de cualquier bien que él tuviese, que nunca haría sino lo que él mandase. </p>
<p>Y en estas hablas estuvieron desde que hubieron yantado hasta que fue hora de cena. De que su pleito fue bien asosegado entre ellos, dijo don Illán al deán que aquella ciencia no se podía aprender sino en lugar muy apartado y que luego, esa noche, le quería mostrar dó habían de estar hasta que hubiese aprendido aquello que él quería saber. Y tomole por la mano y llevole a una cámara. Y, en apartándose de la otra gente, llamó a una manceba de su casa y díjole que tuviese perdices para que cenasen esa noche, mas que no las pusiese a asar hasta que él se lo mandase. </p>
<p>Y desde que esto hubo dicho llamó al deán; y entraron ambos por una escalera de piedra muy bien labrada y fueron descendiendo por ella muy gran rato de guisa que parecía que estaban tan bajos que pasaba el río Tajo sobre ellos. Y desde que estuvieron al final de la escalera, hallaron una posada muy buena, y una cámara muy adornada que allí había, donde estaban los libros y el estudio en que había de leer. Y desde que se sentaron, estaban parando mientes en cuáles libros habían de comenzar. Y estando ellos en esto, entraron dos hombres por la puerta y diéronle una carta que le enviaba el arzobispo, su tío, en que le hacía saber que estaba muy doliente y que le enviaba rogar que, si le quería ver vivo, que se fuese luego para él. Al deán le pesó mucho de estas nuevas; lo uno por la dolencia de su tío, y lo otro porque receló que había de dejar su estudio que había comenzado. Pero puso en su corazón el no dejar aquel estudio tan deprisa e hizo sus cartas de respuesta y enviolas al arzobispo su tío. Y de allí a unos tres días llegaron otros hombres a pie que traían otras cartas al deán, en que le hacían saber que el arzobispo era finado, y que estaban todos los de la iglesia en su elección y que fiaban en que, por la merced de Dios, que le elegirían a él, y por esta razón que no se apresurase a ir a la iglesia. Porque mejor era para él que le eligiesen estando en otra parte, que no estando en la Iglesia. </p>
<p>Y de allí al cabo de siete o de ocho días, vinieron dos escuderos muy bien vestidos y muy bien aparejados, y cuando llegaron a él besáronle la mano y mostráronle las cartas que decían cómo le habían elegido arzobispo. Y cuando don Illán esto oyó, fue al electo y díjole cómo agradecía mucho a Dios porque estas buenas nuevas le habían llegado en su casa; y pues Dios tanto bien le había hecho, que le pedía como merced que el deanato que quedaba vacante que lo diese a un hijo suyo. El electo díjole que le rogaba que le quisiese permitir que aquel deanato que lo hubiese un su hermano; mas que el haría bien de guisa que él quedase contento, y que le rogaba que se fuese con él para Santiago y que llevase él a aquel su hijo. Don Illán dijo que lo haría. </p>
<p>Y fuéronse para Santiago; y cuando allí llegaron fueron muy bien recibidos y muy honrosamente. Y desde que moraron allí un tiempo, un día llegaron al arzobispo mandaderos del papa con sus cartas en las cuales le daba el obispado de Tolosa, y que le concedía la gracia de que pudiese dar el arzobispado a quien quisiese. Cuando don Illán esto oyó, recordándole muy apremiadamente lo que con él había convenido, pidiole como merced que lo diese a su hijo; y el arzobispo le rogó que consintiese que lo hubiese un su tío, hermano de su padre. Y don Illán dijo que bien entendía que le hacía gran tuerto, pero que esto que lo consentía con tal de que estuviese seguro de que se lo enmendaría más adelante. El arzobispo le prometió de toda guisa que lo haría así y rogolo que fuese con él a Tolosa . </p>
<p>Y desde que llegaron a Tolosa, fueron muy bien recibidos de los condes y de cuantos hombres buenos había en la tierra. Y desde que hubieron allí morado hasta dos años. llegáronle mandaderos del papa con sus cartas en las cuales le hacía el papa cardenal y que le concedía la gracia de que diese el obispado de Tolosa a quien quisiese. Entonces fue a él don Illán y díjole que, pues tantas veces le había fallado en lo que con él había acordado, que ya aquí no había lugar para ponerle excusa ninguna, que no diese alguna de aquellas dignidades a su hijo. Y el cardenal rogole que consintiese que hubiese aquel obispado un su tío, hermano de su madre, que era hombre bueno y anciano; mas que, pues él cardenal era, que se fuese con él para la corte, que asaz había en que hacerle bien. Y don Illán quejose de ello mucho, pero consintió en lo que el cardenal quiso, y fuese con él para la corte. </p>
<p>Y desde que allí llegaron, fueron muy bien recibidos por los cardenales y por cuantos allí estaban en la corte, y moraron allí muy gran tiempo. Y don Illán apremiando cada día al cardenal que le hiciese alguna gracia a su hijo, y él poníale excusas. </p>
<p>Y estando así en la corte, finó el papa; y todos los cardenales eligieron a aquel cardenal por papa. Entonces fue a él don Illán y díjole que ya no podía poner excusa para no cumplir lo que le había prometido. Y el papa le dijo que no le apremiase tanto, que siempre habría lugar para que le hiciese merced según fuese razón. Y don Illán se comenzó a quejar mucho, recordándole cuántas cosas le había prometido y que nunca le había cumplido ninguna, y diciéndole que aquello recelaba él la primera vez que con él había hablado y pues que a aquel estado era llegado y no le cumplía lo que le había prometido, que ya no le quedaba lugar para esperar de él bien ninguno. De esta queja se quejó mucho el papa y comenzole a maltraer diciéndole que, si más le apremiase, que le haría echar en una cárcel, que era hereje y mago, que bien sabía él que no había otra vida ni otro oficio en Toledo donde él moraba, sino vivir de aquel arte de la nigromancia. </p>
<p>Y desde que don Illán vio cuán mal galardonaba el papa lo que por él había hecho, despidiose de él y ni siquiera le quiso dar el papa que comiese por el camino. Entonces don Illán dijo al papa que pues otra cosa no tenía para comer, que se habría de tornar a las perdices que había mandado a asar aquella noche, y llamó a la mujer y díjole que asase las perdices. </p>
<p>Cuando esto dijo don Illán, se halló el papa en Toledo, deán de Santiago, como lo era cuando allí vino, y tan grande fue la vergüenza que hubo, que no supo qué decirle. Y don Illán díjole que se fuese con buena ventura y que asaz había probado lo que tenía en él, y que lo tendría por muy mal empleado si comiese su parte de las perdices. </p>
<p>Y vos, señor conde Lucanor, pues veis que tanto hacéis por aquel hombre que os demanda ayuda y no os da de ello mejores gracias, tengo que no habéis por qué trabajar ni aventuraros mucho para llevarlo a ocasión en que os dé tal galardón como el deán dio a don Illán. </p>
<p>El conde tuvo éste por buen consejo, e hízolo así y hallose en ello bien.</p>
<p>Y porque entendió don Juan que este ejemplo era muy bueno, hízolo escribir en este libro e hizo de ello estos versos que dicen así: </p>
<p>A quien mucho ayudes y no te lo reconozca<br />
menos ayuda habrás de él desde que a gran honra suba</p>
<p>FIN
</p>
<p><a href="http://cuentosacientos.nireblog.com/post/2008/10/20/don-juan-manuel-deslumbra-con-sus-tecnicas-narrativas#comments">Comments</a></p>]]></description>
	<pubDate>Mon, 20 Oct 2008 11:12:39 +0100</pubDate>	</item>
	<item>
	<title>Vuelve Rosa Cruz, alumna de 2º de ESO, con una fábula</title>
	<link>http://cuentosacientos.nireblog.com/post/2008/05/08/vuelve-rosa-cruz-alumna-de-2-de-eso-con-una-fabula</link>
	<guid>http://cuentosacientos.nireblog.com/post/2008/05/08/vuelve-rosa-cruz-alumna-de-2-de-eso-con-una-fabula</guid>
		<description><![CDATA[<p><img id="image304329" alt="Con que me llenes mi bota voy sobrado" src="http://cuentosacientos.nireblog.com/blogs/cuentosacientos/files/gato_con_botas.jpg" align="right" /></p>
<p><em>Rosa es valiente, y se atreve con esta fábula en verso</em></p>
<p>LA AVARICIA ROMPE EL SACO                                    </p>
<p>Hubo un lobo que estaba<br />
Rico, viejo y solo<br />
Su vida se terminaba<br />
Y se iba a convertir en polvo<br />
Un gato que por allí pasaba<br />
Al verle moribundo, plata le pidió<br />
Y con una condición se la dio<br />
Si iba a su entierro a velarle<br />
Le daría plata suficiente<br />
 para mucho tiempo alimentarle<br />
la plata le dio, el lobo murió<br />
y el gato su parte cumplió<br />
el gato con su plata marchaba<br />
y escuchó que un buitre le chillaba:<br />
-Si me dejas comerme al lobo<br />
yo te entrego un saco de oro.<br />
-Un saco de oro es demasiado<br />
con que llenes mi bota voy sobrado.<br />
Un saco echó en su bota,<br />
pero el buitre no se percató que estaba rota.<br />
Al ver que no rebosaba, a por mas oro se fue<br />
y por tanto querer correr, por un barranco cayó<br />
y el buitre también murió.<br />
El gato al ver el buitre caer<br />
y no verle volar otra vez<br />
comprendió lo sucedido<br />
y todo el oro se llevo escondido
</p>
<p><a href="http://cuentosacientos.nireblog.com/post/2008/05/08/vuelve-rosa-cruz-alumna-de-2-de-eso-con-una-fabula#comments">Comments</a></p>]]></description>
	<pubDate>Thu, 08 May 2008 11:58:38 +0100</pubDate>	</item>
	<item>
	<title>Monterroso y el cuento más breve</title>
	<link>http://cuentosacientos.nireblog.com/post/2008/03/31/monterroso-y-el-cuento-mas-breve</link>
	<guid>http://cuentosacientos.nireblog.com/post/2008/03/31/monterroso-y-el-cuento-mas-breve</guid>
		<description><![CDATA[<p><img id="image304319" alt="Augosto Monterroso" src="http://cuentosacientos.nireblog.com/blogs/cuentosacientos/files/monterroso.jpg" align="right" /></p>
<p>Cuando despertó el dinosaurio todavía estaba allí.</p>
<p><em>Estas pocas palabras han dado tantísimo que hablar... ¿es esto un cuento? ¿es de verdad esto literatura?.<br />
Este tipo de cuento se ha venido a llamar "relato hiperbreve". ¿Os animáis a escribir alguno y mandarlo al blog? A ver si surge algún valiente</em>
</p>
<p><a href="http://cuentosacientos.nireblog.com/post/2008/03/31/monterroso-y-el-cuento-mas-breve#comments">Comments</a></p>]]></description>
	<pubDate>Mon, 31 Mar 2008 12:30:15 +0100</pubDate>	</item>
	<item>
	<title>Teresa García García</title>
	<link>http://cuentosacientos.nireblog.com/post/2008/03/28/teresa-garcia-garcia</link>
	<guid>http://cuentosacientos.nireblog.com/post/2008/03/28/teresa-garcia-garcia</guid>
		<description><![CDATA[<p><img id="image545483" alt="Gracias, amigo" src="http://files.nireblog.com/blogs/cuentosacientos/files/gracias2.gif" align="middle" class="imgcentro" /></p>
<p><em>Teresa ha escrito esta pequeña maravilla. La colgamos aquí, dándole nuestra enhorabuena y animándola para que siga escribiendo.</</em>p></</p>
<p>LA AMISTAD, EL ÁGUILA Y LA MONTAÑA.</p>
<p>Jaime era un niño que había nacido con problemas, tenía 8 años y se había pasado toda su vida en la planta del hospital, se había sometido a tres operaciones y aún le faltaban dos más para poder andar.</p>
<p>	Jaime había desarrollado una pequeña habilidad: cuando veía a una persona, por su cara sabía si le ocurría algo o no.</p>
<p>Un día llegó la enfermera que le cuidaba, se llamaba Rosa. La vio mala cara, y entonces al preguntar Rosa le contó sus males y se fue con mejor cara de la que vino.</p>
<p>Aunque Jaime llevaba toda su vida en el hospital siempre sonreía y todo el mundo le preguntaba por qué estaba tan contento si llevaba toda su vida allí metidol y él contestaba siempre: los médicos dicen que si soy optimista me recuperaré más rápidamente.</p>
<p>Una tarde  apagada llegó a su cuarto Roberto, un niño que tenia cáncer y de la medicina que le daban se había quedado calvo. Roberto no hablaba nunca y  entonces Jaime decidió hablarle:</p>
<p>- Hola.<br />
- ¿Estás dormido?</p>
<p>Roberto no contestó pero Jaime sabía que no estaba dormido porque por las noches le oía llorar. Un domingo que los padres de Jaime vinieron a verle le preguntaron que si le dolía menos y él contestó que no, pero que se aguantaba. Los padres muy sorprendidos le dijeron que si necesitaba algo y Jaime les pidió que le trajeran papel y sus ceras de colores. Ese mismo día  Jaime tenía lo que había pedido.</p>
<p>Jaime quería regalar un dibujo a Roberto. Le dibujó a él sonriendo y a la hora de la cena se lo entregó. Roberto no dijo nada pero sonrió. </p>
<p>- Puedes utilizar mis ceras –dijo Jaime.</p>
<p>A continuación le pidió a Rosa que las dejara en su mesilla.</p>
<p>Al despertarse por la mañana vio a Roberto dibujar con sus ceras y se alegró. Desayunó y al rato Roberto se levantó a enseñarle su dibujo. Era precioso, todo el papel estaba cubierto, había prados con flores, un río, un águila volando y montañas que escondían un sol.</p>
<p>- Es para ti, por aguantar mi mal humor todo este tiempo, le dijo Roberto.</p>
<p>- Muchas gracias, contestó Jaime</p>
<p>- Mira, he pensado que si te gustaría ser el águila para poder ir donde quieras y ver las cosas desde arriba.</p>
<p>- Y a ti la montaña para que cuando el sol salga y entre parezca fuerte y sin ningún problemas</p>
<p>Los dos amigos se abrazaron.</p>
<p>-Seremos desde ahora los mejores amigos ya lo verás-dijo Roberto.</p>
<p>-Sí, y nos apoyaremos los dos cada día – respondió Jaime</p>
<p>Pasó mucho tiempo y cada día los dos estaban juntos el uno con el otro. Hacían bromas, se reían y jugaban. Llegó la hora de que Jaime empezara la rehabilitación para poder andar, por lo que se despidieron con mucha tristeza, pero Jaime prometió venir a verle todos los días excepto los fines de semana. 	Cada día Jaime salía del colegio y en el hospital hacia los deberes junto a Roberto.</p>
<p>Un día cuando fue a hacer los deberes con Roberto él no estaba. Preguntó a Rosa y ella casi llorando le dijo que Roberto había mejorado mucho este tiempo y le habían trasladado a Houston para terminar de curarse del todo su enfermedad.</p>
<p>-Entonces ¿por qué lloras?  Dijo Jaime</p>
<p>-Porque ya no está en este hospital  Contestó Rosa.</p>
<p>Jaime rompió a llorar.</p>
<p>- Tranquilo Jaime -dijo Rosa-, él dejó algo para ti.</p>
<p>Jaime entró en la habitación, vio la mesilla de Roberto y allí se encontraba una carta que ponía: “Para un  amigo”.</p>
<p>Decía la carta:</p>
<p>“Tú que has sabido estar conmigo cuando estaba solo, que has sabido alegrarme cuando estaba triste y sin ganas de nada, tú que estuviste conmigo hasta el final y sin ningún bache ni parada, todos los días me apoyabas y me dabas ánimos para seguir optimista y con ganas de vivir, simplemente por ser tú y por pasar por mi vida. Gracias amigo.”
</p>
<p><a href="http://cuentosacientos.nireblog.com/post/2008/03/28/teresa-garcia-garcia#comments">Comments</a></p>]]></description>
	<pubDate>Fri, 28 Mar 2008 11:27:49 +0100</pubDate>	</item>
	<item>
	<title>Belén Fuentes Bonaque, alumna de 1º de ESO</title>
	<link>http://cuentosacientos.nireblog.com/post/2008/03/25/belan-fuentes-bonaque-alumna-de-1-de-eso</link>
	<guid>http://cuentosacientos.nireblog.com/post/2008/03/25/belan-fuentes-bonaque-alumna-de-1-de-eso</guid>
		<description><![CDATA[<p><img id="image304321" alt="la asignatura más importante" src="http://cuentosacientos.nireblog.com/blogs/cuentosacientos/files/intercultural.gif" align="right" /></p>
<p><em>Aquí dejo este cuento que demuestra la gran talla moral de nuestra alumna. Espero que os guste tanto como a nosotros.</</em>p></p>
<p>                            El valor de la amistad</p>
<p>     Paloma va todos los días al colegio que hay en la plaza de su pueblo, le gusta ir a la escuela, sin embargo piensa que no es muy brillante en ninguna asignatura y sus notas son mediocres.</p>
<p>     Iba bastante atrasada en Lengua, sus notas de Inglés no eran muy altas, en clase de Plástica siempre se le estropeaban los dibujos. A todos sus compañeros de clase se les daba bien alguna asignatura, menos a ella.</p>
<p>     Miguel Juárez es boliviano y había venido a España hace tres meses, en el comedor lo pasaba fatal porque no le gustaba la forma de cocinar de España, estaba acostumbrado a la forma de cocinar de su país.</p>
<p>      Cuando Paloma se dio cuenta de esta situación le dijo que echándose tomate frito en los guisos españoles, sabrían parecidos a los de su país.</p>
<p>     Ling Zhi era una niña china, llevaba casi un año en España, pero aún así tenía muchos problemas con el idioma, pues no entendía casi nada de español cuando los compañeros la decían algo, pues hablaban muy deprisa.  </p>
<p>     Paloma tenía mucha paciencia y le hablaba muy despacio para que le entendiese así hasta que Ling Zhi aprendió a hablar español.</p>
<p>     Jasmine era marroquí, en su país las chicas vestían de forma diferente a las españolas, sus vestidos eran muy largos y llevaban un pañuelo en la cabeza, a algunos compañeros les parecía rara y siempre estaba sola en el patio. Paloma le presentó a sus amigas y siempre estaban juntas en el recreo, se dieron cuenta que lo único que les diferenciaba era la ropa.</p>
<p>    Durante todo el curso Paloma intentaba destacar en alguna asignatura, pero no lo consiguió y sus notas fueron de suficiente en casi todas las asignaturas. Sin embargo otros compañeros tenían sobresaliente en Lengua, plástica ó Inglés.</p>
<p>    Todos los finales de curso en su colegio había una fiesta en donde la directora entregaba un diploma y un premio al alumno que hubiera destacado durante ese curso.</p>
<p>     - Y la alumna ganadora es.... ¡Paloma!</p>
<p>      Ella ha aprobado con sobresaliente la asignatura más importante, ser una gran amiga y mejor persona porque ayudó a sus amigos y compañeros en los malos momentos y cuando más lo necesitaban.</p>
<p>     Desde entonces Paloma ya sabe cual es su asignatura más brillante, el poder de la amistad.
</p>
<p><a href="http://cuentosacientos.nireblog.com/post/2008/03/25/belan-fuentes-bonaque-alumna-de-1-de-eso#comments">Comments</a></p>]]></description>
	<pubDate>Tue, 25 Mar 2008 11:21:36 +0100</pubDate>	</item>
	<item>
	<title>Irene Valmaseda. Otra de nuestras alumnas.</title>
	<link>http://cuentosacientos.nireblog.com/post/2008/03/03/irene-valmaseda-otra-de-nuestras-alumnas</link>
	<guid>http://cuentosacientos.nireblog.com/post/2008/03/03/irene-valmaseda-otra-de-nuestras-alumnas</guid>
		<description><![CDATA[<p><img id="image304327" alt="Te estaba buscando" src="http://cuentosacientos.nireblog.com/blogs/cuentosacientos/files/iris-blanco.jpg" align="left" /></p>
<p>Irene Valmaseda Ventas. Febrero de 2.008.</p>
<p>                                             EL PODER DE LA AMISTAD</p>
<p>     Aquella mañana Bianca se levantó temprano. Abrió la ventana de su<br />
dormitorio y miró hacia el jardín. Todo estaba como siempre:.Los árboles<br />
blancos, las flores blancas, los pajarillos blancos y la hierba blanca.<br />
     A Bianca le encantaba, pero a los chicos y chicas del pueblo les parecía<br />
raro. Hasta ella les parecía rara, ¡era tan blanca! su pelo era blanco, sus ojos<br />
grises y su piel blanquísima. Pero eso era normal -pensaba Bianca- también<br />
sus padres eran blancos y sus hermanos y hasta el perro era blanco.<br />
     De repente Bianca se sintió triste. Echaba de menos a su amiga Iris.<br />
Hacía ya más de dos meses que no la veía, desde aquel día en que fueron<br />
a pasear cerca del río.</p>
<p>     Iris era una chica de la misma edad que Bianca. Bianca la apreciaba<br />
mucho y estaba segura de que Iris también a ella. Pero ahora ya no se veían,<br />
los amigos de Iris pensaban que Bianca no era normal, era demasiado rara y<br />
sin color. En cambio Iris era maravillosa, con su pelo anaranjado y sus ojos<br />
verdes, su piel rosada y sus labios rojos. ¡Eran tan distintas! ¿o quizá no?<br />
también se parecían en muchas cosas, siempre coincidían cuando hablaban<br />
de música, de películas, de asignaturas, incluso de chicos. Pero el día del río...<br />
A Bianca se le escapó una lágrima. ¿Por qué Iris no la defendió? ¿Por qué<br />
hizo caso de lo que decían los otros chicos y chicas? ¿Por qué no la querían?<br />
Ella nunca le hizo daño a nadie y ahora estaba sola. Y todo porque Iris no<br />
quería que sus amigos se enfadasen.</p>
<p>     Mientras tanto Iris volvía a casa después de visitar a su abuela. Pasó cerca<br />
de la casa donde vivía Bianca y sintió deseos de pasar a verla. Estaba a punto<br />
de llegar a la puerta cuando sintió miedo de que Bianca no quisiera hablar con<br />
ella. Seguramente Bianca estaba enfadada todavía.<br />
     Sí, será mejor que me vaya -pensó Iris- y dio la vuelta para marcharse.<br />
     Mientras caminaba, Iris iba recordando los momentos que había pasado<br />
junto a Bianca: aquella vez que llovía a cántaros y tuvieron que quedarse en una<br />
cueva durante varias horas, o aquel día que se perdió Nieve, el perro de Bianca<br />
y le buscaron por todas partes.<br />
     Sí, habían pasado muchas cosas buenas juntas y también algunas malas,<br />
pero siempre se habían apoyado la una en la otra. Tenían tanta confianza y<br />
había tanto cariño... En ese momento Iris giró sobre sí misma y se encaminó<br />
hacia la casa de Bianca, empezó a correr, tenía que verla, pedirle perdón y<br />
decirle que nunca más se separarían, que sus amigos acabarían aceptándola,<br />
que la necesitaba.<br />
     Iris corría y corría y al girar en una esquina, chocó de frente contra una<br />
persona que también corría en dirección contraria a la suya. Al levantar la<br />
cabeza vio que era Bianca, que con una sonrisa le dijo:<br />
"Te estaba buscando".</p>
<p<em>>¿Verdad que este relato merece estar aquí presente?. Nuestra enhorabuena a Irene. Desde aquí le pedimos que siga escribiendo tan bien como lo hace y que nos siga pasando algunos de sus trabajos para enriquecer el blog. Se lo agradeceremos, sin duda.</em>
</p>
<p><a href="http://cuentosacientos.nireblog.com/post/2008/03/03/irene-valmaseda-otra-de-nuestras-alumnas#comments">Comments</a></p>]]></description>
	<pubDate>Mon, 03 Mar 2008 13:22:07 +0100</pubDate>	</item>
	<item>
	<title>Bécquer y su Maese Pérez</title>
	<link>http://cuentosacientos.nireblog.com/post/2007/11/27/becquer-y-su-maese-perez</link>
	<guid>http://cuentosacientos.nireblog.com/post/2007/11/27/becquer-y-su-maese-perez</guid>
		<description><![CDATA[<p><img id="image304331" alt="Gustavo Adolfo Bécquer" src="http://cuentosacientos.nireblog.com/blogs/cuentosacientos/files/becquer.jpg" align="left" />
<p>MAESE PÉREZ EL ORGANISTA<br />
(Leyenda de Sevilla) </p>
<p>En Sevilla, en el mismo atrio de Santa Inés, y mientras esperaba que comenzase la misa del Gallo oí esta tradición a una demandadera del convento.</p>
<p>Como era natural, después de oírla aguardé impaciente que comenzara la ceremonia, ansioso de asistir a un prodigio.</p>
<p>Nada menos prodigioso, sin embargo, que el órgano de Santa Inés, ni nada más vulgar que los insulsos motetes con que nos regaló su organista aquella noche.</p>
<p>Al salir de la misa no pude por menos que decirle a la demandadera con aire de burla:</p>
<p>-¿En qué consiste que el órgano de maese Pérez suene ahora tan mal?</p>
<p>-¡Toma! -me contestó la vieja-, ¡es que ése no es el suyo!</p>
<p>-¿No es el suyo? ¿Pues qué ha sido de él?</p>
<p>-Se cayó a pedazos de puro viejo hace una porción de años.</p>
<p>-¿Y el alma del organista?</p>
<p>-No ha vuelto a aparecer desde que colocaron él que ahora lo sustituye.</p>
<p>Si a alguno de mis lectores se le ocurriese hacerme la misma pregunta después de leer esta historia, ya sabe por qué no se ha continuado el milagroso portento hasta nuestros días.</p>
<p>-¿Veis ese de la capa roja y la pluma blanca en el fieltro, que parece que trae sobre su justillo todo el oro de los galeones de Indias; aquel que baja en este momento de su litera para dar la mano a esa otra señora que, después de dejar la suya, se adelanta hacía aquí, precedida de cuatro pajes con hachas? Pues ése es el marqués de Moscoso, galán de la duquesa viuda de Villapineda. Se dice que antes de poner los ojos sobre esta dama había pedido en matrimonio a la hija de un opulento señor; mas el padre de la doncella, de quien se murmura que es un poco avaro... Pero, ¡calla!, en hablando del ruin de Roma, cátale que aquí se asoma. ¿Veis aquel que viene por debajo del Arco de San Felipe, a pie, embozado con una capa oscura y precedido de un solo criado con una linterna? Ahora llega frente al retablo.</p>
<p>¿Reparasteis, al desembozarse para saludar a la imagen, en la encomienda que brilla en su pecho? A no ser por ese noble distintivo, cualquiera lo creería un lonjista de la calle de Culebras... Pues ése es el padre en cuestión. Mirad cómo la gente del pueblo le abre paso y lo saluda. Toda Sevilla lo conoce por su colosal fortuna. El solo tiene más ducados de oro en sus arcas que soldados mantiene nuestro señor el rey don Felipe, y con sus galeones podría formar una escuadra suficiente a resistir a la del Gran Turco...</p>
<p>Mirad, mirad ese grupo de señores graves; ésos son los caballeros veinticuatro. ¡Hola, hola! También está aquí el flamencote, a quien se dice que no han echado ya el guante los señores de la Cruz Verde merced a su influjo con los magnates de Madrid... Ese no viene a la iglesia más que a oír música... No, pues si maese Pérez no le arranca con su órgano lágrimas como puños, bien se puede asegurar que no tiene su alma en su almario, sino friéndose en las calderas de Pedro Botero... ¡Ay, vecina! Malo..., malo... Presumo que vamos a tener jarana. Yo me refugio en la iglesia. Pues, por lo que veo, aquí van a andar más de sobra los cintarazos que los paternóster. Mirad, mirad: las gentes del duque de Alcalá doblan la esquina de la plaza de San Pedro, y por el callejón de las Dueñas se me figura que he columbrado a las del de Medina Sidonia. ¿No os lo dije?</p>
<p>Ya se han visto, ya se detienen unos y otros, sin pasar de sus puestos... Los grupos se disuelven... Los ministrales, a quienes en estas ocasiones apalean amigos y enemigos, se retiran... Hasta el señor asistente, con su vara y todo, se refugia en el atrio... Y luego dicen que hay justicia... Para los pobres.</p>
<p>Vamos, vamos, ya brillan los broqueles en la oscuridad... ¡Nuestro Señor del Gran Poder nos asista! Ya comienzan los golpes... ¡Vecina, vecina! Aquí..., antes que cierren las puertas. Pero, ¡calle! ¿Qué es eso? Aún no han comenzado cuando lo dejan... ¿Qué resplandor es aquel?... ¡Hachas encendidas! ¡Literas! Es el señor arzobispo.</p>
<p>La Virgen Santísima del Amparo, a quien invocaba ahora mismo con el pensamiento, lo trae en mi ayuda... ¡Ay! ¡Si nadie sabe lo que yo debo a esta Señora!... ¿Con cuánta usura me paga las candelillas que le enciendo los sábados!... Vedlo qué hermosote está con sus hábitos morados y su birrete rojo... Dios le conserve en su silla tantos siglos como deseo de vida para mí. Si no fuera por él media Sevilla hubiera ya ardido con estas disensiones de los duques. Vedlos, vedlos, los hipocritones, cómo se acercan ambos a la litera del prelado para besarle el anillo... Cómo lo siguen y lo acompañan confundiéndose con sus familiares. Quién diría que esos dos que parecen tan amigos, si dentro de media hora se encuentran en una calle oscura... Es decir, ¡ellos, ellos!... Líbreme Dios de creerlos cobardes. Buena muestra han dado de sí peleando en algunas ocasiones contra los enemigos de Nuestro Señor... Pero es la verdad que si buscaran... Y si se buscaran con ganas de encontrarse, se encontrarían, poniendo fin de una vez a estas continuas reyertas, en las cuales los que verdaderamente baten el cobre de firme son sus deudos, sus allegados y su servidumbre.</p>
<p>Pero, vamos, vecina, vamos a la iglesia, antes que se ponga de bote en bote..., que algunas noches como ésta suele llenarse de modo que no cabe ni un grano de trigo... Buena ganga tienen las monjas con su organista... ¿Cuándo se ha visto el convento tan favorecido como ahora?... De las otras comunidades puede decirse que le han hecho a maese Pérez proposiciones magníficas. Verdad que nada tiene de extraño, pues hasta el señor arzobispo le ha ofrecido montes de oro por llevarlo a la catedral... Pero él, nada... Primero dejaría la vida que abandonar su órgano favorito... ¿No conocéis a maese Pérez? Verdad es que sois nueva en el barrio... Pues es un santo varón pobre, sí, pero limosnero, cual no otro... Sin más pariente que su hija, ni más amigos que su órgano, pasa su vida entera en velar por la inocencia de la una y componer los registros del otro... ¡Cuidado que el órgano es viejo!... Pues nada; él se da tal maña en arreglarlo y cuidarlo, que suena que es una maravilla... Como que lo conoce de tal modo, que a tientas... Porque no sé si os lo he dicho, pero el pobre es ciego de nacimiento... ¿Y con qué paciencia lleva su desgracia!... Cuando le preguntan que cuánto daría por ver, responde: Mucho, pero no tanto como creéis, porque tengo esperanzas. ¿Esperanzas de ver? Sí, y muy pronto -añade, sonriendo como un ángel-. Ya cuento setenta y seis años. Por muy larga que sea mi vida, pronto veré a Dios:</p>
<p>¡Pobrecito! Y si lo verá..., porque es humilde como las piedras de la calle, que se dejan pisar de todo el mundo... Siempre dice que no es más que un pobre organista de convento, y puede dar lecciones de solfa al mismo maestro de capilla de la Primada. Como que echó los dientes en el oficio... Su padre tenía la misma profesión que él. Yo no lo conocí, pero mi señora madre que santa gloria haya, dice que lo llevaba siempre al órgano consigo para darle a los fuelles. Luego, el muchacho mostró tales disposiciones que, como era natural, a la muerte de su padre heredó el cargo... ¡Y qué manos tiene, Dios se las bendiga! Merecía que se las llevaran a la calle de Chicharreros y se las engarzasen en oro... Siempre toca bien, siempre; pero en semejante noche como ésta es un prodigio... El tiene una gran devoción por esta ceremonia de la misa del Gallo, y cuando levantan la Sagrada Forma, al punto y hora de las doce, que es cuando vino al mundo Nuestro Señor Jesucristo..., las voces de su órgano son voces de ángeles...</p>
<p>En fin, ¿para qué tengo que ponderarle lo que esta noche oirá? Baste ver cómo todo lo más florido de Sevilla, hasta el mismo señor arzobispo, vienen a un humilde convento para escucharlo. Y no se crea que sólo la gente sabida, y a la que se le alcanza esto de la solfa, conoce su mérito; sino que hasta el populacho. Todas esas bandadas que veis llegar con teas encendidas, entonando villancicos con gritos desaforados al compás de los panderos, las sonajas y las zambombas, contra su costumbre, que es la de alborotar las iglesias, callan como muertos cuando pone maese Pérez las manos en el órgano...; y cuando alzan no se siente una mosca...: de todos los ojos caen lagrimones tamaños, al concluir se oye como un suspiro inmenso, que no es otra cosa que la respiración de los circunstantes, contenida mientras dura la música... Pero vamos, vamos; ya han dejado de tocar las campanas, y va a comenzar la misa. Vamos adentro... Para todo el mundo es esta noche Nochebuena, mas para nadie mejor que para nosotros.</p>
<p>Esto diciendo, la buena mujer que había servido de cicerone a su vecina atravesó el atrio del convento de Santa Inés y, codazo con éste, empujón en aquél, se internó en el templo perdiéndose entre la muchedumbre que se agolpaba en la puerta.</p>
<p>La iglesia estaba iluminada con una profusión asombrosa. El torrente de luz que se desprendía de los altares para llenar sus ámbitos chispeaba en los ricos joyeles de las damas, que arrodillándose sobre los cojines de terciopelo que tendían los pajes y tomando el libro de oraciones de manos de sus dueñas, vinieron a formar un brillante circulo alrededor de la verja del presbiterio.</p>
<p>Junto a aquella verja, de pie, envueltos en sus capas de color galoneadas de oro, dejando entrever con estudiado descuido las encomiendas rojas y verdes, en la una mano el fieltro, cuyas plumas besaban los tapices; la otra sobre los bruñidos gavilanes del estoque o acariciando el pomo del cincelado puñal, los caballeros veinticuatro, con gran parte de lo mejor de la nobleza sevillana, parecían formar un muro destinado a defender a sus hijas y a sus esposas del contacto de la plebe. Esta, que se agitaba en el fondo de las naves con un rumor parecido al del mar cuando se alborota, prorrumpió en una exclamación de júbilo, acompañada del discordante sonido de las sonajas y los panderos, al mirar aparecer al arzobispo, el cual, después de sentarse junto al altar mayor, bajo un solio de grana que rodearon sus familiares, echó por tres veces la bendición al pueblo.</p>
<p>Era hora de que comenzase la misa. Transcurrieron, sin embargo, algunos minutos sin que el celebrante apareciese. La multitud comenzaba a rebullirse demostrando su impaciencia; los caballeros cambiaban entre sí algunas palabras a media voz, y el arzobispo mandó a la sacristía a uno de sus familiares a inquirir por qué no comenzaba la ceremonia.</p>
<p>-Maese Pérez se ha puesto malo, muy malo y será imposible que asista esta noche a la misa de medianoche.</p>
<p>Esta fue la respuesta del familiar.</p>
<p>La noticia cundió instantáneamente entre la muchedumbre. Pintar el efecto desagradable que causó en todo el mundo sería imposible. Baste decir que comenzó a notarse tal bullicio en el templo, que el asistente se puso en pie y los alguaciles entraron a imponer silencio confundiéndose entre las apiadas olas de la multitud.</p>
<p>En aquel momento, un hombre mal trazado, seco, huesudo y bisojo por añadidura, se adelantó hasta el sitio que ocupaba el prelado.</p>
<p>-Maese Pérez está enfermo -dijo-. La ceremonia no puede empezar. Si queréis, yo tocaré el órgano en su ausencia, que si maese Pérez es el primer organista del mundo, ni a su muerte dejará de usarse este instrumento por falta de inteligente.</p>
<p>El arzobispo hizo una señal de asentimiento con la cabeza, y ya algunos de los fieles, que conocían a aquel personaje extraño por un organista envidioso, enemigo del de Santa Inés, comenzaba a prorrumpir en exclamaciones de disgusto, cuando de improviso se oyó en el atrio un ruido espantoso.</p>
<p>-¡Maese Pérez está aquí!... ¡Maese Pérez está aquí!...</p>
<p>A estas voces de los que estaban apiñados en la puerta, todo el mundo volvió la cara.</p>
<p>Maese Pérez, pálido y desencajado, entraba, en efecto, en la iglesia, conducido en un sillón, que todos se disputaban el honor de llevar en sus hombros.</p>
<p>Los preceptos de los doctores, las lágrimas de su hija, nada había sido bastante a detenerle en el lecho.</p>
<p>-No -había dicho-. Esta es la última, lo conozco. Lo conozco, y no quiero morir sin visitar mi órgano, esta noche sobre todo, la Nochebuena. Vamos, lo quiero, lo mando. Vamos a la iglesia.</p>
<p>Sus deseos se habían cumplido. Los concurrentes lo subieron en brazos a la tribuna y comenzó la misa. En aquel punto sonaban las doce en el reloj de la catedral. Pasó el Introito, y el Evangelio, y el Ofertorio; llegó el instante solemne en que el sacerdote, después de haberla consagrado, toma con la extremidad de sus dedos la Sagrada Forma y comienza a elevarla. Una nube de incienso que se desenvolvía en ondas azuladas llenó el ámbito de la iglesia. Las campanas repicaron con un sonido vibrante y maese Pérez puso sus crispadas manos sobre las teclas del órgano.</p>
<p>Las cien voces de sus tubos de metal resonaron en un acorde majestuoso y prolongado, que se perdió poco a poco, como si una ráfaga de aire hubiese arrebatado sus últimos ecos.</p>
<p>A este primer acorde, que parecía una voz que se elevaba desde la tierra al cielo, respondió otro lejano y en un torrente de atronadora armonía. Era la voz de los ángeles que, atravesando los espacios, llegaba al mundo.</p>
<p>Después comenzaron a oírse como unos himnos distantes que entonaban las jerarquías de serafines. Mil himnos a la vez, que al confundirse formaban uno solo, que, no obstante, sólo era el acompañamiento de una extraña melodía, que parecía flotar sobre aquel océano de acordes misteriosos, como un jirón de niebla sobre las olas del mar.</p>
<p>Luego fueron perdiéndose unos cuantos; después, otros. La combinación se simplificaba. Ya no eran más que dos voces, cuyos ecos se confundían entre sí; luego quedó una aislada, sosteniendo una nota brillante como un hilo de luz. El sacerdote inclinó la frente, y por encima de su cabeza cana, y como a través de una gasa azul que fingía el humo del incienso, apareció la Hostia a los ojos de los fieles. En aquel instante, la nota que maese Pérez sostenía tremante se abrió y una explosión de armonía gigante estremeció la iglesia, en cuyos ángulos zumbaba el aire comprimido y cuyos vidrios de colores se estremecían en sus angostos ajimeces.</p>
<p>De cada una de las notas que formaban aquel magnífico acorde se desarrolló un tema, y unos cerca, otros lejos, éstos brillantes, aquéllos sordos, diríase que las aguas y los pájaros, las brisas y las frondas, los hombres y los ángeles, la tierra y los cielos, cantaban, cada cual en su idioma, un himno al nacimiento del Salvador.</p>
<p>La multitud escuchaba atónita y suspendida. En todos los ojos había una lágrima; en todos los espíritus, un profundo recogimiento. El sacerdote que oficiaba sentía temblar sus manos, porque Aquel que levantaba en ellas, Aquel a quien saludaban hombres y arcángeles, era su Dios, y le parecía haber visto abrirse los cielos y transfigurarse la Hostia.</p>
<p>El órgano proseguía sonando; pero sus voces se apagaban gradualmente, como una voz que se pierde de eco en eco y se aleja y se debilita al alejarse, cuando de pronto sonó un grito en la tribuna, un grito desgarrador, agudo, un grito de mujer.</p>
<p>El órgano exhaló un sonido discorde y extraño, semejante a un sollozo, y quedó mudo.</p>
<p>La multitud se agolpó a la escalera de la tribuna, hacia la que, arrancados de su éxtasis religioso, volvieron la mirada con ansiedad todos los fieles.</p>
<p>-¿Qué ha sucedido? ¿Qué pasa? -se decían unos a otros, y nadie sabía responder, y todos se empeñaban en adivinarlo, y crecía la confusión, y el alboroto comenzaba a subir de punto, amenazando turbar el orden y el recogimiento propios de la iglesia.</p>
<p>-¿Qué ha sido eso? -preguntaron las damas al asistente, que; precedido de los ministriles, fue uno de los primeros en subir a la tribuna y que, pálido y con muestras de profundo pesar, se dirigía al puesto donde lo esperaba el arzobispo, ansioso, como todos, por saber la causa de aquel desorden.</p>
<p>-¿Qué hay?</p>
<p>-Que maese Pérez acaba de morir.</p>
<p>En efecto, cuando los primeros fieles, después de atropellarse por la escalera, llegaron a la tribuna, vieron al pobre organista caído de boca sobre las teclas de su viejo instrumento, que aún vibraba sordamente, mientras su hija, arrodillada a sus pies, lo lloraba en vano entre suspiros y sollozos.</p>
<p>-Buenas noches, mi señora doña Baltasara. ¿También usarced viene esta noche a la misa del Gallo? Por mi parte, tenía hecha intención de ir a oírla a la parroquia pero, lo que sucede... ¿Dónde va Vicente? Donde va la gente. Y eso que, si he de decir la verdad, desde que murió maese Pérez parece que me echan una losa sobre el corazón cuando entro en Santa Inés... ¡Pobrecillo! ¡Era un santo!... Yo de mi sé decir que conservo un pedazo de su jubón como una reliquia, y lo merece... Pues en Dios y en ni ánima que si el señor arzobispo tomara mano en ello, es seguro que nuestros nietos lo verían en los altares... Mas ¡cómo ha de ser!... A muertos y a idos no hay amigos... Ahora lo que priva es la novedad..., ya me entiende usarced. ¡Qué! ¿No sabe usted nada de lo que pasa? Verdad que nosotras nos parecemos en eso: de nuestra casita a la iglesia y de la iglesia a nuestra casita, sin cuidarnos de lo que se dice o deja de decir... Sólo que yo, así..., al vuelo..., una palabra de acá, otra de acullá... sin ganas de enterarme siquiera, suelo estar al corriente de algunas novedades.</p>
<p>Pues, sí, señor. Parece cosa hecha que el organista de San Román, aquel bisojo que siempre está echando pestes de los otros organistas, perdulariote; que más parece jifero de la Puerta de la Carne que maestro de solfa, va a tocar esta Nochebuena en lugar de maese Pérez. Ya sabrá usarced, porque esto lo ha sabido todo el mundo y es cosa pública en Sevilla, que nadie quería comprometerse a hacerlo. Ni aun su hija, que es profesora, después de la muerte de su padre entró en un convento de novicia. Y era natural: acostumbrados a oir aquellas maravillas, cualquiera otra cosa había de parecernos mala, por más que quisieran evitarse las comparaciones. Pues cuando ya la comunidad había decidido que en honor del difunto, y como muestra de respeto a su memoria, permaneciera callado el órgano en esta noche, hete aquí que se presenta nuestro hombre diciendo que él se atreve a tocarlo... No hay nada más atrevido que la ignorancia... Cierto que la culpa no es suya, sino de los que le consienten esta profanación. Pero así va el mundo... Y digo... No es cosa la gente que acude... Cualquiera diría que nada ha cambiado de un año a otro. Los mismos personajes, el mismo lujo, los mismos empellones en la puerta, la misma animación en el atrio, la multitud en el templo... ¡Ay, si levantara la cabeza el muerto! Se volvía a morir por no oír su órgano tocado por manos semejantes.</p>
<p>Lo que tiene que, si es verdad lo que me han dicho, las gentes del barrio le preparan una buena al intruso. Cuando llegue el momento de poner la mano sobre las teclas, va a comenzar una algarabía de sonajas, panderos y zambombas que no hay más que oír... Pero, calle, ya entra en la iglesia el héroe de la función. ¡Jesús!, ¡qué ropilla de colorines, qué gorguera de cañutos, qué aire de personaje! Vamos, vamos, que hace ya rato que llegó el arzobispo y va a comenzar la misa... Vamos, que me parece que esta noche va a darnos que contar para muchos días.</p>
<p>Esto diciendo la buena mujer, que ya conocen nuestros lectores por sus exabruptos de locuacidad, penetró en Santa Inés, abriéndose, según costumbre, un camino entre la multitud a fuerza de empellones y codazos.</p>
<p>Ya se había dado principio a la ceremonia. El templo estaba tan brillante como el año anterior. El nuevo organista, después de atravesar por en medio de los fieles que ocupaban las naves para ir a besar el anillo del prelado, había subido a la tribuna, donde tocaba, unos tras otros, los registros del órgano con una gravedad tan afectada como ridícula. Entre la gente menuda que se apiñaba a los pies de la iglesia se oía un rumor sordo y confuso, cierto presagio de que la tempestad comenzaba a fraguarse y no tardaría mucho en dejarse sentir.</p>
<p>-Es un truhán que, por no hacer nada bien, ni aun mira a la derecha -decían los unos.</p>
<p>-Es un ignorantón que, después de haber puesto el órgano de su parroquia peor que una carraca; viene a probar el de maese Pérez -decían los otros.</p>
<p>Y mientras éste se desembarazaba del capote para prepararse a darle de firme a su pandero, y aquél percibía sus sonajas, y todos se disponían a hacer bulla a más y mejor, sólo alguno que otro se aventuraba a defender tibiamente al extraño personaje, cuyo porte orgulloso y pedantesco hacía tan notable contraposición con la modesta apariencia y la afable bondad del difunto maese Pérez.</p>
<p>Al fin llegó el esperado momento, el momento solemne en que el sacerdote, después de inclinarse y murmurar algunas palabras santas, tomó la Hostia en sus manos... Las campanillas repicaron, asemejando su repique una lluvia de notas de cristal. Se elevaron las diáfanas ondas de incienso y sonó el órgano. Una estruendosa algarabía llenó los ámbitos de la iglesia en aquel instante y ahogó su primer acorde.</p>
<p>Zampoñas, gaitas, sonajas, panderos, todos los instrumentos del populacho, alzaron sus discordantes voces a la vez; pero la confusión y el estrépito sólo duraron algunos segundos. Todos a la vez, como habían comenzado, enmudecieron de pronto. El segundo acorde, amplio, valiente, magnífico, se sostenía aún, brotando de los tubos de metal del órgano como una cascada de armonía inagotable y sonora.</p>
<p>Cantos celestes como los que acarician los oídos en los momentos de éxtasis, cantos que percibe el espíritu y no los puede repetir el labio, notas sueltas de una melodía lejana que suena a intervalos, traídas en las ráfagas del viento; rumor de hojas que se besan en los árboles con un murmullo semejante al de la lluvia, trinos de alondras que se levantan gorjeando de entre las flores como una saeta despedida de las nubes; estruendos sin nombre, imponentes como los rugidos de una tempestad; coros de serafines sin ritmo ni cadencia, ignota música del cielo que sólo la imaginación comprende, himnos alados que parecían remontarse al trono del Señor como una tromba de luz y de sonidos..., todo lo expresaban las cien voces del órgano con más pujanza, con más misteriosa poesía, con más fantástico color que lo habían expresado nunca.</p>
<p>...</p>
<p>Cuando el organista bajó de la tribuna, la muchedumbre que se agolpó a la escalera fue tanta y tanto su afán por verlo y admirarlo, que el asistente, temiendo, no sin razón, que lo ahogaran entre todos, mandó a algunos de sus ministriles para que, vara en mano, le fueran abriendo camino hasta llegar al altar mayor, donde el prelado lo esperaba.</p>
<p>-Ya veis -le dijo este último cuando lo trajeron a su presencia-. Vengo desde mi palacio aquí sólo por escucharos. ¿Seréis tan cruel como maese Pérez, que nunca quiso excusarme el viaje tocando la Nochebuena en la misa de la catedral?</p>
<p>-El año que viene -respondió el organista- prometo daros gusto, pues por todo el oro de la tierra no volvería a tocar este órgano.</p>
<p>-¿Y por qué? -interrumpió el prelado.</p>
<p>-Porque... -añadió el organista, procurando dominar la emoción que se revelaba en la palidez de su rostro-, porque es viejo y malo, y no puede expresar todo lo que se quiere.</p>
<p>El arzobispo se retiró, seguido de sus familiares. Unas tras otras, las literas de los señores fueron desfilando y perdiéndose en las revueltas de las calles vecinas; los grupos del atrio se disolvieron, dispersándose los fieles en distintas direcciones, y ya la demandadera se disponía a cerrar las puertas de la entrada del atrio, cuando se divisaban aún dos mujeres que después de persignarse y murmurar una oración ante el retablo del Arco de San Felipe, prosiguieron su camino, internándose en el callejón de las Dueñas.</p>
<p>-¿Qué quiere usarced, mi señora doña Baltasara? -decía la una-. Yo soy de este genial. Cada loco con su tema... Me lo habían de asegurar capuchinos descalzos y no lo creería del todo... Ese hombre no puede haber tocado lo que acabamos de escuchar... Si yo lo he oído mil veces en San Bartolomé, que era su parroquia, y de donde tuvo que echarlo el señor cura por malo; y era cosa de taparse los oídos con algodones... Y luego, si no hay más que mirarlo al rostro, que, según dicen, es el espejo del alma... Yo me acuerdo, pobrecito, como si lo estuviera viendo, me acuerdo de la cara de maese Pérez cuando, en semejante noche como ésta, bajaba de la tribuna, después de haber suspendido al auditorio con sus primores... ¡Qué sonrisa tan bondadosa, qué color tan animado!... Era viejo y parecía un ángel... No que éste, que ha bajado las escaleras a trompicones, como si le ladrase un perro en la meseta, Y con un olor de difunto y unas... Vamos, mi señora doña Baltasara, créame usarced, y créame con todas veras: yo sospecho que aquí hay busilis...</p>
<p>Comentando las últimas palabras, las dos mujeres doblaban la esquina del callejón y desaparecían. Creemos inútil decir a nuestros lectores quién era una de ellas.</p>
<p>Había transcurrido un año más. La abadesa del convento de Santa Inés y la hija de Maese Pérez hablaban en voz baja, medio ocultas entre las sombras del coro de la iglesia. El esquilón llamaba a voz herida a los fieles desde la torre, y alguna que otra rara persona atravesaba el atrio, silencioso y desierto esta vez, y después de tomar el agua bendita en la puerta, escogía un puesto en un rincón de las naves, donde unos cuantos vecinos del barrio esperaban tranquilamente a que comenzara la misa del Gallo.</p>
<p>-Ya lo veis -decía la superiora-: vuestro temor es sobre manera pueril; nadie hay en el templo; toda Sevilla acude en tropel a la catedral esta noche. Tocad vos el órgano, tocadlo sin desconfianza de ninguna clase; estaremos en comunidad... Pero... proseguís callando, sin que cesen vuestros suspiros. ¿Qué os pasa? ¿Qué tenéis?</p>
<p>-Tengo... miedo -exclamó la joven con un acento profundamente conmovido.</p>
<p>-¿Miedo? ¿De qué?</p>
<p>-No sé..., de una cosa sobrenatural... Anoche, mirad, yo os había oído decir que teníais empeño en que tocase el órgano en la misa, y, ufana con esta distinción, pensé arreglar unos registros y templarlo, a fin de que os sorprendiese... Vine al coro... sola..., abrí la puerta que conduce a la tribuna... En el reloj de la catedral sonaba en aquel momento una hora..., no sé cuál..., pero las campanas eran tristísimas y muchas..., muchas..., estuvieron sonando todo el tiempo que yo permanecí como clavada en el umbral, y aquel tiempo me pareció un siglo.</p>
<p>La iglesia estaba desierta y oscura... Allá lejos, en el fondo, brillaba como una estrella perdida en el cielo de la noche, una luz moribunda...: la luz de la lámpara que arde en el altar mayor... A sus reflejos debilísimos, que sólo contribuían a hacer más visible todo el profundo horror de las sombras, vi..., lo vi, madre, no lo dudéis; vi a un hombre que, en silencio, y vuelto de espaldas hacia el sitio en que yo estaba, recorría con una mano las teclas del órgano, mientras tocaba con la otra sus registros..., y el órgano sonaba, pero sonaba de una manera indescriptible. Cada una de sus notas parecía un sollozo ahogado dentro del tubo de metal, que vibraba con el aire comprimido en su hueco y reproducía el tono sordo, casi imperceptible, pero justo.</p>
<p>Y el reloj de la catedral continuaba dando la hora, y el hombre aquel proseguía recorriendo las teclas. Yo oía hasta su respiración.</p>
<p>El horror había helado la sangre de mis venas; sentía en mi cuerpo como un frío glacial, y en mis sienes fuego... Entonces quise gritar, quise gritar, pero no pude. El hombre aquel había vuelto la cara y me había mirado...; digo mal, no me había mirado, porque era ciego... ¡Era mi padre!</p>
<p>-¡Bah! Hermana, desechad esas fantasías con que el enemigo malo procura turbar las imaginaciones débiles... Rezad un paternóster y un avemaría al arcángel San Miguel, jefe de las milicias celestiales, para que os asista contra los malos espíritus. Llevad al cuello un escapulario tocado en la reliquia de San Pacomio, abogado contra las tentaciones, y marchad, marchad a ocupar la tribuna del órgano; la misa va a comenzar, y ya esperan con impaciencia los fieles... Vuestro padre está en el cielo, y desde allí, antes que daros sustos, bajará a inspirar a su hija en esta ceremonia solemne, para el objeto de tan especial devoción.</p>
<p>La priora fue a ocupar su sillón en el coro en medio de la comunidad. La hija de maese Pérez abrió con mano temblorosa la puerta de la tribuna para sentarse en el banquillo del órgano, y comenzó la misa.</p>
<p>Comenzó la misa y prosiguió sin que ocurriera nada notable hasta que llegó la consagración. En aquel momento sonó el órgano, y al mismo tiempo que el órgano, un grito de la hija de maese Pérez. La superiora, las monjas y algunos de los fieles corrieron a la tribuna.</p>
<p>-¡Miradlo! ¡Miradlo! -decía la joven, fijando sus desencajados ojos en el banquillo; de donde se había levantado, asombrada, para agarrarse con sus manos convulsas al barandal de la tribuna.</p>
<p>Todo el mundo fijó sus miradas en aquel punto. El órgano estaba solo, y, no obstante, el órgano seguía sonando...; sonando como sólo los arcángeles podrían imitarlo... en sus raptos de místico alborozo.</p>
<p>...</p>
<p>-¿No os dije yo una y mil veces, mi señora doña Baltasara; no os lo dije yo? ¡Aquí hay busilis! Oídlo. ¡Qué! ¿no estuvisteis anoche en la misa del Gallo? Pero, en fin, ya sabréis lo que pasó. En toda Sevilla no se habla de otra cosa... El señor arzobispo está hecho, con razón, una furia... Haber dejado de asistir a Santa Inés, no haber podido presenciar el portento..., ¿y para qué?... Para oír una cencerrada, porque personas que lo oyeron dicen que lo que hizo el dichoso organista de San Bartolomé en la catedral no fue otra cosa... Si lo decía yo. Eso no puede haberlo tocado el bisojo, mentira...; aquí hay busilis, y el busilis era, en efecto, el alma de maese Pérez.
</p>
<p><a href="http://cuentosacientos.nireblog.com/post/2007/11/27/becquer-y-su-maese-perez#comments">Comments</a></p>]]></description>
	<pubDate>Tue, 27 Nov 2007 23:19:42 +0100</pubDate>	</item>
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